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1/4/22

El ‘factor Emilio Rojo’, la historia del visionario viticultor de Ribeiro

 "Cada madrugada controlaba las vides y durante la fermentación dormía en la bodega. Esta es la historia del creador de un vino blanco mítico, que encontró en los bancales de una pequeña viña de Leiro, en Ourense, su edén particular y una manera de expresarse a través del vino. Un universo a la medida de un pionero.

 “A veces estoy vivo, pero la mayor parte del tiempo estoy muerto”, afirma con naturalidad Emilio Rojo, visionario viticultor que convirtió una viña familiar en una referencia del vino en general y del ribeiro en particular. “Cuando digo que estoy muerto es porque mi actividad cae abruptamente. Entro en melancolía. Profundos pozos. Estoy solo conmigo mismo”, dice.

Es una mañana fría de otoño. Una cubierta vegetal de castaños, mimosas y robles impide que el sol penetre en el camino que lleva desde Leiro (Ourense) hasta el icónico viñedo. El suelo es un manto de hojas marrones. En algunas de las piedras que sobresalen se perciben marcas del hierro de las llantas de los carros que, en su día, transportaban las pipas de vino hasta la carretera, camino del ferrocarril de Ribadavia, Santiago o Pontevedra.

El paseo atraviesa Ibedo, una aldea abandonada desde los años sesenta. Aquí heredó Rojo la casa familiar de Julia González, su mujer, fallecida en octubre de 2019 y a la que una cruz azul de teca recuerda desde lo alto del terreno. “Di la vida en esta viña para que mi mujer se sintiera orgullosa de mí”.

Unos metros más adelante, el camino ofrece la imagen de un anfiteatro natural. La niebla esconde el terreno. Debajo, 1,2 hectáreas escalonadas de viñedo de las que hasta 2019 salieron entre 4.000 y 6.000 botellas al año. Se encuentran en algunos de los mejores restaurantes de Europa y de Estados Unidos. La primera apareció en 1987 y se vendió por 500 pesetas. Hoy son piezas escasas y cotizadas. Se reconocen por un punto rojo impreso en la etiqueta, referencia al apellido del autor, al sol, a Japón —”mi sueño es que se venda allí”— y a las obras de arte que han encontrado comprador. ¿El secreto? “No puedo contar mucho porque he tomado muy poco. Y del mío, menos. No lo podría definir. Soy abstracto. He bebido agua como nadie”.

¿Qué uvas hay aquí? “Confesables: albariño, godello, loureiro, lado…”. ¿Y las inconfesables? “Hay otras pequeñas minorías. Me encantan las minorías. Pero no debo confesarlas”.

Para Laura Montero (Madrid, 45 años), ingeniera agrónoma y directora técnica de Viña Meín-Emilio Rojo —el proyecto que adquirió la viña en 2019—, la clave está más allá de las uvas, la orientación o el terreno. “Es el factor Emilio. Entendió que esta era la extensión que podía trabajar y cuidar. También la que le permitía expresarse. Y eso fue hace 40 años, cuando casi nadie lo hacía. El resultado es un ribeiro de verdad: fresco, ácido, cítrico, mineral, que se abre con el tiempo. Los vinos de Emilio explotan cuando tienen cuatro o seis años”, explica.

El sol aparta la niebla y ofrece un contraste de colores en el que predomina el tono amarillento. “Cuando estoy vivo, a veces funciono al 100%. Pasan por mi cabeza estrategias acojonantes”. Hoy, dice Emilio, es un buen día. Porque hoy está “muy vivo”.

La humedad se condensa en el calzado. También en el compacto bigote de Emilio, una de sus señas de identidad. Lo luce desde los 16 años. Suele llevar sombrero o gorra. Siempre lleva un pañuelo de seda natural al cuello. Le cuesta mirar a los ojos. De complexión delgada, deja colgando un buen trecho del cinturón. “Me da un toque. Me recuerda a los coches cuando llevaban una goma de caucho para derivar la electricidad aerostática al suelo y que la gente no se mareara”, explica hablando en meandros. Al final de cada frase aparecen unas briznas de acento gallego. Intercala términos en inglés y en francés.

