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28/5/24

ABANCA, el soporte financiero de la Xunta de Feijóo, exige que le regalen el estadio de Riazor

 "Una ciudad vestida de gala, esperando su momento, deseando retornar del infierno que supone la Primera RFEF (antigua Segunda B) para un histórico de nuestro fútbol como es el Deportivo de la Coruña. La ciudad gallega empezaba a despertar de la pesadilla el pasado fin de semana con un zapatazo de Lucas Pérez, que renunció a contratos millonarios por quedarse con su Dépor. Tras el pitido final que firmaba una victoria por la mínima pero cargada de significado, la euforia se desataba, la playa de Riazor se teñía de camisetas, bufandas y bengalas azules y blancas (como lo había hecho en la previa) y la fiesta alcanzaba altas horas da la madrugada.

Sin embargo, la celebración terminó resultando algo agridulce por el presunto veto de ABANCA, principal banco gallego y cuyo nombre aparece también en el estadio, para que el combinado coruñés no acudiera a la habitual recepción del Ayuntamiento, planificada para el pasado lunes, una vez pasada un poco la resaca emocional. La alcaldesa de la ciudad, Inés Rey -de signo socialista- acusó a la entidad bancaria de actuar “con ánimo de chantajear y sacar rédito particular” como propietaria del club por las discrepancias sobre el convenio para el uso del estadio.

La edil primera afeaba a ABANCA “no entender lo que es el Dépor” al “tratar ese amor -por unos colores- como un activo financiero”. Rey se lo dejaba muy claro al principal banco de la comunidad: “El deportivismo no está en venta y no será moneda de cambio para hacer caja”, ni permitirá que “nadie lo mercantilice”.

La pugna que mantienen la parte política y financiera tiene que ver con el emblemático Estadio de Riazor (ABANCA Riazor), que ha vivido noches europeas y visto a su equipo ganar ligas. El espacio se ha rendido a quienes han pasado por allí, sabiendo reconocer su calidad (basta recordar el taconazo de Guti), y ha aprendido a llorar los descensos. En definitiva, se trata de un estadio y una afición (reconocida abiertamente de izquierdas) que no se rinde ante nada ni nadie. Y eso es justo lo que pretenden transmitir los socialistas.

En concreto, ABANCA -a su vez soporte financiero de la Xunta que surge tras la fusión y el rescate de las antiguas cajas gallegas- propone el pago de un canon por el estadio. No obstante, la regidora socialista ha asegurado que no se trata de una cuestión negociada con el Consistorio. Al contrario, asegura que no han “exigido ningún canon” y que “no se les va a cobrar”. “No es una propuesta que esté sobre la mesa”, apuntalaba, haciendo hincapié asimismo en que su equipo de gobierno hará todo lo posible por garantizar que la “sede social” del equipo se quede en la ciudad. Así las cosas, la contienda queda clara: “No voy a regalar el estadio de todos a un banco”.

Lo que plantea el Ayuntamiento es algo mucho más social y pensando, sobre el papel, en el hincha, en aquel para el que un estadio de fútbol es mucho más que eso. Es un lugar donde evadirse de la rutina, donde te vuelven los recuerdos con tu padre, el beso en el descuento, las cervezas con los amigos. Llorar de alegría y felicidad a partes iguales. Saber que los domingos, da igual lo que pase, ya tienes plan. Seguramente en todo ello haya pensado la alcaldesa cuando anuncia que su idea es que el uso del estadio continúe siendo “con cesión gratuita”: “El convenio se firmará cuando ellos quieran”."                 (Rubén Rozas, El Plural, 17/05/24)

4/10/23

"Todo o que ocorreu coas '15' na selección española pasou antes no Deportivo"... La segunda entrenadora de Miguel Llorente, Ana González, rompe su silencio... "Tenía miedo de salir a la calle"

 "La protagonista de esta historia tenía 26 años cuando todo ocurrió. Hoy, con 28, ha conseguido reunir la "fuerza" para hablar. Ana González fue, durante la temporada 2021/2022, la segunda entrenadora de Miguel Llorente, el técnico que dirigió al Dépor Abanca y que provocó un terremoto en el club: un motín, una denuncia anónima, una investigación, una baja por ansiedad y una resolución exonerando al técnico.

Según testimonios a los que Relevo ha tenido acceso, el equipo femenino del club vivió durante esa temporada actitudes intimidatorias por parte de Llorente, que influyeron negativamente en el ambiente y provocaron que varias jugadoras manifestaran su deseo de abandonar el equipo. Su conducta también afectó a Ana, su segunda entrenadora, contratada "a media jornada", que acabó dejando su puesto de trabajo y su vinculación con el mundo del fútbol, tras meses de ayuda psicológica. Dos temporadas después, rompe su silencio en Relevo.

Nunca habías hablado públicamente, ¿por qué ahora?

No, nunca hablé públicamente. Creo que es el momento, creo que de alguna manera he renacido. Creo que se escuchó su historia, se escuchó lo que él quería decir, que es totalmente lícito, pero me toca a mí y me veo fuerte para hacerlo. Me toca. Tenía que hacerme fuerte para poder contar mi historia. Y a partir de aquí que la gente juzgue y conozca ambas versiones.

Vayamos al principio: ¿Cuándo empezaste a jugar al fútbol?

Empecé a jugar al fútbol con ocho años en un equipo de mi pueblo, en Redondela. Querían juntar a un grupo de chicas para un equipo femenino. Y así empezó todo. En mi pueblo. Primero de jugadora y acabé siendo portera. Iker Casillas era en el que más me fijaba. Tener referentes femeninos era imposible.

¿Y cómo llegas al fútbol profesional?

Me vine a estudiar a A Coruña. El primer año viajaba a Vigo con mi equipo, pero entrenaba a un equipo, el Orzán. En 2016, cuando se creó el Dépor Abanca, me llamaron para iniciar ese proyecto y fue donde me adentré de manera profesional. (...) Al tercer año, cuando el Dépor ascendió a Primera, yo era muy mayor. Tenía 23 años y no podía tener ficha del B. Entonces, me dijeron que tenía que decidir si acabar la carrera o marcharme fuera de Galicia y encontrar un equipo profesional. A mí me dolía todo, me dolía la muñeca, me dolía la espalda y decidí continuar por otro lado. El que era el segundo entrenador en el primer equipo, me dijo: "Oye, tengo un sitio para ti en el Orzán. Vente y enseña a las niñas, porque creo que vales". Y empecé a entrenar al equipo senior. 

 ¿Cómo vuelves al Dépor y cuál fue tu primera impresión de Miguel Llorente?

Me llegó por sorpresa la destitución de Manu Sánchez y Pablo Pereiro y me llegó por sorpresa una oferta de trabajo del Dépor para, en principio, ocupar un puesto, y después para ser segunda.

