"1. Perfil de Núñez Feijóo: un repaso sucinto de su mandato hasta la aparición del virus
El
pasado 18 de abril se cumplieron exactamente once años de la llegada de
Feijóo a la presidencia de la Xunta de Galicia a lomos de los
incipientes y posteriormente muy contundentes efectos sociales de la
crisis-estafa del 2008, en pleno derrumbe del zapaterismo y su réplica bipartita
(PSdeG-BNG) en el gobierno gallego.
De no concretarse un cambio en la
próxima convocatoria electoral, sobre la cual no tenemos nueva fecha
todavía (estaban fijadas para el 5 de abril), afrontará su cuarta
legislatura alcanzando en el tiempo la etapa de Fraga y habiendo dejado a
su paso un paisaje bien distinto al que heredó del paternalista animal
político villalbés, quien había sido ex-ministro franquista. La pandemia
trastocó sus planes y estrategias de campaña, concebidas en su día para
operar en una balsa de aceite.
Alberto Núñez
Feijóo ostenta importantes cargos de responsabilidad y dirección
política desde 1991, aquí en el país y en la Administración General del
Estado: Insalud, Correos, Ministerio de Sanidad…casi tres décadas
recorridas de la mano de su mentor Romay Beccaría, figura pata negra nacional-católica
que ahonda sus raíces ideológicas en la dictadura de Primo de Rivera
por ascendencia paterna y continuadas en su propia carrera al ser alto
cargo tardofranquista. Alguien que todavía hoy forma parte del Consejo de Estado como letrado, a sus 86 años. Es su verdadero padre político.
Como
casi todo el mundo conoce, pero nunca sobra refrescar, Feijóo se
relacionó y viajó de forma regular durante años por media Europa con el
capo del contrabando Marcial Dorado, cuando ejercía de número dos de la
consejería de ¡Sanidad!, a las órdenes de Beccaría. Por aquel entonces
(años 90´s) ya habían detenido a Dorado en la famosa Operación Nécora y por lavado de dinero. Era bien conocido en las Rias Baixas,
y en medio país. Sea esto último ejemplo perfecto del ecosistema en el
que nace, medra y se reproduce cierta tipología de élite política
autóctona como la que representa el, por aquel entonces, aspirante a
dirigente Núñez Feijóo.
Según describe el periodista Nacho Carretero en el libro Fariña,
en aquella etapa la estrecha relación entre la criminalidad organizada y
el poder político en Galicia estuvieron a punto de convertirla en una
suerte de Sicilia ibérica en donde las mafias habrían reinado a sus
anchas. Inolvidable aquel titular de una entrevista que el diario El País hizo al reconocido amigo de Feijóo estando aquel entre rejas, al cumplir condena por narcotráfico: “Siempre supe que Feijóo llegaría lejos: transmitía honradez”.
Es
proverbial, casi ya una leyenda, la capacidad innata de cierta “clase
dirigente gallega” para atornillarse a las estructuras
político-administrativas del estado en connivencia con las clases
extractivas, así como también lo es su deserción traicionera a los
intereses de las clases populares, considerando a nuestro país como un
mero “territorio” a expoliar y un buen trampolín a través del que “dar
el salto” a Madrid, y no como una ciudadanía a la que defender y servir.
Significa, posiblemente, nuestra mayor rémora histórica y condición
inescindible del empobrecimiento y atraso secular.
En
esta línea, se le atribuye al dictador ferrolano Francisco Franco (por
el hispanista inglés Paul Preston) una frase, durante los “anos da fame”
en la post-guerra civil: “Yo no haré la tontería que hizo Primo de Rivera. Yo no dimito, de aquí al cementerio”.
Como, a la postre, así fue. Otros después, como Mariano Rajoy, fueron
expulsados para siempre del ejercicio del poder a través de una moción
de censura que lo inhabilitaría para el cargo debido a su implicación
directa en la rueda de la financiación ilegal y el dinero negro como
método corrupto que riega el engranaje de la derecha española desde la
instauración del estado franquista. Fueron casi cuarenta años saltando
de institución en institución hasta alcanzar la cúspide del gobierno
central. Higiene democrática.