Emilio Rojo nació hace 70 años en el hospital de beneficencia de Ourense, en la calle del Progreso. Su familia hacía vino y cultivaba pimientos y maíz. A los nueve años se fue a Sevilla con su tío Eduardo, profesor —”Mire, su sobrino, no le entendemos, es que habla como un lobo”, decían sus compañeros en referencia al gallego—. Regresó a casa. Estuvo interno. Estudió Telecomunicaciones en Madrid. Vivió en Londres en la casa del actor Leo Anchóriz. Lavó platos en el Royal Kensington Hotel. Opositó para farero. Aprobó la teoría. Suspendió la práctica. Trabajó con gammagrafías, en investigación armamentística, controló la calidad de las piezas para los Land Rover. Vestía bata blanca y llevaba su nombre anclado a la solapa.

 En 1986 conoció a Julia en una fiesta de verano. Regresó a la tierra en contra de la opinión familiar y un año después se casó y empezó a hacer vino. “No tenía una pasión especial por el vino. Es más, no me gustaba. Pero era lo más fácil porque mi padre ya lo hacía. Yo le ayudaba con las vendimias, aunque no me dejaba ni podar”. Optó por un terreno de su familia política. Tiró de recuerdos y de libros. Fue preguntando y ensayando. Utilizó la prensa de su padre, que “perdía mosto por todos lados”. Pidió un crédito para comprar una nueva. Al 18%. Su padre no le avaló. Arrancó las vides y las plantó de nuevo. “Las pasé muy putas al principio. Me decía que tenía que triunfar porque, si no, mi familia y la de mi mujer…”.

Comenzó entonces una dinámica que se alargó durante más de tres décadas. “Subía a la viña cada día a las cuatro o las cinco de la madrugada, en invierno, verano, otoño o primavera. Cuando el mundo se despertaba, yo llevaba ya tres horas de trabajo. Todo era manual. Minucioso. Casi neurótico. Como un jardinero en un jardín de té japonés. Hay que currar muy duro en la viña. Con niebla, con frío, con calor… He trabajado como un animal. Estuve triste, estuve contento. Me encantaba la luz de esas horas. Me gusta el naciente. El ocaso no me gusta. ¿Irías a un entierro o a un bautizo? Cuando salía el sol y empezaba a sentir el calorcito… Bajaba a primera hora de la tarde, aquí en verano hay días de 40 grados. Me daba un baño en la charca, comía y me pegaba una siesta…”, rememora. Eran tiempos de dormir en la bodega durante la fermentación. Dos semanas con una manta y un camping gas. Con la puerta abierta para evitar riesgos. Con Julia a su lado.

Lo más difícil, le decían, era vender el vino. La primera vez salió con dos botellas en una cartera. “Dirección Santiago. Y Coruña, aussi [también]”. El dueño de un restaurante le dijo que 500 pesetas le parecía un precio un poco caro. Que si le dejaba la botella, la probaba y, si le gustaba, ya se lo pagaría. “Yo te la dejo con mucho gusto, solo tienes que dejarme tú a mí 500 pesetas, que es el valor de mi vino, porque yo lo quiero mucho”, le contestó. Uno de los clientes del restaurante se levantó y dijo que se quedaba él la botella. “Volví a casa emocionado. Llegué a las tres de la madrugada. ‘¡Julia, vendí una botella!’. Y ella me contestó que ya solo quedaban 5.999″. Tres meses después las habían vendido todas.

Con el tiempo, el viñedo se convirtió en una marca de referencia en el mundo del vino. “Sabía que mi vino era bueno por la repercusión de la gente que me lo compraba. Y cuando iba a venderlo usaba una táctica que me venía muy bien: interrogaba al comprador. Si no entendía lo que hacía, lo desviaba a la competencia. No es que mi vino sea mejor ni peor, es que hay que hacer cosas que nadie hace. Si no, no sales adelante. La actitud es fundamental. Yo me valoraba mucho. Tenía un ego muy potente. Me había empleado a fondo, sabía que mi vino era de alto interés. He tenido grandes amigos que me han ayudado mucho. A los que siempre se lo he agradecido con elegante gratitud”. De regreso a Leiro, Emilio Rojo se define como un comanche recolector. “Siempre fui my way. Escogí un oficio humilde que no consiguió esclavizar mi alma. Que me permite colarme en el cerebro de mis amigos y hacerlos felices”. Confiesa que su proyecto para la viña era “dejarla morir lentamente, ver cómo se degradaba. Que los pájaros se comieran las uvas. Hubiera sido elegantísimo”.