La primera impresión no fue hasta que llegamos a Abegondo. Nos reunieron a todos, vino David Villasuso (director general del club) y nos dijo: "Este es el primer entrenador". Yo la única referencia que tenía de él es lo que había leído los días anteriores sobre su currículum, dónde había estado, qué había hecho. Y fue allí, en el primer día de entrenamiento, cuando lo conocí. Vino con la que ahora es su mujer y poco más, o sea, una persona que venía a trabajar y punto.

¿Cuándo empiezas a pensar que algo no va bien?

No lo vi directamente hacia mí. Lo vi a través de mis compañeras y de las jugadoras. Con nosotros al principio era un tiento, pero lo veía con las jugadoras. Tenía actitudes que a mí no me gustaban. (...) Hacía referencia de forma despectiva a la discapacidad de Eva, que tiene un problema auditivo, y él siempre decía que cuando él hablaba, ella no le entendía porque era sorda, que estaba muy mimada… Alguna vez se metía con el peso de las jugadoras. A veces se lo decía directamente: "Estáis comiendo muchas veces fuera, que lo veo en redes sociales".

¿En qué cambió tu vida por trabajar con Llorente?

Hubo dos fases. Una primera fase donde me callaba todo, donde pensaba: "El trabajo es el trabajo y te encuentras a gente buena y a gente mala". Y una segunda fase donde llegó un momento que lo cogí a un lado y le dije: "Oye, esto no me parece normal, esto no es normal". Me di cuenta de que la situación laboral en la que estaba no era óptima, no era correcta. Me afectó en que, por ejemplo, veo mucho menos fútbol. Evito mirar fútbol, evito mirar redes sociales de cosas relacionadas con fútbol. He cortado lazos con el fútbol. No he vuelto a ningún otro campo. Notaba que no solo yo era segunda y él entrenador, yo era como un becario que tenía que adorarlo. Me cambió mi vida. Dejé de ir al gimnasio, dejé de quedar con gente, mi vida era casa y trabajo. Poco veía a la familia. Te metía miedo, miedo por todo. Estábamos finalizando la pandemia y me decía: "Es que te vas a contagiar, es que ten cuidado, es que deberías estar trabajando, deberías estar atenta del móvil". Es que yo el móvil creo que nunca lo tuve sin batería y si lo tenía sin batería era una ansiedad. Igual iba a tomar un café y yo llevaba mi portátil, mi tablet y el móvil por si acaso él necesitaba algo. Perdí todo.

 ¿Qué pasaba si tú no respondías al teléfono?

Pues alguna vez me lo recriminó. Más de una vez. Que tenía que estar atenta, que era mi trabajo y que tenía que estar disponible. Yo sentía que lo que tenía que hacer era normal. Decía: "Esto es trabajo. Esto es fútbol". Pero llegó un momento en el que me afectó a la salud. Dormía pocas horas, casi no comía o comía rápido… Yo le decía: "No sé ser segunda entrenadora, dime qué tengo que hacer". Yo estaba dispuesta a aprender, a todo.

Yo pensé que el problema era mío y pedí ayuda psicológica para que mejorara mi relación laboral. En la primera sesión dije: "Quiero mejorar mi relación laboral porque la culpa es mía, si yo no estoy cómoda, algo malo estaré haciendo yo".

Recuerdo que una vez terminé un vídeo a las doce de la noche y le pedí disculpas. Le dije: "Llorente, lo siento, te envío esto a estas horas de la noche porque acabo de terminar". Creo que ese día, me tomé el privilegio de salir a dar un paseo con mi pareja. Y me arrepentí. Es que tú tomabas una decisión y después te arrepentías porque sabías que había consecuencias. Me dijo que no era normal que le enviara cosas a esas horas, que él no tenía por qué estar disponible, que él tenía más vida. Al día siguiente, en el vestuario, me echó una bronca delante de todos mis compañeros, que eso no se hace, que él tuvo que ver el vídeo en un momento, que nosotros tenemos que dar una calidad perfecta, estar siempre ahí, al mínimo detalle. Si yo le enviaba un vídeo y él me contestaba a las dos de la madrugada porque estaba dando un paseo, yo en esas horas al principio me iba a dar una vuelta, pero después no me iba a dar una vuelta. Me quedaba en casa esperando a que él me dijera si el vídeo estaba bien, si estaba mal.

¿Se metía en tu vida privada?

Muchas veces. Por ejemplo, me encantaba ir al gimnasio. Entonces, él me decía que si iba al gimnasio con FFP2, que tuviera mucho cuidado, que no vaya a ser que cogiera el covid y tuviera que estar de baja, que cuándo le iba a devolver esos días a la empresa. Eso era una constante. Si quedaba con alguien, me decía que tenía que quedar fuera, en una terraza, por si acaso cogía el covid y que cómo le devolvía los días a la empresa. Si en navidades iba a comer con mi familia… Que tuviera mucho cuidado, que no cogiera el covid porque cuándo le devolvía esos días a la empresa. Y se metía en mi vida privada, en lo que hacía y lo que dejaba de hacer.

 También hacía lo mismo con las jugadoras. Se metía en las redes sociales para controlar con quién estaban y por dónde estaban y lo que hacían. Y muchas veces hacía capturas de pantalla de las redes sociales de las jugadoras y las enviaba al chat del cuerpo técnico y hacía comentarios de "igual estas dos están juntas" o "ésta engordó muchísimo". Y hacía comentarios sobre las parejas de alguna de las jugadoras, que "estaban muy buenas", que si "qué tetas más grandes tiene", "yo le daba"… Hacía referencias hacia el cuerpo de las jugadoras y hacia mi propio cuerpo. Él muchas veces entraba en el vestuario. Ellas tenían un carrito con toda la ropa. Entonces, él veía la ropa interior. Y él entraba y decía: "¡Eh! Estos tangas, no sé qué... Este tanga debe de ser de...". También hacía comentarios sobre una jugadora que era de Nigeria, comentarios racistas sobre su cultura, su personalidad, su forma de ser. Muchas veces tenía conductas agresivas hacia las jugadoras y parte del cuerpo técnico, me incluyo, muchas veces.

 También hacía comentarios sobre mi dislexia. Yo a la hora de expresarme soy un poco errática y cuando daba el análisis del equipo rival igual escribía unas letras y estaban cambiadas. Me cuesta medir bien las distancias, entonces si yo colocaba unos conos, él venía y los cambiaba. Y era como: "Joder, tienes que estar atenta. Te dije que eran cinco metros". Yo le decía: "Lo siento, es que no soy capaz de medir cinco metros". Hay palabras que las pronuncio mal, entonces las evitaba. Porque él soltaba una carcajada y yo me sentía mal porque sufrí mucho en el colegio por culpa de la dislexia. Yo le decía: "Mira, Llorente, yo tengo dislexia, esto es lo que ocurre. No es algo que pueda controlar". Él me respondía que él no sabía lo que era eso.

¿Cómo te afectó emocionalmente?