En el año 2009,
después de la campaña electoral más ruin y sucia que se recuerda y en
donde los principales poderes mediáticos y económicos desataron su furia
contra Emilio Pérez Touriño (PSdeG-PSOE) y Anxo Quintana (BNG),
asciende a la presidencia de la Xunta de Galicia un tecnócrata forjado a la sombra del poder.
El golpe del sector do birrete (perfil político dentro del aparato del partido que hace referencia a representantes urbanitas, mayormente castellano-hablantes y formados en la universidad) al da boina (perfil más vinculado al entorno rural, en buena sintonía con el paisanaje
y continuador de las redes caciquiles decimonónicas) ya se consumara en
el seno interno del PPdeG ante la desaparición política y finalmente
física de “Don Manuel” (Fraga). Ningún complejo el de aquella nueva
derecha urbana gallega, mimetizada a conciencia con la madrileña más que
nunca anteriormente.
Es muy ilustrativo que una
de las primeras felicitaciones que recibe en forma de gran abrazo en el
acto de toma de posesión como nuevo presidente de la Xunta sea la de
Ignacio Galán, homólogo suyo en la transnacional energética Iberdrola y
responsable último del proyectado atentado ecocida contra el patrimonio natural de los Canóns do Sil,
entre otros. Un abrazo fraternal con alguien que tenía en mente
destrozar el espacio natural del entorno en donde el mismo nació.
No hay
sentimentalismos que valgan cuando de ascender y conservar el poder se
trata. En esta línea, Galicia es una nación excedentaria en lo
energético que tiene los precios al consumo más elevados del estado
español teniendo, a su vez, un nivel de rentas por debajo de la media.
Una muestra, entre otras muchas, de su condición colonial.
Desde aquel 2009, Feijóo recibió un trato exquisito en la prensa cipaya
local, hasta hoy: jabón y más jabón en los medios públicos y privados
subvencionados. En la práctica es el pueblo quien invierte en su propia
desinformación en un lugar en donde, como bien sabe el periodista Anxo
Lugilde y muchas otras y otros: “En Galicia existe un problema gravísimo de libertad de información”.
Es
difícil que lleguen a las mayorías populares los mensajes alternativos y
de las voces críticas del país si no es a través de algún medio digital
de alcance social limitado. El dominio exclusivo del circuito de la
información relevante es aplastante y ni tan siquiera es accesible para
el gran público enterarse con cierta profundidad de buena parte de los
debates que se producen en la política autonómica. Se sigue la lógica de
la política estatal y se ha perdido el pulso y el control democrático
de la dinámica interna.
Algunas y algunos periodistas son represaliados
por denunciar la vil manipulación y la propaganda institucional, y son
más de cien los “Viernes Negros” consecutivos en donde los profesionales
de los medios públicos claman por una gestión de los mismos alejada de
la descarada y descarnada intervención política. No siempre fue así.
Feijóo, bajo esa aura “tecnócrata” y aparentemente desideologizada,
esconde una concepción cesarista y absolutista del ejercicio del poder:
él y su partido son la Xunta, y la Xunta es él.
El actual presidente fue en su día un pionero enarbolando la bandera de la austeridad dogmática,
la cual inauguraba un ciclo y relato de época para todo el estado ante
las exigencias a los pueblos del Sur provenientes de la Troika
europea. Un ejecutor avanzado de las duras políticas empobrecedoras para
grandes masas de población por medio del socavamiento del “estado de
bienestar”.
Con los efectos llamando a la puerta de las casas, y en un
país como el nuestro, palabras como “austeridad, ahorro y trabajo duro”
encajaron bien pues conectan con el imaginario y memoria colectiva de un
pueblo sometido a privaciones y sufrimientos durante siglos que
solamente pudo salir a flote por los esfuerzos ingentes de generaciones
que conocieron, por ejemplo, la diáspora y emigración. También en
nuestro tiempo son miles los jóvenes formados en nuestras universidades
los que se ven empujados a buscarse la vida lejos de su tierra.