 Ese final cambió cuando Pedro Ruiz Aragoneses, consejero delegado de Alma Carraovejas, se acercó hasta Leiro para comer con Emilio y con Julia. “Queríamos darle continuidad al proyecto, cuidar la identidad y aumentar en lo posible la precisión”, explica. Viña Meín-Emilio Rojo ha reducido la producción en la viña —ahora ecológica— a unas 4.000 botellas. La demanda anual supera las 50.000. Con un precio de venta al público por encima de 60 euros. La empresa le dio a Emilio Rojo un 10% de la sociedad. “Es el alma del proyecto. Tenía que seguir involucrado”, dice Ruiz Aragoneses.

El día en que se firmó la venta, Emilio y Julia lo celebraron cenando en Madrid. Era julio. “Ella se fue feliz. En un momento de la cena, nos miramos y nos dijimos: ‘Cómo triunfamos”.        (Pedro Zuazua, El País, 21/01/22)

27/4/21

El vino que cuida la piel. Levinred Wine Cosmetics convierte el tinto de O Ribeiro en un ingrediente para la industria cosmética

 "En la fórmula de los productos de Levinred Wine Cosmetics hay tinto y mucho amor por el rural gallego. En 2017, Patricia Rodríguez y Sofía Ferreiro aunaron su apuesta por permanecer en su localidad ourensana de O Leiro y la tradición vinícola que heredaron de sus abuelos para crear cosméticos elaborados con vino.

 “Somos hijas de emigrantes y estuvimos muchos años fuera del país. Nuestros padres nos inculcaron siempre el amor por el Ribeiro y su tierra”, cuenta Rodríguez por teléfono. Se formaron, vivieron y trabajaron en el extranjero, pero ese bagaje emocional siguió ahí y, en cuanto pudieron, marcaron el camino de vuelta a Galicia.

Allí, en un viñedo familiar de sus abuelos rehabilitado por sus padres una vez retornados, Rodríguez aprendió a hacer vino como lo hacían las generaciones anteriores. El salto a su idea de negocio vino dada por el azar. En 2015, la cosecha fue abundante y generó excedentes que no pudieron comercializar. Así que Rodríguez pensó en aprovechar esos litros de vino para utilizarlos en cosmética. En ese momento la idea quedó en el aire, hasta que dos años después, en un momento poco fértil laboralmente para ambas, compartió su visión con Ferreira. Al día siguiente, ya estaban buscando un laboratorio.

El proceso administrativo y burocrático y el difícil acceso a la financiación hicieron que el comienzo no fuera fácil. “Empezamos de cero a patear las calles y a dar a conocer nuestro primer producto, porque sacamos solo uno, para minimizar también los riesgos económicos”, recuerda esta comunicadora política de 38 años.

Esa primera referencia fue una crema facial a la que siguieron pronto otras, como un jabón exfoliante, el primer pintalabios hecho de tinto, un sérum y un exfoliante. Todos ellos con, al menos, un 95% de componentes naturales. Lo que diferencia sus productos, dice Rodríguez, es que no extraen encimas, sino que utilizan el vino obtenido de manera tradicional.

Los cosméticos de Levinred se pueden encontrar, por ejemplo, en establecimientos de productos naturales o tiendas especializadas en vino en diferentes puntos de España. También comercializan en Suiza y a través de su web, que reforzaron durante la pandemia por el cierre de los comercios. “La verdad es que nos funcionó muy bien. Y hemos tenido la suerte de que los locales tampoco han tenido, pese a las dificultades, un bajón muy importante”, relata Rodríguez. Con una facturación de 80.000 euros, en 2019 la empresa ya obtuvo beneficios. A la espera de cerrar las cuentas definitivas, las previsiones de 2020 siguen esa misma línea.

Por el momento son dos en la empresa, aunque de manera indirecta emplean a varios trabajadores. “Intentamos que sean emprendedores también del rural”, relata la cofundadora. Quieren servir, de alguna manera, como inspiración para proyectos igual “o más interesantes”, dice, que el suyo."      (Natalia Otero, El País, 02/02/21)

15/5/20

Se burlaron de Esther. No sabían que era una pionera del vino ecológico

"A finales del siglo pasado brotó en la Ribeira Sacra, entre los viñedos que abrazan al río Miño, una peculiar revolución. Su líder y única insurrecta fue Esther Teijeiro Lemos, una labriega de Chantada (Lugo) que con más de 60 años decidió dejar de “envenenar” las vides con herbicidas. 