Yo tenía ataques de ansiedad porque no dormía, no descansaba. Yo estaba hasta las 04:00 trabajando, dormía y dejaba el ordenador encendido con una alarma para despertarme. Era una ansiedad constante por estar disponible, por estar 24 horas.

¿Cuándo te diste cuenta de que no era solo tu responsabilidad?

Hablé con una compañera del club que me dijo: "A mí también me está pasando". Se me encendió la luz. Empecé a contactar con el coordinador, con el que tenía buena relación, con el entrenador del B, que había sido mi entrenador, y empezamos a unir todos los lazos: "Oye, a mí me pasó esto con él", "a mí me pasó esto"... Te empieza a llegar información y dices: "No es culpa mía. Es este señor". Y las jugadoras empezaban a hablar entre ellas, pasabas por ahí y lo veías, muchas veces lloraban después de los partidos. El ambiente no era el que tenía que ser.

¿Cómo definirías ese ambiente?

Tenso. Constantemente, había tensión en el ambiente. Era una tensión constante por no cometer un error, no decir una palabra que estuviera mal dicha y sobre todo, el estar ahí permanentemente. 

 ¿Era habitual que las jugadoras lloraran?

Empezó a ser habitual a partir de enero o febrero. Es verdad que los resultados no acompañaban. Pero no era porque tuviéramos malas jugadoras. Teníamos un perfil muy bueno, que competían muy bien. Pero necesitan una base, un entorno que les ayude a competir bien.

La actitud de él era de superioridad, de alguna manera, intentaba que el grupo de jugadoras no se rebelase. Entonces, te hacía sentir inferior con sus comentarios. Un pequeño comentario: "Oye, no comas tanto". Con pequeños comentarios y pequeñas actitudes te hacía sentir cada vez peor, que no valías para estar allí, que mejor que te dedicases a otra cosa.

¿Te contactaron alguna vez para explicarte su situación y decirte que querían dejar el fútbol?

Sí, hubo en concreto dos jugadoras. Ale Serrano y la portera Ana Vallés, que lo dejó justo el año que finalizó el contrato.

¿Forzaba a jugadoras que no estaban bien físicamente a jugar?

Sí, a muchas, muchas. Por ejemplo, en un encuentro ante el Racing, que fue mi último partido, hubo varias jugadoras vendadas en la zona del muslo porque tenían microroturas musculares o rotura muscular y tenían que forzar porque él no confiaba en otra gente que no fueran ellas.

 ¿Cómo recuerdas ese año?

El año más duro emocionalmente para mí. Por un momento, dejé de ser persona. Dejé de pensar en mí, en lo que yo sentía, para centrarme en eso. Es como una relación tóxica que todo tu alrededor te dice que no está bien y tú dices: "No, bueno, ya cambiará, ya irá a mejor". Y te das cuenta de que no, que tú cada vez estás peor por dentro y lo de fuera tampoco mejora. Empecé con mucha ilusión. Era el trabajo de mi vida. Lo seguiré diciendo, y quien tenga amor por algo, sabe que es un amor incondicional. Y eso es lo que yo siento por el fútbol, un amor incondicional que por mucho daño que te haga, siempre lo vas a seguir queriendo. Ese era el trabajo de mi vida, el sueño de mi vida y se me jodió, se me jodió (se emociona). Dije: "Si esto es vivir del fútbol como entrenadora, no lo quiero. Si yo no puedo proteger a las jugadoras, si yo no puedo cambiar el deporte o cómo tratan a las jugadoras, yo no quiero estar ahí. Porque es una mierda, es una mierda cómo se trata a las jugadoras. El número que llevas detrás es el que te representa. El resto les da igual si estudias o no estudias, si te va bien, o te va mal. Tenía claro que si en algún momento llegaba a adquirir el rol dentro de un staff, estaba segura de que lo que me habían hecho a mí no les iba a pasar a ellas. Y pasó.

¿Cómo viviste el darte cuenta de que cambiar eso estaba por encima de ti?

Yo ya lo sabía. Cuando entré, dije: "Yo aquí voy a tener que pelear para hacerme un sitio, no sólo para cambiar la estructura, sino para que una mujer esté dentro. Yo aquí voy a tener que pelear mucho para hacer ver mi validez como segunda entrenadora". Yo ya lo sabía desde un inicio. Mi experiencia era poca, mi currículum era bueno, pero yo sabía que tenía que darlo todo. Lo que no sabía era que darlo todo suponía quedarme igual que como estaba.

¿Llorente te hacía comentarios sobre tu preparación?

Sí, con que yo tenía menos nivel de entrenador que él. Y yo le decía todo el rato: "Yo tengo el mismo nivel que tú. Tú tienes un nivel académico y yo tengo un nivel académico, tenemos el mismo nivel". Y ese comentario se repetía muchas veces. "Ah no, tú tienes un nivel dos". "No, yo tengo un nivel tres, aparte de que tengo una carrera, aparte de que tengo un posgrado, aparte de que voy a querer seguir estudiando". Yo pensaba: "O lo haces aposta o no quieres que yo a nivel curricular sea mejor que tú". No lo entendía. (...) El otro día recordé algo que mi mente había evitado. Y fue cuando Miguel Llorente me gritó delante de las jugadoras, que se quedaron pálidas. Me gritó de una forma desmedida. Creo que yo hacía los cambios de peto y creo que en ese momento no lo hice bien y me gritó de una forma que ellas se quedaron pálidas, pálidas. Acabó el entrenamiento y le dije que eso no se hacía, que si tenía algo que decirme lo hiciera en privado, que no me volviera a hacer eso. Me costó la vida entera, pero se lo dije. Pensé: "O le paras los pies o te agarra el brazo". No me pidió disculpas. Me dijo: "Bueno, mujer, tenemos que darle lo mejor a las jugadoras. A veces te tengo que apretar un poquito". 

 ¿Cómo fueron los días previos a tomar la decisión de marcharte?

Me armé de todo. Recuerdo que me puse enferma, fui con fiebre a trabajar, estaba con amigdalitis. Fui a trabajar, vi que mi salud mental y física estaban empeorando y dije: "Hasta aquí hemos llegado. Mi cuerpo me está dando señales de que pare ya". Y así fue. Hablé con el coordinador y le dije: "Aitor, que me voy". Qué feliz me sentía. Me había sacado kilos de encima, había adelgazado. Sabía la que me venía encima. Había tomado la decisión, pero yo misma quise controlar cómo me iba a ir. Lo tenía muy decidido. Y antes de irme voy a hacer las cosas bien, lo mejor posible para que cuando me vaya nadie tenga nada que decirme. Y así fue. Desde el principio yo tenía claro que el primero que tenía que saber que yo me iba era Llorente. Le dije que me iba porque nuestra relación era mala, porque su actitud hacia mí no era la correcta y a mí no me estaba gustando. Le fui muy clara. Me pidió que me quedara. El siguiente paso era hablar con el club. Mi intención era decirle por qué me iba. Contacté con Villasuso (director general) por correo y me dijo que no podía. Me encontré a Rocío Candal (directora deportiva), hablé con ella, le conté la situación, que yo sé que ella lo sabía previamente. Ya estaba avisada de cómo era Llorente. Entre una cosa y la otra, hasta el martes no tuvimos la reunión. Les conté todo lo que había sucedido, todo lo que me pasaba a mí y cuál era el motivo de que yo me fuera. Les dije: "Esto es lo que hay, haced lo que vosotros creáis. Pero ojo cuidado, lo que tenéis aquí". Se abrió una investigación, no por esa reunión, sino por un correo que llega al canal ético. [El club inició el protocolo para esclarecer lo sucedido tras la llegada, esa misma noche, de un correo anónimo al Canal Ético, la herramienta habilitada por el Dépor para denunciar este tipo de situaciones].

