"Cuando era pequeña, estaba convencida de que el trabajo de mis padres era cuidar vacas. Al menos, eso era lo que hacían de forma casi exclusiva en su vida, de lunes a domingo, desde el día 1 de enero al 31 de diciembre. Uno de los recuerdos que me acompañará siempre es la visita nocturna de mi madre a la cuadra, justo antes de acostarse, cada noche y sin excepción, para comprobar que nada había alterado el orden y tranquilidad de la noche. Dada la enorme transcendencia que estos animales tenían (y tienen) en la estructura socioeconómica de nuestro territorio, la Galicia profunda, no es de extrañar que el nuestro sea un trabajo semejable a las tareas de los cuidados.
Las mujeres y hombres rurales somos lxs responsables de proporcionar a la sociedad alimentos de calidad y seguros, ocupamos el primer e imprescindible eslabón de la cadena alimentaria. Nuestra responsabilidad nos lleva, además, a escuchar y satisfacer las exigencias de lxs consumidorxs en materia de calidad alimentaria, bioseguridad, sostenibilidad ambiental, etc. Somos, además, agentes ambientales en nuestros territorios, pues con nuestro trabajo debemos cuidar de la tierra que nos alimenta, y también a nuestros rebaños, preservando su biodiversidad, haciendo un uso racional y sostenible de sus recursos y asegurando su fertilidad para las generaciones futuras. Porque yo no soy propietaria de la tierra que trabajo y cultivo, sino una persona que custodia un bien comunitario. Es más, es nuestra obligación como especie y sociedad (y no sólo de los ganaderxs y agricultorxs) preservar el medio que nos alimenta y da vida.
En nuestro sector, trabajamos de acuerdo a normativas comunitarias, nacionales, convenios, acuerdos y recomendaciones. Son estas normativas las que dirigen el modelo de producción de alimentos y las que deberían estar muy presenten en los espacios de diálogo. Esto tiene mucho que ver con el modelo de producción primaria que queremos o debemos potenciar para asegurar la alimentación del futuro y, sobre todo, para garantizar el acceso a alimentos sanos y seguros, porque no es lo mismo comer que alimentarse, ojo. Por ofrecer algún dato, por ejemplo, en España, el Convenio europeo para la Protección de los animales en Explotaciones Ganaderas (entendamos el término como la designación de una unidades de producción, pero podemos utilizar el sinónimo de granjas) entró en vigor en el año 1988. En cualquier caso, y al margen de normativas, creo que es importante poner en valor el código deontológico de nuestra profesión. El maltrato animal no es una práctica ganadera, no es un modelo de ganadería. El maltrato animal es un acto denunciable que debe penalizarse y castigarse. Y esto no debe sugerirlo una norma o ley. Es algo que entra en el área del sentido común. ¿Es posible que exista algún caso? Puede, pero la falta de rigor, de responsabilidad, de ética y de profesionalidad de unos pocos no puede empañar el buen hacer y la dignidad de un sector entero. Porque lamentablemente gente poco profesional existe en todos los sectores y áreas de la vida.
Una de las carencias que más golpea nuestros oficios es la falta de comunicación directa con la sociedad, la desconexión entre las productoras y las consumidoras. Dicho de otra forma, la desconexión entre el mundo rural y el urbano. No somos nosotrxs los que contamos cuál es nuestro día a día, nuestras dificultades, nuestros retos. No asumimos el papel de informar y divulgar. Supongo que lo que nos falta es un discurso de sector. Y, en ocasiones, las consecuencias de que otros hablen de nuestra vida son nefastas. Nuevamente, la falta de proporción y el sesgo en la información.
Qué difícil nos ha resultado cerrar la herida abierta por aquel pequeño error analítico de la FAO (La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) a la hora de comparar el potencial contaminante de actividades como la ganadería y el transporte. Pues sí, todavía a día de hoy es frecuente escuchar o leer eso de que la producción de carne genera más gases de efecto invernadero que todo el sector del transporte. Y este argumento tiene su origen en un informe publicado por esta organización en el año 2006.
El documento en cuestión, titulado Livestock’s Long Shadow, afirmaba que la ganadería produce un 18% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, más que todo el sector global del transporte. Terrible. Al final, los responsables del informe tuvieron que admitir que sus datos, efectivamente, estaban sesgados, porque para la ganadería habían tenido en cuenta todo el ciclo de vida, pero para el transporte sólo se había considerado la quema de combustibles fósiles.
En definitiva, no nos detengamos en la polémica, en el alboroto, en el argumento simplista que pueda llegar a insinuar que dejar de comer carne nos ayudará a salvar nuestro planeta. Alejémonos por favor de ese escenario para reconectar con la realidad. Con nuestro modelo de consumo podemos promover y favorecer el desarrollo de un modelo de producción más justo con la tierra y con las personas.
Hablo por supuesto de la agricultura y ganadería familiares, ligadas al territorio y sostenibles. Esos modelos de producción que generan un claro impacto positivo sobre el territorio desde un punto de vista social, ambiental y económico. Busquemos el origen de los alimentos que consumimos, tratemos de conocer la realidad que hay detrás de los alimentos que llevamos a nuestra mesa.
Pero sobre todo, recordemos que en esa dura y compleja tarea de salvar el planeta, que nos sigue y nos persigue, es necesario realizar un completo y exhaustivo análisis de nuestro modelo de consumo en general. Porque consumimos cada vez que nos levantamos y encendemos la luz; cada vez que abrimos un grifo de agua o la nevera; cada vez que encendemos un electrodoméstico; cada vez que nos vestimos; cada vez que usamos uno de los múltiples dispositivos electrónicos que nos acompañan a diario; cada vez que cogemos un coche, un avión o un tren.
El consumo es nuestra actividad vital por excelencia. Y cada actividad, cada acto de consumo, genera un impacto medioambiental y social. Y cuando el coste económico del acto de consumir es extremadamente bajo, cabe la posibilidad de que no siendo nosotrxs, sean otrxs los que asuman ese coste. También la alimentación, por supuesto, y la producción de alimentos generan impacto en el medio ambiente. Pero la alimentación es una actividad inherente a la vida. Y ese coste es imprescindible y necesario. Sin dejar de ser tarea fundamental, por supuesto, reducir su huella ambiental.
Finaliza la jornada, con la tranquilidad y sosiego de que se acerca
el momento de descansar y recuperar energía. Pero antes, y siguiendo el
sendero que mi madre ha trazada durante décadas, visito la cuadra, y
apago la luz. Los cuidados."
(Ana Corredoira. Ganadera y presidenta de la cooperativa rural 'As Vacas da Ulloa', Público, 07/01/22)
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