Sus colegas viticultores se rieron de ella. Le auguraron: “Vas a matar de hambre a tu familia”. Y advirtieron a su marido de que su esposa “se estaba poniendo sus pantalones”. Pero ella no cejó en su empeño. En 2003 recibió el primer sello de vino ecológico que se emitió en Galicia.

Esther, huérfana de madre y padre a los 15 años, alumbró su mentalidad ecologista por instinto, observando la tierra en la que su familia cultivaba uva desde sus bisabuelos. Recuerda aquel momento de inspiración sentada en la pequeña bodega de vino ecológico que creó en 2000, Adegas Diego de Lemos, con 84 años de vitalidad y varios premios en el cesto: “Me paré y pensé: ‘Esta tierra está enferma. No echa hierba’. Y me acordé de mis padres, de que ellos no usaban ni herbicidas, ni insecticidas. Ahí empezó todo, pero fue muy duro porque nadie creía en mí”.

Ni ella se explica cómo pudo aguantar el chorreo de burlas, papeleos y dificultades técnicas que afrontó. No tenía ni teléfono y llegó a recorrer a pie a diario el kilómetro que separaba su casa de una cabina para llamar a la Administración y completar trámites. Los funcionarios levantaban la ceja con escepticismo cuando veían a esta mujer menuda al otro lado de la ventanilla. Fueron tres años de reconversión de cepas y burocracia. La agricultura ecológica no estaba entonces en su vocabulario. Ella lo llamaba producir “sano”. 

“Lo hice sin permiso de mi marido y eso ya fue una revolución, pero estaba convencida de que era el futuro”, reflexiona. Empezó a proteger los cultivos de la contaminación química separándolos del resto con mamparas. Bajo sus vides brotó un manto verde. “Mira cómo florecen tus viñas, Esther”, bromeaban sus vecinos. El primer año bajó la producción porque “la tierra no estaba acostumbrada”, pero luego se recuperó, y resulta que nadie murió de hambre en casa de Esther.

La bodega Diego de Lemos, que toma su nombre del abuelo de la matriarca —y coincide con el de un líder de las Revoltas Irmandiñas que se produjeron en Galicia en el siglo XV—, da trabajo a sus dos hijos y a su nieto enólogo. Produce entre 10.000 y 13.000 botellas de tinto mencía y blancos godello y treixadura en unas viñas libres de química y maquinaria, y su fundadora sigue escalando sus escarpados viñedos. 

A la viticultura en esta ribera la llaman heroica por el esfuerzo que requiere acceder a las cepas. Antes los cestos de uva se bajaban al río para cargarlos en barcas; ahora se suben a la carretera y se meten en un camión. Ella le quita importancia al poderío de su cuerpo octogenario: “Ya solo trabajo 8 o 10 horas al día”.

Se enorgullece de “hacer algo que no perjudica la salud” y critica a quienes solo quieren producir mucho para enriquecerse. En mayor medida que los no ecológicos, su vino no sabe igual todos los años, depende de una impredecible combinación de horas de sol y humedad. “Es el azar, la naturaleza. Así tenía que ser todo”, suspira."                  (Sonia Vizoso, El País, 22/03/20)

12/9/17

Buscan recuperar a uva galega Tinta Castañal, en perigo de extinción e única no mundo

Variedade de uva Tinta Castañal | Fonte: CSIC.

"A empresa Viñas e Terras do Pazo vén de conformar un grupo operativo do que tamén forman parte, entre outros, investigadores do Departamento de Enxeñaría Agroforestal do Campus Terra da Universidade de Santiago (USC), para a recuperación da variedade  de uva Tinta Castañal en Galicia, unha variedade minoritaria da comarca do Baixo Miño en perigo de desaparición, informa a USC.

Viñas e Terras do Pazo, con sede nos concellos pontevedreses de Tomiño e O Rosal, ten como actividade principal a produción de uva nas súas plantacións en Goián, concello de Tomiño e en Eiras, concello do Rosal. 

No marco da súa actividade, esta empresa lidera un grupo operativo do que tamén forman parte os investigadores do Departamento de Enxeñaría Agroforestal da USC na Escola Politécnica Superior do Campus Terra Javier J. Cancela e Xesús Pablo González, ademais do Centro Tecnolóxico da Carne (CTC), en calidade de centro de investigación, e Grupo Eco3g Consultores, como axente de innovación.


O obxectivo principal do grupo operativo posto en marcha e liderado por Viñas e Terras do Pazo é a recuperación da variedade de uva Tinta Castañal, mediante un cultivo sustentable, que permita a elaboración dun viño tinto diferenciado e de alta calidade.