¿Crees que el club actuó debidamente?

Yo era igual que una jugadora con un número a la espalda y había que apagar ese fuego, así lo sentí. Sentí que estaba obligada por mí y por las jugadoras a decirles lo que estaba pasando, pero sabía que pocas decisiones iban a tomar. Creo que el club no actuó de la forma que debía por la gravedad del asunto, que se vio obligado a actuar, no porque yo me iba, sino por la carta que llegó al canal ético. Pienso que lo que hizo el club fue protegerse a sí mismo y hacer como que allí no había pasado nada. Pero es verdad que al llegar la carta al canal ético tuvieron que intervenir. Pero estoy segurísima de que si no hubiera llegado la carta no se hubieran tomado medidas.

 ¿Cómo recibiste el resultado de la investigación?

Yo fui a la reunión sabiendo que quizás lo que decía no llegaba a puerto. Es decir, yo iba a leer lo mío y yo sólo me quería marchar y contar mi historia, contar lo que había sucedido y lo que había pasado. Ya sabía qué iba a pasar. Yo decía: "Podemos tener todas las pruebas del mundo que esto no va a llegar a buen puerto". A mí me iba llegando información de cómo se estaban haciendo las reuniones, a quién se reunía, con quién se hablaba y a mí no me daba buena sensación. Yo ya sabía que aquello no iba a llegar a buen puerto y cuando salió la resolución, que me llegó por el comunicado del club vía redes sociales, nadie me dijo nada. Me reí. Porque el comunicado decía: "No pasa nada, todo está bien, pero te llamo la atención".

¿Crees que Miguel Llorente representaba los valores del club?

Miguel Llorente desconocía los valores del club. El Dépor es muy grande. El Dépor es grande y suena a tópico porque se escucha mucho, pero el club es grande por los aficionados que tiene, por todo lo que le rodea, por su historia. No es un club cualquiera y los que están dentro, muchos de ellos, lo tratan como un club cualquiera y no lo es. Mueve mucha gente. La pasión por el fútbol que a mí me hace llorar es esa pasión que siente la gente por el club, que les hace llorar. Y lo están jodiendo. Lo están perjudicando.

¿Cómo fueron los días posteriores? 

Por miedo, por ansiedad, por angustia, me encerré en mi casa durante dos meses. Estuve dos meses en casa, tenía ataques de ansiedad varias veces al día. Mi día era dormir, levantarme y ponerme la tele. Tenía que tener todas las persianas bajadas hasta abajo del todo para que la gente no me viera desde la calle. No podía coger el coche, no podía ir al supermercado. Tenía miedo de salir de casa. Si salía, tenía que salir con alguien. Tenía miedo de que él viniera y me recriminara todo lo que estaba sucediendo. Sobre todo, que me recriminara que le había jodido la vida. Esa fue la sensación, la sensación de que nadie se había creído mi historia, que simplemente era una niña, que había tenido una oportunidad y que tenía que quedarme con eso, que mucha suerte había tenido de estar allí. Y esa fue la sensación.

 ¿Alguna vez, después de aquella reunión, hablaste con el club? 

Después de la reunión recibí varias llamadas de David Villasuso. Alguna en la que me recriminaba el motín de las jugadoras, que yo lo había provocado, que eso no era en lo que habíamos quedado, que no le dejé actuar, que no le había dado tiempo, que si sabía algo de la carta, que si había sido yo. Esas fueron las llamadas. La última fue para ir a testificar a la ciudad deportiva, pero me negué. Evidentemente, para mí yo era la víctima y aquel era mi agresor. Yo no quería ir donde él estaba. A partir de ahí no recibí más respuesta del club, ni una llamada, ni una carta.

¿Hasta hoy? 

Hasta hoy."               (Marta Caparrós, Relevo, 03/10/23)

 

"A principios do mes de xullo de 2022, Bibiana Santiso, tradutora, intérprete e formadora que traballaba desde había anos de maneira externa para o Real Club Deportivo, recibe un correo electrónico do director xeral do club, David Villasuso, onde lle advirten de que non contarán máis cos seus servizos. 

Só unhas semanas antes, Santiso cargara nas súas redes sociais contra o daquela adestrador do equipo feminino do club, Miguel Llorente, que viña de ser restituído no cargo tras ser apartado temporalmente e investigado por unha denuncia anónima na canle que o club abrira para advertir de "incumprimentos ou posibles incumprimentos" do seu código ético. Antes, Bibiana xa informara ao club da grave situación que estaba acontecendo polo trato do técnico con algunhas futbolistas. 

Aquelas denuncias, que se vincularon principalmente co racismo sufrido por unha xogadora e algún comentario e comportamento pouco apropiado, tiñan moito máis de fondo. "Calquera sabe que por soltar uns tacos non pasa o que pasou", explica Santiso, ex-futbolista, traballadora daquela do club, intérprete e portavoz d'A Terra, o balón mais elas, asociación que pula pola visibilización de mulleres e nenas dentro do fútbol e pola "eliminación de todo tipo de barreiras e obstáculos", que recolle denuncias sobre discriminación. 

"Todo o que pasou coas 15 na selección española pasou antes no Deportivo", explica Santiso para deitar luz sobre unha revolta interna contra o adestrador que acabou sendo case totalmente silenciada, que agromou algo con aquela denuncia anónima vía mail, que tivo demasiadas consecuencias e a restitución do técnico sinalado como resolución. Mesmo houbo un escrito denunciando a gravidade dunha situación que "sabían de sobra dentro do club". Nunca saíu á luz.

Aquel anuncio da apertura dun expediente ao técnico do Deportivo na tempada 2021-22 chegara pouco despois da dimisión e da denuncia da súa segunda adestradora, Ana González, unha moza de 26 anos entón que, dous anos despois, vén de conceder unha entrevista en Relevo. Nela denuncia a dura situación persoal vivida pola súa relación laboral con Llorente, un día despois de que o mesmo medio debullase nunha reportaxe o "motín do Depor contra o seu adestrador" e algún detalle sobre o acontecido, segundo a súa versión, naquel vestiario. Varias integrantes terían advertido ao club de abuso de poder, burlas, comentarios racistas ou sexistas do técnico e das consecuencias en forma de "medo", "ansiedade" e bágoas constantes entre varias mulleres.