Faltaba
la letra pequeña del cuento: esa austeridad únicamente afectaría a los
de abajo, como siempre, a través de recortes presupuestarios en los
servicios públicos que impactaban gravemente en la calidad de vida de
las mayorías.
Austeridad como receta y la promesa de revertir “las políticas radicales del nacionalismo galego”: nos imponen el gallego, bilingüismo harmónico
y toda cuanto eufemismo y mentira hiciesen falta para justificar el
inicio de un proceso de analfabetización masiva en la lengua y cultura
propias del país para las generaciones futuras: esto supone el
patrocinio de la desmemoria y de la desnacionalización gallega desde las
instituciones de autogobierno, incumpliendo y deturpando el sentido
último para el que fueron concebidas en su día a la salida de la llamada
“Transición”. Mediante estos dos ejes, made in FAES, se ganaba favores y contrapartidas fuera: maltratar a nuestro pueblo fue siempre premiado en la Corte.
Así
pues, Galicia sirvió como laboratorio de las políticas de austeridad,
pero también de la articulación de respuestas contra-hegemónicas y
contestatarias desde el ámbito de las izquierdas a través de la
experiencia transfronteriza entre independentistas y federalistas de
Alternativa Galega de Esquerdas (que luego evolucionó entorno a las mareas municipalistas) y
la labor opositora del nacionalismo gallego de base popular a través de
su herramienta histórica y mayoritaria: el Bloque Nacionalista Galego.
AGE, liderada por el catedrático y líder histórico del nacionalismo
gallego Xosé Manuel Beiras, supuso una experiencia pionera en cuanto al
diagnóstico, el discurso y la ambición de cambiar la lógica de la
representación al servicio de las mayorías al calor de las
movilizaciones anti-sistémicas del 15-M. Por aquel entonces, el hoy
líder de Unidas Podemos y vicepresidente segundo del Gobierno de España,
Pablo Iglesias, era asesor de la actual ministra de Trabajo Yolanda
Díaz, en el seno de la coalición que irrumpió con notable fuerza en el
Parlamento de Galicia.
Fue en Galicia en donde
empezaron a manifestarse buena parte de las tensiones que luego se
recrudecieron frente al Régimen monárquico del 78 en todo el estado o en
la UE con el ascenso y experiencia de Syriza en Grecia.
También por aquel momento, y a la vez, comenzaba a articularse desde la
base el inicio de la fase de desobediencia que llevó a cabo el
soberanismo e independentismo catalán en años sucesivos, hasta el culmen
que representó el referéndum de autodeterminación de octubre de 2017.
La
realidad es que la negra década neoliberal trajo consigo una buena
cantidad de consecuencias letales para la viabilidad del país que muchas
y muchos aspiramos alcanzar: hoy Galicia tiene mucho menor peso
demográfico, económico y político que hace tan sólo una década.
Hoy el
ahorro de las caixas (en origen entidades financieras de
economía social, sin ánimo de lucro) fue malvendido a capital
extranjero, privando de herramientas propias a empresas y particulares, y
dejando abonado el terreno al capitalismo más salvaje. Patriotas constitucionalistas
violentando la letra y el espíritu de la Constitución del 78 de la
misma forma en la que hacen un uso espurio y perverso de los resortes
(por pocos y condicionados que sean) que el Estatuto de Autonomía
habilita para potenciar el desarrollo y fortalezas del país desde su
“autogobierno”.
Las líneas maestras de su gestión fueron diseñadas durante la primera legislatura: desgalleguizar Galicia.
Desde aquel momento Feijóo se limitó a persistir en ellas, con
resultados realmente desalentadores por eficaces: desde el comienzo de
esta negra década neoliberal la deuda pública gallega se multiplicó por
siete (en un 135%), alrededor de los 4.700 euros per cápita. En
el año 2008 no llegaba a los 1.500 euros los que cada gallega y gallego
debíamos.
