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4/1/23

Vou coutar o ano... "Couto ós ladróns''... "Couta ós ladróns''... "Couto ós estafadores''... "Couta ós estafadores''

 "ANÍMAME o antropólogo e amigo Xosé Manuel González Reboredo a que describa nunha das columniñas que comparto con vostedes un costume do que lle falei e que debeu existir polas miñas terras de Becerreá hai moitos anos. Eu tiven coñecemento del na miña infancia a través dalgunha simulación —xa moi lonxe da seriedade daquel vello ritual cargado de significados— que ás veces facía meu pai para reproducir o que aínda sucedía nunha casa do barrio de Letrún cada final de ano aló polo primeiro cuarto do século pasado. 

O señor Alexandro, un viúvo que tiña moitos fillos e fillas, organizaba tras da cea frugal do derradeiro día de decembro unha cerimonia dialogada a carón das táboas que tabicaban a parede do cuarto principal da súa casa. Tan importante cerimonia debía coincidir co cambio exacto de ano, o que non resultaba nada doado. 

Pola dificultade de precisar a cronometría naquela época —a medición do tempo no só carecía da exactitude que hoxe lle presta a elegancia do cuarzo, senón que se baseaba na presencia de luces, de sombras e de estrelas que ás veces nin se podían alusgar— todo aquel ritual tiña que durar bastante para que, en todo caso, quedase garantida a coincidencia con ese intre no que se saúdan e despiden os anos novo e vello. Só así surtiría o seu benéfico efecto. 

Colocado el dun lado do tabique e a prole do outro, o señor Alexandro constituíase en sacerdote conductor dunha ledaíña á que cumpría responder cunha seriedade da que a rapazada era bastante incapaz. Daquela, raro era que non houbese que interromper e volver atrás a execución da crenza ancestral que acabou arrasada por un vulgar engullido de doce uvas a toda présa dirixido a distancia. Como elemento auxiliar estaba a cota dunha ferramenta, case sempre a dun machado, para golpear nas táboas de castiñeiro antes de cada invocación. 

 Tras cada golpe, o acto liberador da palabra máxica que comezaba cun "vou coutar o ano'', ó que debía responder o coro "vai coutar o ano''. Despois viña o recordo de todos os males posibles que, sen dúbida, terían acontecido con frecuencia a través dos trescentos e pico de días promovidos, daquela coma hoxe, pola mala xente. "Couto ós ladróns''. "Couta ós ladróns''. "Couto ós estafadores''. "Couta ós estafadores''. Non era doado. Nada levaba escrito, pero tampouco nada malo debía ser esquecido para que non se coase, envolto no imperdoable silencio, por esa regandixa imperceptible que se abría, e se abre, en cada cambio de futuro.

( Autora. VILLAR JANEIRO, Helena. Título: Coutar o ano. Revista de Investigación 2, 2006. ISSN 1887-2859 URL: http://www.galiciaencantada.com/dentro.asp?c=34&id=960 [Artigo publicado orixinalmente no xornal O Correo Galego de Santiago de Compostela, 31 de decembro de 2001])"    (Helena Villar, Galicia Encantada, 29/12/22)    

25/10/10

En 1968, estudiantes de Medicina viajaron en expedición al rincón más apartado de Galicia para llevar medicamentos y asistencia a sus habitantes


Un vecino de Piornedo explica la técnica de la caza de jabalí con chuzo, calzado con las galochas con marañois (raquetas de nieve), en 1968.

"Mi padre me dijo que el mar es muy grande, tiene mucha agua y remata en una raya", explicaba una niña a sus amigos un domingo en el atrio de la iglesia de Donís. En 1968, ningún rapaz de esta aldea de Os Ancares había ido a la playa, pero ese era el menor de sus problemas. Lo peor de su aislamiento, de la ausencia absoluta de asfalto y de un tendido eléctrico que a algunas localidades todavía llegó en tiempos de Fraga en la Xunta, eran la falta de asistencia sanitaria, el bocio, la tuberculosis, la imposibilidad de evacuar a enfermos, heridos y parturientas no siendo a pie por la nieve, acostados y atados sobre una escalera de mano a modo de angarilla.