"Foi durísimo, moi complicado ter que xestionar todo aquilo", revive agora, dous anos despois, Santiso, testemuña de moito do ocorrido polo seu labor no club e, nomeadamente, como intérprete de Charity Adule, xogadora nixeriana que, segundo di, sufriu racismo. Bibiana asegura ter sido testemuña de comentarios como "todos os negros son iguais, non se queren integrar", por parte de Llorente.

Respecto de por que os detalles daquilo saen agora, dous anos despois, Bibiana Santiso di que "as entende a elas porque se sentían moi vulnerables". "Leva tempo procesar que estás sendo vítima, máis aínda cando estás nun club como o Deportivo, exposta publicamente, sabendo que todo o mundo vai opinar. Sénteste moi soa porque é como loitar contra un xigante", explica, en referencia sobre todo a Ana González, que na entrevista en Relevo debulla un inferno. "Notaba que eu só era a segunda e el o adestrador, como unha bolseira que tiña que adoralo. (...) Cambioume a vida, tiña medo de saír á rúa", di. 

"Era o traballo da miña vida, o soño da miña vida e fodeuse, fodeuse", di emocionada nun vídeo. "Dixen: se isto é vivir de fútbol como adestradora, non o quero. Se eu non podo protexer as xogadoras, se non podo cambiar o deporte ou como tratan as xogadoras, non quero estar aí. Porque é unha merda, é unha merda como se trata as xogadoras (...). Estaba seguro de que o que me fixeran pasar a min non lles ía pasar a elas. E pasou". reflexiona quen dixo que foi o ano "máis duro" da súa vida. "Por un momento, deixei de ser persoa", conta quen fala do "medo, a ansiedade e angustia" que lle provocou o temor a que Llorente "viñese" e lle "recriminase" todo o que sucedeu.

Porque o adestrador sinalouna a ela en rolda de prensa logo de ser restituído no cargo e despois de que o Deportivo concluíse que non se producira "ningunha actuación irregular nin sancionable". "O que fixo, baixo o meu punto de vista, é desmedido e desmesurado. (...) Como se pode facer tanto dano a unha persoa; pasei dúas semanas moi malas. (...) Non merezo isto", dixera Llorente en rolda de prensa. "Fíxose a vítima e saíu como se tal cousa, dando por riba leccións", lembra Santiso, que tamén tivo algún problema con el e escoitou de primeira man varias denuncias de xogadoras e membros do equipo.

Segundo contan as damnificadas en Relevo —e din outras fontes—, o adestrador actuaba de forma despectiva e agresiva, intentaba ridiculizar a futbolistas... "Tanto me ten que sexa xorda, é unha mimada", disque dixo respecto de Eva Dios, xogadora con problemas auditivos. Alba Merino, a daquela capitá, asegura no mesmo medio que moitas compañeiras víronse "afectadas psicoloxicamente", "choraban de ansiedade" e pediron deixar o Deportivo. Varias perderon as ganas por adestrar e xogar. 

A finais de marzo de 2022, todo estoupou. Días despois de que Ana González abandonase o club e explicase todo o que sufrira. O Deportivo ofreceulle seguir na entidade, pero no filial. As xogadoras rebeláronse e negáronse a adestrar con Llorente tras coñecer por boca da capitá as denuncias da súa segunda adestradora. O club, segundo o relato de Alba Merino e doutras fontes, non as apoiou de todo e non foi nada contundente, todo o contrario. Noutra información de Relevo, a capitá explica que a entidade intentou que a crise non transcendese e acúsaa de reprendar as futbolistas que se rebelaran.

A carta na que explicaban a súa decisión de pedir a marcha do adestrador estaba lista pero non chegou a facerse pública nunca. En cambio, ao club chegou un correo anónimo denunciando comentarios despectivos, faltas de respecto, presións para que futbolistas xogasen lesionadas... Entre outras cousas. O Deportivo abriu a investigación e acabou reincorporando o adestrador. 

A decepción cos responsables daquela do club é evidente. Pola súa feble actuación ante as denuncias de varias xogadoras que ían chegando aos poucos. Ningún daqueles dirixentes queda xa no Deportivo. O último, e máis sinalado, o que era director xeral, David Villasuso, acaba de regresar a Abanca, propietario e máximo accionista da entidade. 

Durante a investigación, levada a cabo por unha avogada e unha analista de Abanca, Santiso foi unha das entrevistadas. A intérprete denuncia que as investigadoras non tiveron nun principio en conta parte do seu testemuño. Contoulles que Llorente a agarrou do brazo obrigándoa a manter unha conversa con el contra a súa vontade, diante de máis persoas do club, pero ese relato non aparecía na transcrición da súa declaración. Esixiu que se incluíse no escrito antes de firmala e así o fixeron finalmente. 

Este martes, logo do impacto mediático do descrito en Relevo, o Deportivo emitiu un comunicado no que aclara que o asunto "foi resolto hai dúas temporadas" e que "na actualidade xa non seguen no organigrama do club ningunha das persoas vinculadas ao mesmo". "No seu día as persoas responsables seguiron todos os protocolos de compliance que estaban establecidos nese momento, contando nese proceso con profesionais independentes", engade.

Ademais, e "máis aló da resolución tomada naquel momento", o Deportivo di "lamentar profundamente que calquera persoa puidese sentirse tratada de forma inadecuada" no club. Nun breve comunicado, engade que censura "de forma contundente" calquera "actitude que non responda os valores de respecto e igualdade que debe representar o fútbol". 

"As mulleres do Real Club Deportivo velaron moito máis pola imaxe do club que o club por elas", lembra agora sobre o acontecido Santiso, que cre que algúns dos responsables que Abanca puxo no Dépor "ensuciaron" moito do que convertera a entidade nun referente no fútbol feminino: pola súa aposta decidida, polas boas condicións para as xogadoras e polos seus resultados (tres das recentes campioas do mundo con España formaron parte do club non hai demasiado). 

O caso é coñecido con máis detalle, pero foi tamén agochado durante moitos meses. Ata que saíu á luz agora, pouco despois de toda a polémica xurdida arredor da selección española, precedida da rebelión das 15 futbolistas que pediran xa cambios na estrutura da Federación Española antes do Mundial e do posterior motín, tamén, das campioas do mundo tras o bico non consentido de Rubiales a Jenni Hermoso. 

"Pode que saber isto agora tamén sirva para que moita xente abra as ollos sobre o que ocorre", di Santiso, que deixa unha reflexión: "No fútbol feminino faise todo internamente, pero como a maioría dos dirixentes son homes, é como dar contra un muro; nin os clubs nin as federacións están preparados para manexar estes temas". Así, advirte dun problema de "machismo estrutural" e da necesidade de que aumente a presenza feminina nas altas instancias do fútbol e do deporte e de que haxa un protocolo claro para arranxar estes problemas.  