En esta década las provincias del interior (Lugo y Ourense)
sufrieron un agravamiento del proceso de pérdida poblacional, con lo que
significa en términos de abandono y amenaza al patrimonio y riqueza
material e inmaterial más allá de los riesgos económicos, culturales y
de equilibrio territorial que esto representa. La masa poblacional no
dejó de envejecer (la tasa de natalidad decreció a un mayor ritmo que en
los 25 años anteriores). El porcentaje de riesgo de pobreza ronda el
20% y se sitúa, a la par de Cantabria, como la comunidad peor
posicionada en la franja norte peninsular. La situación de
vulnerabilidad económica de miles y miles de familias es alarmante,
contando con alrededor de 600.000 personas en “riesgo de exclusión” a
finales de 2019 según datos-UE.
En la década
neoliberal la privatización y precarización de la Sanidad Pública llevó a
disponer de diez hospitales menos, lo que significa un premeditado
ataque a la salud pública asistencial (especialmente a la Atención
Primaria) que lleva un 12% de la partida destinada a la Sanidad cuando
los expertos recomiendan que alcance un 25% para un óptimo
funcionamiento. En cuanto a número de camas disponibles o UCI por
habitante, también se sitúa por debajo de las recomendaciones
sanitarias. Por no adentrarse en las condiciones de precarización en las
que trabajan los sanitarios.
El deterioro de la
salud pública no es por tanto producto del azar, si no que viene de la
mano bien visible de aquellos corsarios que la vieron como una
oportunidad para hacer negocio y enriquecer sus cuentas. A los que
Feijóo dio cobertura legal y política, incluso bajo fundadas sospechas
de nepotismo y favoritismos. Hasta la tasa de mortalidad aumentó en un
2% desde el año 2008.
Galicia encadenaba tres años
de desaceleración económica, y entre 2008 y 2014 se destruyeron más de
2000.000 empleos, recuperándose tan sólo 97.000. Sus políticas de
vivienda pusieron siempre por delante los intereses de grandes
propietarios y tenedores. Se fue recuperando levemente el saldo
migratorio en los últimos tiempos, pero durante estos años emigraron
muchas y muchos más ciudadanos gallegos de los que llegaban de
fuera...aunque es también cierto que últimamente habían mejorado
cuestiones como la relativa al desempleo, en la tónica de percepción
generalizada de recuperación hasta este año 2020.
Dejando
muchos temas también importantes al margen, esta sería la panorámica
general de unas políticas para al país que sitúan a nuestro pueblo en
“vías de extinción”, y que resiste como resistió durante siglos: con el
poder político-administrativo en su contra.
2. La crisis de la COVID-19 y su gestión en Galicia
La
irrupción en nuestras vidas de la pandemia del nuevo coronavirus
SARS-CoV-2 y las consecuencias que acompañan, determina inevitablemente y
a todos los niveles un antes y un después. Las incógnitas que se abren
en todos los órdenes posibles, desde la economía y las finanzas a la
crisis social y política venidera pasando por el desorden y tensiones de
carácter geopolítico encuadradas en el cuestionamiento del modelo de
gobernanza en la globalización neoliberal capitalista conocida, están
siendo suficiente y permanentemente tratadas y estudiadas desde
incontables puntos de vista y enfoques de pensamiento como hecho social
total que es.
Nada de lo que acontece aquí es
ajeno a la dinámica del contexto mundial, europeo y del estado español, y
son muchas las cuestiones que pone sobre la mesa esta nueva realidad.
Aunque debería producir también aquí, al menos, un claro consenso: las
políticas incardinadas en el largo y agonizante ciclo neoliberal han
demostrado ser un rotundo fracaso a la hora de hacer frente de manera
eficaz a situaciones catastróficas. Sabemos que el capitalismo lo es en
sí mismo (catastrófico) y sabemos de su incompatibilidad con la vida
digna y la vida misma para la mayoría de poblaciones y ecosistemas del
planeta. Somos conscientes, por tanto, de los retos de alcance
civilizatorio que afrontamos como especie.