Pero a aquellos pequeños de hace 40 años, lo que más les interesaba era saber con qué jugaban "los niños del mar". "Pues juegan como vosotros: saltan a la cuerda, construyen casitas con piezas de madera, tienen trenes que andan como los de verdad, camiones de latón, y muchas otras cosas", les respondió con su mejor voluntad aquel día de otoño el periodista Enrique de Arce, cronista para El Ideal Gallego de una expedición humanitaria que había llevado estudiantes del último curso de Medicina al rincón más olvidado de Galicia. "Nosotros no tenemos eso", se lamentó entonces otro de los críos.

Ni los Reyes Magos se acordaban en su anual reparto de las aldeas de Donís, en Cervantes, donde los vecinos "vivían como pájaros en una jaula de cielo y tierra" una "existencia atormentada por la incomunicación". La descripción es del propio De Arce, que acaba de rescatar en un libro (Os Ancares, a serra esquecida, Teófilo Comunicación) que será presentado este fin de semana en Piornedo los artículos resultantes de aquel viaje, con algunos comentarios añadidos que entonces, en pleno Franquismo, no podían salir publicados.

"Hay cosas que están en el libro que no están en las crónicas", reconoce el autor. "Entonces ya no había censura previa, pero la autocensura que nos imponíamos los propios medios era peor". Denunciar la dramática situación de los vecinos ignorados de la montaña, pagadores de impuestos que no recibían nada a cambio del Estado, cuando sólo el Estado podía remediar sus males, podía molestar a las autoridades. Y sólo un periódico en Galicia, aquel en el que trabajaba De Arce, podía hacerlo, en aquella época muy influyente y protegido por el paraguas de la Editorial Católica, que movía sus propios hilos en el poder.

Coincidió que el padre Roberto Cea, párroco de aquellas aldeas, mandó una carta de SOS a Pedro de Llano López, Bocelo, director de El Ideal Gallego en los mismos días de 1968 que en Santiago se empezaban a movilizar unos estudiantes que también optaron por telefonear al rotativo para difundir su iniciativa. José Manuel Vázquez Varela, alumno de Geografía e Historia, hoy catedrático de Prehistoria en Compostela, coordinaba a un grupo de futuros médicos (tres estudiantes de la facultad, Elena, Fernando y Gerardo) para llevar durante más de una semana asistencia sanitaria y fármacos a Os Ancares. La misión partió camino de la sierra, con el material que había logrado colectar, el 30 de septiembre de 1968.

La última vez que algún poderoso se había preocupado por desplegar algún sistema de comunicación con la montaña había sido cuando el marqués de Riestra mandó tender un cable de acero sobre el valle para llevarse los árboles, los mejores de España para fabricar traviesas de tren y barricas de Jerez.

En Os Ancares, en 1968, aquellos jóvenes expedicionarios descubrieron cosas para toda Europa inimaginables. Todas las vacas estaban tuberculosas y transmitían su enfermedad a la gente; habitualmente no había mucho más para comer que pan, castañas, patatas y tocino; el jabalí todavía se cazaba como en la prehistoria, varios hombres lo cercaban en la nieve y le dejaban clavados sus chuzos hasta que se desangraba; no había teléfono, ni había llegado la noticia de lo que había sucedido en París el pasado mayo. Tampoco tenía mayor importancia: este mundo era otro mundo, infinitamente más invisible que África para la Unesco y la Unicef. Al cumplir los siete años, los niños ya estaban listos para "subir a la braña", a vivir solos durante tres meses cuidando el ganado, sin regresar al pueblo hasta septiembre.

Al año siguiente, dos antes de que el Estado construyese las primeras pistas, el periódico emprendió una nueva campaña solidaria. Llegaron donaciones de juguetes, mantas, ropa y vitaminas de toda Galicia, y 50 niños de Os Ancares viajaron en bus hasta A Coruña para ir al cine y bañarse en el mar." (El País, ed. Galicia, Galicia, 21/10/2010, p. 8)