"Se o fas pola canle interna, bloquéante, e se o fas publicamente, parece que todo ten que ser en grupo e unánime, como se o trato denigrante non puidese ser a unhas persoas ou como se fixese falta a unanimidade para ter razón", resume Santiso, que aínda hoxe se pregunta como aquilo que ocorreu no Deportivo puido acabar así: restituíndo no seu posto ao adestrador. "En serio?", pregúntase. "                 (Miguel Pardo, PrazaGal, 03/10/23)

10/5/23

In Memoriam... Arsenio Iglesias, el constructor de un sueño... El hijo pequeño de una familia numerosa y humilde, tanto, que el primer regalo de Reyes que recordaba fue una naranja, empezó a jugar al fútbol como empezaban antes los brasileños: descalzo con una pelota improvisada... Más o menos a la misma hora en que los restos de Arsenio Iglesias eran enterrados en el cementerio de Arteixo, escuché unas declaraciones del presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, en las que decía que los árbitros debieran proteger a los jugadores que daban espectáculo. Me vino a la cabeza otra frase del viejo entrenador: “Estoy harto de los ganadores natos”

 "“Hay un hombre en Riazor al que tratan como un cabrón / nadie se quiere acordar que fue él quien nos ascendió, nos salvó en la promoción y a la UEFA nos llevó / Tribuna menos criticar, dedicaros a animar / Arsenio tú nunca te irás, con los Blues siempre estarás / Este canto es para ti, venga todos a cantar: Arsenio quédate, Arsenio quédate, Arsenio quédate!"

(Canto de los Riazor Blues)

 “Arsenio Iglesias, el que fuera entrenador de Deportivo y Real Madrid, entre otros, ha fallecido en la mañana de este viernes a los 92 años”, reza el titular de un importante diario deportivo. Se puede no decir ninguna mentira y no contar nada verdadero, y este es un claro ejemplo. Es cierto que Arsenio Iglesias Pardo (Baiuca, Arteixo, Nochebuena de 1930) entrenó al equipo coruñés y al madrileño, pero eso es como decir –con perdón– que un austríaco apellidado Hitler participó tanto en la Primera Guerra Mundial como en la Segunda. A ningún entrenador lo han despedido cientos de personas haciendo cola durante la noche y bajo la lluvia para visitar la capilla ardiente, y miles arropando el coche fúnebre que lo llevó a su última residencia. Y muchos han ganado títulos muy importantes, en más de un equipo, algunos también se han hecho carne con su club, pero pocos como él han hecho realidad un sueño que permaneció incluso después de su retirada. Tampoco demasiados han logrado que su personalidad trascendiera –para bien– a su profesión, hasta el punto de ser querido no sólo por los seguidores de su equipo, sino por los de los rivales acérrimos. “Era el segundo abuelo de todos”, dijo alguien en Twitter.

 El hijo pequeño de una familia numerosa (numerosa de las de antes, nueve hijos) y humilde. Tanto, que el primer regalo de Reyes que recuerda fue una naranja. Empezó a jugar al fútbol como empezaban antes los brasileños: descalzo con una pelota improvisada. Después en el Penouqueira, llamado así por un monte de la zona cuyo nombre (viene a significar “peñascal”) ya da idea de las condiciones en las que se jugaba. El dribling endemoniado que tenía lo llevó al Bergantiños y antes de cumplir los 20 años ya estaba en el Fabril (el filial del Deportivo, con tanta historia que jamás se ha dejado llamar “Deportivo B”). Y en la temporada 1951-52 debutó en Primera con el Deportivo. Contra el Barcelona en Les Corts. El suyo fue el único gol que encajó en el partido Ramallets. Las crónicas dicen que el recién llegado fue a pedirle perdón al mítico portero. Él lo desmintió –“soy aldeano, pero no tonto”–, pero por ahí sigue rodando la especie.

 Arsenio le metía goles a Ramallets, pero seguía recorriendo todos los días en trolebús (el transporte público de la época en A Coruña) el trayecto entre Arteixo y la ciudad. O más exactamente, la Plaza de Pontevedra. Allí, además de la sede del Deportivo, estaba la frontera. La de la-Coruña-de-toda-la-vida. Incluso en aquellos años, en sus árboles colgaban los aperos los campesinos que venían de Arteixo, de las comarcas de Bergantiños y Soneira, a ofrecerse como hortelanos. Mentalmente –y físicamente no demasiadas veces– Arsenio nunca traspasó ese límite. Todo, desde sus amigos a sus inversiones inmobiliarias y negocios –entre ellos una librería–, estaba en esa zona “extramuros”. Los coruñeses del otro lado del istmo se lo reprocharon en varias ocasiones.

 Como a Luis Suárez, Amancio Amaro y en general a todos los que destacaban en el Deportivo –y no sólo en el Deportivo, claro–, al fino driblador le llegó la llamada de los grandes. Tenía una oferta del sempiterno agujero negro, el Real Madrid, pero se decidió por otro equipo blanco: el Sevilla, que entonces adiestraba Helenio Herrera. Aquella temporada, 57-58, jugó con el equipo andaluz la Copa de Europa. Al siguiente, sin Herrera, recaló en el Granada (el suyo fue el único tanto granadino en la final de la Copa contra el Barça) y después jugó en el Oviedo y en Albacete antes de cerrar su etapa de jugador, en 1966. Al año siguiente abrió la de entrenador en el equipo en el que prácticamente se había estrenado en su faceta anterior, el Fabril, y de ahí, como veinte años justos antes, al Deportivo. Lo subió a Primera División y lo mantuvo allí dos temporadas más. En 1973 inició otro peregrinaje: el Hércules, al que subió a Primera, y después erró por los banquillos del Zaragoza, Burgos, Elche y Almería.

Para él fue una vida de emigrante. Uno más. En los cinco años que jugó en el Deportivo y vivía en Arteixo no llegó a pisar una sala de cine, nunca entró en un casino (“entré una vez en uno en Montevideo, en los años 50, pero entré por una puerta y salí por otra”) y en Zaragoza la directiva llegó a llamarle la atención porque la pensión en la que vivía no era la adecuada al rango de entrenador del equipo de la ciudad. “No fui muy feliz en ese sentido, aunque profesionalmente las cosas no me podían ir mejor. Supongo que será el carácter, un poco quisquilloso. Yo sé lo que es vivir en una constante soledad, pero solo, solo”, me confesaba en una entrevista en 1993.

 La peregrinación acabó en 1982, cuando regresó al Deportivo. Estuvo tres años, y se fue. Quizá porque cuando los resultados o el juego no cumplían las expectativas, siempre altas, de la afición, había gritos en tribuna de “vuélvete a tu pueblo”, entre otros. Estaba en el Compostela cuando un presidente recién nombrado, con nombre y apellido de emperador, Augusto César (César es apellido) Lendoiro, lo fue a buscar para evitar el desastre: el equipo estaba a punto de bajar a Segunda B (donde está ahora, pese que al flamante nombre de 1ª RFEF). Arsenio lo salvó, esa temporada, lo condujo a semifinales de copa en la siguiente y en la tercera lo depositó en la División de Honor, como había hecho 20 años antes. Lo dejó allí y anunció que se retiraba. Se volvió a su pueblo, al que lo mandaban los de tribuna cada dos por tres.