Más
allá de las reacciones de algunos gobiernos mundiales y del impacto
variable de la epidemia en las distintas sociedades occidentales, hay
algo que se ha manifestado incontestablemente cierto: la depredación
anti-ecológica, la no-prevención, la baja inversión en ciencia e
investigación y la privatización y desatención de los servicios públicos
de salud ha agravado enormemente la capacidad de respuesta y la
situación, lo que hace impostergable un giro radical en otras
direcciones.
Y hay algo que, en lo inmediato,
debería corregirse: fortalecer los servicios sociales y la sanidad
pública al tiempo que se buscan soluciones para que el trabajo, la
educación, el ocio, la cultura y la vida puedan seguir desarrollándose
requiere que logremos encontrar soluciones que tendrán que ir en la
dirección opuesta a la dibujada por una necropolítica neoliberal especializada
en producir ejércitos de excluidas y excluidos en forma de enfermos
crónicos y discapacitados desatendidos, desempleados y trabajadores
pobres, ancianos con pensiones de miseria, personas sin techo y enfermos
mentales o inmigrantes sin redes de apoyo ni protección suficiente e
institucionalizada.
Todas ellas son cuestiones que
van mucho más allá del regate corto y del juego electoral y
electoralista, pues atañen a la propia viabilidad de la convivencia
social haciendo hincapié en cuestiones hondamente antropológicas. No es
pretensión de este texto adentrarse en todo ello si no, más bien,
centrarse en lo que podría repercutir esta realidad sobrevenida a
efectos socio-electorales y políticos en el ámbito de Galicia:
Si
bien es cierto que la epidemia en Galicia no ha tenido un impacto (al
menos todavía) como el que se ha manifestado en otras regiones europeas
como Lombardía, Catalunya o Madrid, si ha puesto ya de relieve que las
políticas públicas mantenidas en los últimos tiempos, y muy
especialmente en la última década, son incompatibles con lo que debería
ser el futuro: la reacción del gobierno de Feijóo ante la emergencia de
la pandemia no fue tan irresponsable y negadora como la de otros
gobiernos del mundo de su misma orientación ideológica, más allá de
estar condicionada inevitablemente por las decisiones del gobierno
central de “coalición progresista”, pero la situación previa derivada
del asalto privatizador al servicio gallego de salud y, muy
especialmente, a la red de residencias de mayores puso de manifiesto las
carencias y el fracaso, también moral, de las políticas que priorizan
el dinero sobre los cuidados y la vida.
Son
empresas multimillonarias o fondos buitre los que, teniendo estrechas
vinculaciones con el corrupto PPdeG o la Iglesia Católica, gestionan
gran parte de esos geriátricos en los que pereció el 45% de las víctimas
de la COVID-19 en nuestro país. Todo ello llevaba años y años
denunciándose por medio de grandísimas movilizaciones convocadas por
plataformas de profesionales en Defensa de la Sanidade Pública o Vellez Digna proponiendo alternativas a estas políticas directamente “homicidas”. Los recortes en Sanidad, matan.
Alberto
Núñez Feijóo está usando esta crisis como una oportunidad para la
confrontación directa con el Gobierno de España y demuestra impaciencia y
un desmedido interés en dar por superada cuanto antes la crisis con
fines electoralistas.
Aun cuando se cree que la gran mayoría de la
población no está inmunizada y pudiera producirse un rebrote o una
segunda ola epidémica, jugando a una calculada ambivalencia entre la
aparente colaboración y el uso torticero de las instituciones gallegas
como ariete de desgaste contra el gobierno de Pedro Sánchez en su afán
personal por optar eventualmente al liderazgo del Partido Popular de
Pablo Casado: la contabilización oscurantista de las cifras de
infectados y de muertes, la negativa a intervenir centros privados
desaprovechando recursos, la “guerra de los test” y el ansia por
“anticiparse” al Gobierno tratando de reforzar su imagen de “buen
gestor” (con la colaboración inestimable de un aparato mediático lacayo)
lo ponen bien de manifiesto.
