Martin Verfondern, en Petin en 2009. / pedro agrelo
"La Interpol lo
buscaba por el mundo, pero sus restos yacían a 12 kilómetros de casa en
línea recta y nadie fue capaz de darse cuenta en cuatro años y medio.
Poco antes de que lo mataran viajó a su país para contratar un seguro de
vida y se dedicó a pertrechar su casa de cámaras como si fuese un
búnker.
Según contaba a este diario cuatro meses antes de desaparecer,
jamás salía de su vivienda sin “una grabadora de vídeo en posición stand by”,
presta a rodar cualquier bronca, cualquier agresión que pudiera sufrir,
para luego denunciarla en el juzgado. Decía protegerse de algo que
definía como “terrorismo rural”.
Martin Verfondern,
nacido alemán, nacionalizado holandés y dispuesto a vivir y morir en
Santoalla, un remoto, despoblado y arruinado pueblo de Petín (Ourense)
al que llegó después de buscar por el mundo un paraíso “libre de energía
nuclear”, se esfumó sin dejar rastro aparente el 19 de enero de 2010.
Sus supuestos restos mortales yacen desde el sábado 21 extendidos y ordenados sobre la mesa de trabajo del forense Fernando Serrulla,
al que le toca enfrentarse con buena parte de las historias truculentas
en Galicia. A duras penas puede reconstruirse el 40% del esqueleto, el
cráneo está prácticamente completo.
Verfondern era un pelirrojo obstinado de 52 años, dispuesto a enfrentarse a quien hiciera falta en el propósito de cumplir su sueño de una vida en comunión con la naturaleza, tal y como él la entendía, junto a su esposa, Margo Pool. Y con ese objetivo, según denunció a diestro y siniestro en sus últimos meses, vivía inmerso en una guerra permanente con el poder local y también con la única familia nativa que quedaba, y queda, en el pueblo desde la última estampida masiva de la emigración a América.
Santoalla do Monte era ya hace cuatro años y hoy
todavía más una desolada estampa de casas de pizarra que se desploman
invadiendo las rúas de tierra cada vez que al tiempo, bastante
malhumorado en invierno, le da por cabrearse.
En un extremo de este enclave apartado de casi todo vive un
matrimonio anciano con dos de sus cuatro hijos varones. En otro, están
la casa y la tierra que compraron hace unos 16 años los holandeses.
Al
principio todos eran amigos. Los forasteros compartían mesa y mantel con
los Rodríguez y reinaba una armonía que quedó retratada, como recuerda
el alcalde socialista de Petín, Miguel Bautista, en la escena de la
matanza del cerdo del documental La Aldea: entre lo antiguo y lo nuevo,
elaborado en 2000 por el cineasta Ignacio Vilar.
El último año, en
cambio, Martin se afanaba en escribir el guión de otro filme, Escuela para sobrevivir en Santoalla,
donde amenazaba con denunciar en clave de humor la tensión que reinaba
en el lugar, los vertederos que cegaban el río y el total abandono al
que, decía, condenaba a la localidad el Gobierno municipal.
La rivalidad con los vecinos, que según Martin degeneró en chirriante
rencor, se originó por la propiedad de los montes comunales. Los
Verfondern reclamaron en los tribunales sus derechos sobre 500
hectáreas. Sobre la madera de los pinos y también sobre la fuerza del
viento, después de que una eólica prometiese unos 6.000 euros a los del
pueblo por cada uno de los 25 molinos que quería instalar.
La ley, recuerda el regidor socialista de Petín, Miguel Bautista, dice
que para ser comunero “la chimenea tiene que echar humo al menos seis
meses al año”. Y, en esas condiciones, en Santoalla solo había dos
viviendas. El ambiente, supuestamente por esta causa, se volvió
irrespirable.