La ausencia, y el retiro, no llegaron a durar ni una temporada. El entrenador con pedigrí que contentaba a los espectadores de puro habano, también con nombre de emperador, Marco Antonio Boronat, acercó al equipo a la sima de Segunda, y Lendoiro volvió a llamar a la puerta del pueblerino. El Dépor se salvó en el último partido. Entre los muchos espectadores que no las tenían todas consigo aquella tarde había dos brasileños. “Bebeto y yo ya teníamos un acuerdo con el Dépor, pero nos mirábamos incrédulos: si pierden ¿vamos a jugar en Segunda?”, me contó después Mauro Silva, el enorme jugador que hasta entonces nunca había metido un gol y después no sé si metió uno. Con Bebeto, que ya entonces era internacional, Mauro, los hermanos Fran y José Ramón González, un serbio al que no conocía nadie y vino regalado, Djukic, y unos segundos espadas sacados de aquí y de allá (el portero, Paco Liaño, que después fue Trofeo Zamora dos temporadas y comparte con Oblak el récord de portero menos goleado en una temporada, recibió la llamada cuando ya había decido retirarse) armó el que sería el Súper Dépor.

 La memoria es traidora. Nos asegura que Arsenio Iglesias fue el eterno entrenador del Deportivo. Y sí, lo condujo en 566 partidos oficiales, el récord del club (jugó con su camiseta 146 veces), pero la etapa del Súper Dépor (“tanto Súper y tanta hostia”, despotricó una vez que le empataron en los últimos minutos) fueron tres temporadas y media. La Champions como segunda residencia. La Copa del Rey conseguida contra el Real Madrid en su propio campo el año en que celebraba su centenario y el título de Liga tenían a otra persona al timón, Javier Irureta, pero para la memoria quedarán como triunfos de Arsenio. Como Juan el Bautista, él preparó el camino.

En aquella primera temporada, la 91-92, logró la permanencia. En la del 92-93, el Dépor fue líder varias veces y acabó tercero y clasificado para la UEFA. En la siguiente, se mantuvo en cabeza media liga, y en la última jornada, el título dependía del partido en casa contra el Valencia, que no se jugaba nada. Nada futbolístico. “Cuidado con la fiesta, que te la quitan de los fuciños, pero inmediatamente”, había advertido. Todos hemos visto aquel penalti que Djukic falló (yo hasta en Singapur, un año después) como todos intuimos qué iba a pasar en cuanto el serbio tomó aliento y carrerilla. No se ha contado tanto que miles de espectadores saltaron al campo a abrazar al desolado jugador, y que Arsenio (“yo ya venía llorado de casa”) dio una rueda de prensa en la que no echó los habituales balones fuera que se echan en estos casos, pidió perdón por desilusionar a todos los aficionados (“Nadie sabe lo que siento por esos neniños, cuando los veo por España adelante, descamisados, siempre detrás del equipo…”, había dicho de los Riazor Blues en una ocasión) y se fue, con toda la sala de prensa aplaudiéndole, puesta en pie.

 Quizás también el fútbol escriba derecho con renglones torcidos. En la temporada siguiente, de nuevo subcampeón, el Deportivo se jugaba ante el Valencia su primer título, la Copa del Rey, en el Bernabéu. Era junio de 1995. Estaban 1-1 en el minuto 79, cuando una tormenta qué llegó a inundar los vestuarios interrumpió el juego. En el primero de los 11 minutos restantes que se jugaron una semana después, Alfredo Santaelena, un jugador de estatura discreta, superaba de cabeza a Andoni Zubizarreta, la torre que defendía la portería valenciana. Todo el mundo asumió que aquel título, el primero del Deportivo (recientemente se ha descubierto que ganó otra Copa en 1912), era algo que el destino le debía a Arsenio Iglesias. El entrenador, quizá para curarse en salud, había declarado antes del partido: “La derrota es más humana”. Esta vez, sin embargo, les tocó a otros ser más humanos.

 E, igual que había hecho cuando devolvió al equipo a Primera, ganó el título y se fue. Había tenido roces con algunos jugadores, y sobre todo con el presidente Lendoiro, que no se recataba en anunciar que había fichado para su puesto a John Benjamin Toshack. Se fue de Riazor solo, sin más compañía que la de su amigo O Navallas, su compañero de mili y chófer del Deportivo. De nuevo no fue cierto. El Real Madrid había despedido a Valdano a media temporada 95-96, y requirió al entrenador de moda. El Arsenio que actuaba como un padre de los jugadores, vigilando hasta la cantidad de vino que tomaban, se encontró con un vestuario de divos a los que nada les decía un viejo con acento gallego. Raúl González, cuando todavía era un imberbe, le montó una trifulca en público cuando lo sustituyó. En un viaje a Zaragoza, el bus hizo una parada no prevista en una gasolinera, y el utillero bajó apresurado y volvió con bolsas de hielo. “No se habrá lastimado alguno…”, le preguntó inquieto Arsenio a su segundo Mariano García Remón. El segundo subió al piso de arriba del bus y comprobó que el hielo era para enfriar, pero no ningún músculo dolorido. De la misma forma, la prensa madrileña se cebó en él de una forma que, en algunos casos, hoy sería delito de odio. Después de un calvario de 19 partidos, Arsenio Iglesias volvió a casa. Esta vez de verdad. Únicamente se puso el chándal de nuevo para dirigir, en compañía de Fernando Vázquez, a la selección gallega en varios partidos entre 2005 y 2008.

Más o menos a la misma hora en que los restos de Arsenio Iglesias eran enterrados en el cementerio de Arteixo, escuché unas declaraciones del presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, en las que decía que los árbitros debieran proteger a los jugadores que daban espectáculo. Me vino a la cabeza otra frase del viejo entrenador: “Estoy harto de los ganadores natos”.                 (Xosé Manuel Pereiro  , CTXT, 9/05/2023)

21/4/23

La parábola de Lucas Pérez, el chico de barrio que volvió a casa para rescatar al Dépor El jugador tomó una decisión insólita: dejar a su club de Primera, el Cádiz, para jugar dos categorías por debajo con el equipo de su ciudad. Renunció a un contrato millonario. Su reto es devolverlo a la máxima categoría. A Coruña lo idolatra

 "Un joven de poco más de 30 años acerca la cara al portal de un edificio de viviendas de barrio. Viste ropa deportiva y lleva un corte de pelo degradado con la raya al lado a machete. Con las manos en las sienes hace pantalla para tratar de ver el interior. Al momento llega una señora, llave en mano y, sin mediar saludo, le habla como si fuera familia: “Lucas, bienvenido a casa otra vez, nuestra casa. Estamos felices, sobre todo los que te conocemos desde que eras un bebé”. Lucas Pérez incorpora la mirada como un niño al que han sorprendido espiando a sus vecinos, ajeno al hecho de que, probablemente, hoy es el hombre más famoso de la ciudad. Sonríe y sigue paseando por el lugar donde creció. “Qué recuerdos”, casi suspira mientras le echa otro vistazo al portal. “Aquí no nos dejaban jugar con el balón. Enseguida bajaba algún vecino y nos regañaba”.