Acciones de regate corto y efectistas,
pensadas para la batalla mediática, marcan su desesperada estrategia.
Basten dos, como ejemplo: llevar a cabo un supuesto “estudio
epidemiológico” con test de dudosa fiabilidad del que no tuvimos
noticias por ahora más que acaba de ser “cancelado”, o renunciar a
ejecutar actuaciones dentro del marco competencial para luego acusar al
Gobierno español de lentitud e ineficacia, como el freno a la
tramitación del cobro de los ERTEs.
Son
incontables sus comparecencias ante la prensa luego de la suspensión
electoral, así como el desprecio constante a la oposición y su falta de
rendición de cuentas en el Parlamento, siendo la pauta constante del
último mes y medio.
La concepción que tiene Feijóo
y su gobierno de lo que debe ser la Sanidad Pública puede resumirse
gráficamente en el aumento sostenido durante los últimos años de la
partida destinada a servicios religiosos (curas) en los hospitales,
mientras se redujo y se reduce la contratación de personal sanitario.
Este mes de mayo ha sido declarado de “luto oficial” en toda la
comunidad y, a la vez, se ha obligado a los presentadores de la
televisión pública a vestir de negro, en un descarado, pero ya
normalizado uso propagandístico y partidista de la misma.
Con
este balance, está siendo también uno de los representantes públicos
más beligerantes contra la extensión quincenal del “estado de alarma”
previsto hasta la superación de lo más grave de la crisis sanitaria, en
contra del plan de “desescalada” del gobierno, las recomendaciones
sanitarias y el sentido elemental de la prudencia. Parece que sus prisas
estuvieran más motivadas por celebrar cuanto antes las elecciones,
antes de que puedan prosperar las múltiples denuncias penales
presentadas por la gestión negligente de la sanidad pública en todos
estos años, junto a la presión de los profesionales.
Y, muy
especialmente, por el escenario dantesco que se produjo en la mayoría de
residencias de la tercera edad privatizadas. Eso sí, la Xunta aprovechó
este “estado de alarma” para, por ejemplo, reactivar la tramitación
administrativa y sacar adelante más de mil proyectos industriales
especialmente controvertidos socialmente, por contaminantes. La alerta
en estos momentos es, además de sanitaria, ambiental.
No
son pocas, por tanto, las polémicas y contradicciones en las que se ha
visto envuelto el gobierno gallego en las últimas semanas. En estos
últimos días también ha transcendido el uso partidista que se ha hecho
del acopio de material sanitario, como mascarillas, en donde se han
apurado a colocar el logo y emblema de la Xunta para su reparto. Coste
del ejercicio propagandístico: casi un millón de euros.
Todo
ello no debería bastar para desviar la atención de lo nuclear y
fundamental en lo estratégico: el agotamiento y fracaso de más de una
década de políticas contrarias al bien común. Las anunciadas políticas
de estímulo económico y el reforzamiento del papel del estado en las
economías occidentales van en la dirección opuesta a las seguidas a lo
largo de su mandato, pero lo que Galicia necesitaría, a tal punto, es
mucho más que un simple cambio de gobierno. Deshacerse cuanto antes de
representantes políticos como el sería, tan sólo, un primer paso.
3. El escenario actual y sus posibilidades electorales.
No
es desdeñable la capacidad de travestismo político del actual
presidente y, aunque a nivel demoscópico el PP no se encuentre en uno de
sus mejores momentos, en la sala de máquinas del PPdeG saben bien que
el perfil sociológico de su votante y potencial votante poco tiene que
ver con el del PP en España.
Y también saben
explotar muy bien las debilidades de una oposición con dificultades para
estructurar una alternativa conjunta, necesariamente plural y
multi-partita, pero que tendría que ofrecer necesariamente más
credibilidad y cohesión de lo que demostró en los últimos tiempos. En
cualquier caso y en una situación tan excepcional, el escenario es a priori
más favorable para la oposición que para el gobernante en ejercicio, ya
que se presta a innumerables errores de gestión.
