" Preguntar en Arzúa por el asociacionismo de los labradores durante la
Guerra Civil y el franquismo es enfrentarse a un complejo proceso de
desmemoria. Ni siquiera ayuda mucho que este municipio esté enclavado en
una de las comarcas gallegas de más arraigada tradición agrícola.
"No
hay un 10% de la población de Arzúa que sepa que aquí hubo hasta tres
sindicatos", reconoce la profesora Ana Cabana, encargada de la
conferencia inaugural de un seminario que ayer se clausuró en el
municipio coruñés, Cincuenta anos de Sindicalismo Agrario en España, organizado por el grupo de Historia Agraria e Política do Mundo Rural de la Universidade de Santiago.
Terminada la contienda, quedaba destruir todo germen de societarismo
campesino y para ello sirvieron tanto las detenciones o las ejecuciones
como la difusión de tópicos paternalistas, que ahondaron en la idea de
un campo individualista y sumiso ante el poder.(...)
En realidad, la desaparición de los sindicatos agrarios durante y
después de la Guerra Civil fue de todo menos natural, consecuencia de
una violenta represión, física y psicológica, que borró de un plumazo la
experiencia agrarista y obligó a los sindicatos organizados en los
últimos años del franquismo a empezar prácticamente de cero, sin apenas
referentes ante el desafío de una población rural recelosa de
significarse políticamente.
"Se quemaron los documentos de las
sociedades y aquellos que habían participado en el movimiento
escondieron su pasado. Las asociaciones que sobrevivieron se
convirtieron en meros lugares de administración o de seguros para el
ganado, el perfil más bajo del sindicalismo", expone Cabana.
El
heterogéneo mapa del sindicalismo agrario de preguerra no agradaba al
nuevo régimen "por lo que significaba de lugar de socialización y de
iniciación política". La desaparición física de sus líderes más
carismáticos fue una acción de gran didactismo: al veterinario Benigno
Álvarez, fundador de una red de sociedades agrarias en el campo
ourensano, lo arrastraron ya muerto por los caminos de Ourense; Enrique
Jaso, de Tui, fue paseado; Antón Alonso Ríos, el único diputado
agrarista de la historia de Galicia, murió en el exilio; Dionisio
Quintillán, de Poio, acabó encarcelado y expedientado por
"responsabilidades políticas", y Bernardo Miño Abelenda, creador de la
Asociación de Obreiros Agricultores en Betanzos, fusilado.
De las
881 personas represaliadas durante la guerra en Ourense por sus vínculos
con asociaciones, 71 eran líderes agrarios. "Era una medida de gran
calado. El líder era el que gozaba de más predicamento, en muchos casos
el único que sabía leer", reflexiona Cabana.
El siguiente paso fue la
incautación de los bienes de los sindicatos; aunque la mayoría eran
modestos y ni siquiera tenían locales propios, en algunos casos contaban
con un patrimonio más que envidiable e incluso financiaron escuelas,
mutuas ganaderas y nuevas técnicas agrarias.
La Sociedad Agraria de
Lavadores, que en sus años de municipio independiente tuvo un regidor
agrarista, fue una de las agrupaciones más potentes. El nuevo régimen se
hizo, por ejemplo, con la Casa del Pueblo de Betanzos o los inmuebles
de cinco sociedades de Redondela, además de ganado, dinero en metálico o
maquinaria agrícola.
Erradicadas las sociedades incómodas y
después de una década de vacío, el franquismo intentó encuadrar el agro
en las Hermandades Sindicales de Labradores y Ganaderos, más una
maniobra política que una acción útil para el progreso de las zonas
rurales. "El sindicalismo vertical era corrupto y nunca atendió a las
necesidades del campo", señala la historiadora.
Según Cabana, los
esfuerzos del régimen por vincular sindicatos y violencia acabaron
provocando el desafecto del agricultor y, sobre todo, una negación tal
del pasado que ni siquiera mediante entrevistas orales son capaces los
historiadores de precisar la verdadera magnitud de la represión.
"Preguntamos y nos dicen que antes de las Hermandades no hubo sindicatos
agrarios, cuando nosotros sabemos que sí hubo. La memoria social y
personal lo borra", explica Cabana." (El País, ed. Galicia, Galicia, 10/09/2011, p. 8)
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