Las dos familias cruzaron denuncias. Según contaban los
gallegos, ellos también llevaban golpes. Efectivamente, existen vídeos
grabados y difundidos por el propio Martin en los que se puede ver
alguno de esos choques violentos, aunque se intuye que el holandés
también los provocaba.
A pesar de lo mal que se llevaban, la familia natural de Petín,
interrogada en su día por la Guardia Civil, siempre ha negado tajante
tener algo que ver con la misteriosa ausencia del extranjero. Hoy,
alguno de sus miembros todavía dice que, en el fondo, lo querían.
La denuncia por la falta de Verfondern la presentó un israelí que
aprendía en su casa agricultura biológica. Era uno más entre las decenas
de voluntarios internacionales, desde ejecutivos y abogados hasta
profesores y libreros, que contactaban con la pareja por Internet para
cambiar de vida por unos días.
Tras la desaparición de su pareja, Margo
Pool, que el día de los hechos declaró que estaba en Alemania (cuidando
de un tío de Martin enfermo de alzheimer), no se planteó marchar de
Santoalla. Sigue viviendo aislada cuando cae la nieve, cultiva la huerta
y cría su rebaño de cabras. Los animales le hacen compañía mientras
espera, con una calma que a muchos les cuesta comprender, noticias sobre
su marido.
La que ahora ya se sabe viuda no suele llorar. Puede hacer cábalas
sobre las causas de la muerte de su esposo sin perder la compostura.
Aunque en los primeros meses de ausencia se le quebraba la voz cuando
confesaba que alguien le había venido con el cuento de que Martin podría
estar “en Argentina, con otros alemanes, junto a otra mujer”.
La idea
de la traición sí le empañaba los ojos. Con el tiempo, y ante el fracaso
de la orden de búsqueda internacional, se hizo firme en ella el
convencimiento de que el holandés no era en absoluto errante, sino que
el cadáver de aquel hombre empecinado seguía oculto en algún recodo de
la imponente postal que se ve desde la carretera de Santoalla.
Los últimos testigos de su existencia
vieron al holandés enfilando esta rizada vía, pasada la rotonda de
Petín, después de hacer su compra en Lidl e intentar entrar en su
Facebook —sin éxito porque fallaba la línea— en un cibercafé. Los amigos
de Martin (en la comarca tenía unos cuantos) siempre habían pedido que
se peinasen las rutas de montaña que partían desde el pueblo. Aseguran
que con un coche como el de él “se puede llegar hasta Portugal sin ser
visto”.
La Policía Judicial, por su parte, pensaba, y en esto acertó,
que lo primero que aparecería, bajo el agua o entre matorrales, sería el
coche, un Chevrolet Blazer único en la comarca, aparatoso y
destartalado. Este señalaría en el retorcido paisaje de montaña, cuajado
de barrancos profundos y oscuros pantanos, el lugar en el que empezar a
investigar lo que entonces todavía no se sabía si era accidente u
homicidio.
Desde el pasado miércoles 18, la
primera opción está descartada. Dos guardias civiles que sobrevolaban la
comarca de Valdeorras en labores de asistencia de un incendio forestal
vislumbraron desde el helicóptero una mancha extraña en medio de un
pinar del municipio de A Veiga, próximo a Petín.
Se conoce que nadie
había pasado por aquel punto del mapa durante todo este tiempo. Los
agentes enseguida pensaron en Verfondern y en el mamotreto a manchas que
conducía, quizás porque el propio forense Serrulla les había refrescado
la memoria con una búsqueda que organizó en marzo de este año, con
resultado negativo, después de movilizar un sónar y dos cámaras
especiales, geotérmica y de infrarrojos.
A la mañana siguiente del hallazgo,
los investigadores llegaron a pie a este lugar a 1.400 metros de
altitud, conocido como Portela do Eixo. Y confirmaron al instante que
aquel auto oxidado era el todoterreno verde claro, lijado en tiempos por
su dueño para repintar, que habían buscado hasta la saciedad con perros
de rastreo, buzos, equipos de rescate de alta montaña, partidas de
voluntarios y cazadores de la zona.