VARIEDADE TRADICIONAL DO BAIXO MIÑO


A variedade Tinta Castañal é unha variedade tradicional da comarca do Baixo Miño e única no mundo. Trátase dunha variedade minoritaria (existen poucas cepas plantadas) que sofre o perigo de chegar á extinción. 

 Esta variedade non aparece na lista de variedades comerciais e portainxertos de vide. Daquela, tampouco está amparada dentro de ningunha das denominacións de orixe galegas, xa que para que se poida recoller dentro dunha denominación de orixe é necesario que apareza inscrita como definitiva, na lista anteriormente mencionada.


A posta en marcha deste grupo operativo específico pretende servir de acicate para desenvolver un proxecto que posibilite realizar a caracterización e analizar o rendemento agronómico e o comportamento en condicións de campo desta variedade minoritaria. 

Analizar o rendemento e a calidade de Vitis Vinifera cv Castañal baixo un sistema de produción sustentable, proceder á caracterización cualitativa dos compostos e aromáticos en condicións de campo, e a preparación de viño monovarietal para a súa venda como produto singular de alto valor engadido, derivado das particularidades/escaseza/potencial da variedade, constitúen os propósitos dos promotores deste grupo operativo orientado á recuperación e posta en valor da variedade de uva Tinta Castañal."                (Galicia Confidencial, 30/06/17)

2/5/13

Un viñedo ferrolano

Marcial Pita, sobre las tierras de Esmelle (Ferrol) donde cultiva cepas de blanco legítimo. / XURXO LOBATO

"De las coruñesas tierras de Betanzos para arriba no hay viñedos ni bodegas de calidad. Mucho menos en Ferrol, donde la cultura del vino pasa básicamente por los muchos litros de caldos riojanos que se bebían los obreros que hacían los barcos y donde no hay más tradición por la uva que cuatro parras de jardín para el consumo doméstico. 

Rompiendo con todos los clichés, un joven catador y bodeguero ferrolano, requetepremiado en su corta trayectoria, y un enólogo de la comarca ourensana de O Ribeiro, heredero de una larga estirpe de viticultores gallegos, se han asociado para plantar en una finca de Esmelle, al abrigo de los vientos del Nordés, las primeras cepas de blanco legítimo.

Marcial Pita (Ferrol, 1977) y Felicísimo Pereira (Ribadavia, 1965) son el mango y la cubierta de Bodegas El Paraguas. Un proyecto empresarial pionero e innovador que persigue un sueño muy personal. Tienen en mente hacer un blanco de vanguardia que a nadie se le había pasado por la cabeza en la mismísima orilla del Atlántico, a medio camino entre las parroquias ferrolanas de Doniños y Cobas. 

Y sí, el nombre de la bodega responde a lo que parece. Medio en broma medio en serio, cuenta Pereira, que llegado el caso, se plantean colocarle un paraguas a cada cepa para resguardarlas de la lluvia que les puede aguar el trago.

En esta aventura vinatera, que se aleja de las tradiciones y sagas del vino en la comunidad gallega, todo es nuevo: la tierra y la uva. El blanco legítimo es una cepa ancestral con mucho arraigo en la comarca de Betanzos que fue destronada y marginada. Hace solo dos años que los investigadores del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) la repescaron y la incorporaron al catálogo internacional.

“Soñaba con hacer un blanco en mi tierra”, confiesa Marcial Pita. El Paraguas es su apuesta por adaptar una variedad histórica “con un potencial enorme”. “Vamos a dar palos de ciego arriesgando nuestro dinero y tirando de nuestra sabiduría vitícola, la instintiva y la heredada”, resume.

 Detrás de los “palos de ciego” hay un proyecto de I+D+i que ha estudiado la geomorfología de Esmelle, una parroquia rural del extrarradio ferrolano, ahondando en la calidad y composición del suelo que le aporta a la uva su personalidad.

Aunque sorprenda, la elección de una finca litoral para empezar a plantar “mil y pico de cepas en 4.000 metros cuadrados” con el fin de empujar el primer viñedo de Ferrolterra entre patatales y tomateros tiene una sólida base técnica. El valle de Esmelle es bastante peculiar, explica Pita. Geológicamente, es una de las zonas más antiguas del planeta atravesado por una falla de granito y cuatro riachuelos en los que se cuentan 22 molinos.