Pero también,
cualquier tipo de crisis abre oportunidades para los gobernantes: son
bien conocidos tanto el efecto “rally´round the flag” (efecto bandera: consistente en el apoyo a corto plazo al dirigente en el poder en situaciones de crisis) como el “efecto Bandwagon” (consistente
en apoyar la causa que percibimos como ganadora. Este, en Galicia, es
perenne. El PpdeG es percibido socialmente como “valor seguro”). En
otras palabras: el comportamiento socio-electoral tiende a ser
conservador en situaciones de este tipo. No hacer mudanzas en tiempos de
tribulaciones. A esto juega Núñez Feijóo: si se pasa página de la
situación de shock, rápidamente podría volvérsele en contra.
Siendo
así, el principal enemigo de la oposición sería su desmovilización. Sin
embargo, Feijóo llegó al poder con la participación más alta de la
serie histórica con un 64,4%.
Más allá de todo
esto, de no revertirse la orientación de las políticas mantenidas en la
última década seguramente continuemos consolidando un modelo sustentado
en la pérdida del número de habitantes y de hablantes del idioma propio,
que produce cada vez menos publicaciones y creaciones culturales en
gallego.
También con un retroceso cada vez más feroz del sector primario
(se perdieron tres de cada diez empleos en estos años, pero la
tendencia viene de atrás y se relaciona con la entrada en la UE) e
industrial, con un desesperante abandono y destrucción impune del
patrimonio natural y material, con mayor despoblación rural que, entre
algunos más, supone mayores riesgos de incendios y más virulentos
(también debido al modelo forestal enfocado a la industria papelera),
con mayor turistificación y crecientes problemas de acceso a
vivienda digna en las ciudades (en Vigo el precio medio supera los 700
euros al mes), con múltiples agresiones al territorio, con la
continuación del espolio que supone la autovía AP9 y cuya gestión está
concedida a grandes empresas, etc. etc.
Pero en
este lapso de tiempo no todo fueron derrotas...se dieron muchas batallas
sociales y se logró alguna victoria popular, como la paralización del
proyecto de mega-minería de oro contaminante a cielo abierto en Touro (A
Coruña), por recordar alguna das más destacadas. La idea de una empresa
canadiense consistía en pulverizar las esperanzas de vida digna en toda
una extensa comarca, en una agresión a gran escala a la naturaleza y a
la gente del común sin precedentes. Marineros y labradores organizados y
en pié de lucha exigieron sus derechos, se produjo auto-organización en
sectores como el sanitario o el de los trabajadores de los medios
públicos, etc...
Más allá del escenario que dibuja
la, muy a menudo, asfixiante política institucional la resistencia y la
esperanza seguirán “abajo”: allí es en donde se teje comunidad y se
logran pequeñas o más grandes victorias. Es ahí en donde salvaguardamos
la cultura y la lengua a pesar de todo o se sueñan las alternativas y la
posibilidad de un nuevo sentido común y una futura recuperación
nacional con un horizonte de soberanía, justicia y libertad para nuestro
pueblo.
Sin embargo, urge también un cambio político-institucional que
atenúe, en lo posible, todas estas “venas abiertas de Galicia” en un
contexto internacional tan problemático como el que tocó vivir, en esta
encrucijada histórica en la que asoma la oreja el monstruo neofascista.
Frente a la gota malaya del desorden neoliberal existe otra Galicia
progresista y que se auto-organiza y lucha: las mayores movilizaciones
sindicales del estado español se producen aquí, así como también se
manifiesta la fuerza rebelde de un vigoroso y combativo movimiento
feminista o se producen otros movimientos de fuerte arraigo e
implantación territorial.
(Millán Fernández . Politólogo, activista y militante de ANOVA-IN, Sin Permiso, 16/05/20)
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