Curiosamente, durante estos años, la vista aérea del coche del
labrador holandés había estado expuesta a ojos de quien fuese capaz de
descubrirlo en el visor SigPac de imágenes de satélite; sobre un pequeño
terreno de forma triangular limitado por dos cortafuegos y una de esas
pistas de tierra que conectan con otras y llevan a todas partes “sin ser
visto”.
Los guardas forestales explican que quien condujo hasta aquel
lugar el Chevrolet conocía bien el monte, sus usos y sus ritmos. En ese
pinar no se da la caza, y los árboles que hay allí plantados son aún muy
jóvenes. Podría pasar todavía una década antes de que sus dueños
pensasen en ir a talarlos.
El titular del juzgado mixto número 2 de O Barco, Roberto Barba,
empieza ahora desde el principio sus pesquisas sobre un suceso que ya se
investigó en 2010 y que lleva dando que contar desde entonces a
periodistas de varios países y rastreadores de misterios imposibles de
desenredar. El juez, que ha declarado el secreto de sumario, afirma en
un auto “con rotundidad absoluta” que Verfondern murió a manos de otras
personas, y no hace otra cosa que buscarlas.
El holandés, socio de Amnistía Internacional,
colaborador de un proyecto transfronterizo de agricultura ecológica,
comparte espacio ahora en la unidad de Antropologia Forense del
Instituto de Medicina Legal de Galicia (Verín, Ourense) con el cadáver
de un narco venezolano que apareció congelado 11 días antes, en un piso de Ponteareas (Pontevedra), con las piernas amputadas para que cupiese en el arcón.
A Serrulla ya lo apodan el Bones (Huesos)
gallego, aunque se presenta en todas partes con su instrumental de
siempre metido en el entrañable maletín que le regaló su padre al
terminar la carrera. En sus recursos, más bien escasos, nada tiene que
ver con la serie estadounidense.
Es prácticamente seguro que el esqueleto hallado en el pinar de A
Veiga, compatible con el de un varón de mediana edad y estatura
aproximada a la de la víctima, es el de Verfondern, pero la confirmación
definitiva, si hay que esperar a la prueba de ADN, podría llegar tras
el verano. De todas formas, según el protocolo, en estos casos lo
primero que se hace es buscar radiografías y fichas dentales fiables,
que en esta ocasión quizás aparezcan en Holanda o Alemania.
Con ellas en
la mano, un antropólogo forense puede llegar a determinar en pocas
horas la identidad sin margen de error. Hace cuatro años no había cuerpo
del delito. Ahora están el vehículo, el esqueleto devorado, el
ordenador y otros enseres del difunto que aparecieron a poca distancia
del coche junto a una fogata. Y los agentes de Criminalística están
convencidos de que aparecerán huellas y de que quienes lo mataron “no
eran profesionales”.
Más que un crimen perfecto, como se le podía considerar hasta ahora,
el de Verfondern es un homicidio en el que los autores han tenido,
simplemente, buena suerte. “Creyeron que con quemar los asientos
delanteros, donde es probable que hubiese sangre, borrarían todas las
pistas”, comentan fuentes de la Guardia Civil en Ourense. “También le
prendieron fuego a una rueda y parte de la chapa, pero no funcionó
porque el mal tiempo, puede que la nieve, apagó las llamas”.
Los agentes
atribuyen el traslado del coche y el cuerpo hasta este lugar solitario a
“al menos dos personas”. Creen que la segunda conducía otro coche en el
que huyeron luego. Desde aquel día, los autores de la muerte adivinada
de Martin Verfondern callan como tumbas. Pero la Guardia Civil está
convencida de que en el coche van a aparecer señales, y que “en cuanto
se concrete una prueba, alguno se va a derrumbar”. (
Silvia R. Pontevedra
, El País, Santiago de Compostela
28 JUN 2014 )

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