Aunque novísima, la bodega de Pita y Pereira no parte de cero. Hace dos años se llevaron el premio al mejor blanco de España con su Paraguas Atlántico 2011 y están a punto de sacar la cosecha de 2012 con la producción que les da un pequeño viñedo de 1892 en Ribadavia, cobijado por una montaña “que también le hace de paraguas”, ríe Pereira.

 Es el bisnieto de Antonio Freijido, primer viticultor que sacó uva de La Cabrita, una finca en el cruce de los ríos Avia y Miño que les valió el galardón por un caldo que enjuaga treixadura (85%), godello (10%) y albariño (5%).

Pita, que estudió periodismo en Madrid y se especializó en vinos tras pasar el verano de 1993 cargando cajas en un almacén de Vinoselección para pagarse las juergas estivales, ya arrasó en con su primer invento: El Linze. Un tinto manchego que ideó en 2006, con 29 años, mezclando uva syrah con tinto velasco, otra variedad minusvalorada. 

“Cuando nadie sabía quien era Robert Parker [el gurú de vinos estadounidense]“, cuenta Marcial, “le envié una botella”. Le dio 92 puntos al primer intento y bautizó la cosecha —8.000 botellas— con el nombre de un felino porque en un estudio leyó que las botellas con nombre de animales vendían un 5% más. (...)

Con El Linze encumbrado —mejor tinto de España en 2007 y 2008— se lo vendió a Bodegas Arúspide y con el dinero se fue a por su primer Paraguas en O Ribeiro y ahora se atreve con otro junto a la playa ferrolana de Esmelle. Hasta 2016, no podrán hacer las primeras microvinificaciones del nuevo viñedo para catar cómo les va saliendo el experimento costero.

“No se puede trabajar con una uva en la que no crees y tampoco creemos que el vino tenga que ser tempranillo, crianza o reserva”, se explica el bodeguero ferrolano. “Nuestra filosofía es una producción pequeña, enología de vanguardia capaz de concentrar la esencia de una tierra en una botella”. La del Paraguas de Esmelle tendrá, necesariamente, notas de marea y aroma de salitre."         ( , El País, Ferrol 7 ABR 2013)

21/10/09

Terras Gauda desarrolla patentes con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas sobre la viña y el vino

"Veinte años es un corto espacio de tiempo para el asentamiento de una bodega. Sin embargo, Terras Gauda en sólo dos décadas se ha colocado en el sector del vino como una bodega punto de referencia en materia de investigación y desarrollo en solitario o en proyectos con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Sobre una facturación de 9,4 millones de euros, los recursos para investigación se elevan a una media del 8%. (...)

Los trabajos de investigación del grupo han comenzado por los viñedos con el objetivo de lograr producciones cortas de calidad con una media entre los 5.500 y los 7.000 kilos. La mayor parte de los viñedos se cultivan en espaldera, aunque se han puesto en producción superficies con el sistema de miniparra adecuadas a las condiciones de la zona. En materia de variedades de uva, la bodega ha hecho una apuesta por la recuperación de la variedad caíño, que estaba a punto de desaparecer por ser una uva menos productiva y de las variedades autóctonas más sensibles a las plagas y a las enfermedades. El hecho de que requiera una vendimia tardía supone un riesgo más añadido por las condiciones climatológicas. Hoy, el 95% de esta variedad en Rías Baixas corresponde a viñedos de la bodega.

En colaboración con el CSIC, ha patentado una levadura propia por la que se refuerza el carácter de los varietales La bodega utilizará en esta vendimia esta levadura por primera vez para toda la producción de albariño.

Un segundo proyecto de investigación está enfocado al estudio sobre los tiempos y temperatura para los procesos de maceración.

En colaboración con el CSIC, ha desarrollado un proceso de selección clonal de la uva albariño para lograr una combinación que sea resistente a enfermedades y a las características agronómicas y organolépticas mejores para la bodega.

Terras Gauda trabaja en un proyecto para aplicar a partir de 2010 una red de sensores inalámbricos basada en el sistema de identificación geográfica y en los sistemas GPS para controlar el estado de los viñedos.

La bodega opera en el segmento de los vinos jóvenes con variedades autóctonas monovarietales y ha desarrollado vinos blancos fermentados en barrica. Comercializa anualmente 1,5 millones de botellas. En 2008 aumentó las exportaciones en un 33% y los vinos se venden ya en todos los continentes." (El País, Negocios, 11/10/2009, p. 16)