Monelos es un barrio obrero de A Coruña cuya espina dorsal está formada por una hilera de ocho edificios de 14 pisos conocidos como las torres de los marineros. Allí se criaron miles de niños nacidos en los años setenta y ochenta, en un escenario prototípico de la época: bloques simétricos, enjambres de chavales jugando al fútbol en soportales y descampados y una animada vida social en los bares y comercios. Y, también, mucha droga en el ambiente: “Esta plaza antes tenía efectos especiales”, dice Pérez al pasar por un lugar hoy totalmente cambiado. Un supermercado con aparcamiento, un centro cívico y una biblioteca ocupan el solar donde aparcaba el bus de la metadona, que él recuerda ver mientras jugaba con sus amigos. En vez de un pedregal con charcos eternos, hoy se levanta un parque infantil con suelo de goma. Por ningún lado asoman porterías improvisadas ni hordas de niños corriendo tras un balón, tal y como sucedía en aquellos tempranos años noventa. El que más corría, el que más gritaba, el que más quería la pelota era el mismo que hoy va saludando aquí y allá. O Neno de Monelos.

Lucas Pérez (A Coruña, 34 años) soñaba con ser futbolista del equipo de su ciudad, el de la camiseta de rayas blancas y azules que solía llevar desde pequeño. El Deportivo, un equipo con larga y sinuosa historia, vivía por entonces su época de mayor gloria: era un habitual de las competiciones europeas; en 1995 ganó su primera Copa del Rey y su primera Supercopa, y en el año 2000 se convirtió en el noveno campeón de Liga —y último hasta hoy— de la historia. Aquellos hitos los vivió el Lucas niño en la grada de Riazor, el estadio del Dépor. Como si fuera una película, una parábola de superación, él logró saltar de la tribuna al césped. Elegido entre un millón, el chaval de Monelos alcanzó el fútbol profesional. Aunque para ello tuvo que vencer las tribulaciones familiares no elegidas, y luego conocer los caminos más oscuros del deporte, pistolas y sobres de dinero mediante (el presidente del club ucranio donde jugó negoció su salario con un arma sobre la mesa y pagaba a sus jugadores con fajos de billetes. Si consideraba que rendían menos, el fajo adelgazaba).

Deslumbró y jugó la Champions con un grande de la Liga inglesa —el Arsenal—, ganó títulos, regresó a España —pasó por el Alavés, el Elche y el Cádiz— y, con 34 años, goleando en la élite y en plena forma, tomó el pasado mes de diciembre una decisión impensable: dejó todo, ofertas millonarias y contratos de Primera División, para irse a cumplir un sueño: volver al Deportivo. Pero no a aquel que le cautivó en la edad de enamorar a un niño futbolero, sino a un Dépor que transita por el barro de la Primera Federación (tercera categoría) desde hace tres temporadas, resacoso de aquellos éxitos de hace dos décadas. “Yo no vengo a la tercera división, vengo al Deportivo”, dijo en su presentación a principios de enero. “Y vengo a ayudar”, repite a sus vecinos más de 20 años después, convertido en ídolo, en las calles del barrio donde creció.

“No podía imaginar que iba a tener tanta repercusión”. La noticia del regreso a casa de Lucas Pérez desató una tormenta de atención futbolística global, amplificada por una coincidencia suma en un deporte convertido hace tiempo en un negocio sin corazón: ocurrió la misma semana en que un club de Arabia Saudí anunció la llegada de Cristiano Ronaldo por una ficha de 200 millones de euros al año. El Deportivo tiene todavía una fila de medios internacionales aguardando para entrevistar al protagonista del cuento contra el fútbol moderno. Hace dos meses, Pérez estaba marcando goles en Primera División. Su equipo, el Cádiz, le acercó una oferta de ampliación de contrato por dos millones de euros netos. Pero el jugador lo rechazó y se reunió con el presidente del club gaditano, Manuel Vizcaíno, para hacerle un inusual ruego: “Deja que me vaya al Deportivo”. La petición llevaba implícito renunciar a (mucho) dinero, bajar dos categorías y, encima, poner medio millón del propio bolsillo del futbolista para ayudar a costear un fichaje inalcanzable para un equipo de Primera Federación, por más que tenga trofeos en las vitrinas y esté respaldado por Abanca, propietario actual del club coruñés. Vizcaíno terminó aceptando. “¿Cómo le voy a decir que no a un jugador que me pide volver a casa?”, explicaría después. Los propios hinchas del Cádiz, encantados con el rendimiento del delantero coruñés, comprendieron su deseo.

No lo entendía tanto su círculo más próximo: “¿Cómo vas a irte de Primera?”, le decía su representante e íntimo amigo, Loren, que trató de que entrara en razón: “Todavía te quedan unos años en Primera. Ya tendrás tiempo de ir al Dépor”. No hubo manera. “Aposté por volver”, cuenta Pérez sacando palabras de las entrañas. “Yo, cuando salgo de Riazor, me voy a mi sofá, pero al sofá de verdad de mi casa. En los otros lugares donde jugué me iba a un sofá, sí, pero no en el que yo crecí. Donde uno se cría es especial para toda la vida, es una esencia única”.

En realidad llevaba años queriendo regresar a casa. Hasta jugando en el Arsenal de Londres, la cumbre de su carrera, martilleaba la cabeza de su representante. “Se quería ir, se quería ir. Mi Dépor, mi Dépor, mi Dépor… Todo el día con eso. Siempre mi Dépor”, cuenta Loren. El 30 de diciembre jugó su último partido con el Cádiz. Y marcó el gol del empate. Al salir del vestuario se encontró al presidente. No se dijeron nada, solo se dieron un abrazo. Horas después estaba en A Coruña y era presentado a lo grande. Unas 7.000 personas —algunos dicen que varios miles más— se reunieron un día entre semana para recibir a O Neno de Monelos. Parecía una de aquellas puestas de largo de los jugadores brasileños que traía el histórico presidente Augusto César Lendoiro a Riazor y que también vivió in situ el propio Lucas de niño, hace ya un cuarto de siglo.

“Nos sentábamos a comer pipas y soñar con ser futbolistas”, dice Pérez mientras sigue paseando por Monelos. “Esa imagen, y no el dinero, era la que me rondaba para decidir si dejaba Primera División o no. Recordar aquello y pensar: ¿qué haría aquel niño de ocho años que soñaba con llegar a Primera si ahora le digo que lo abandona porque quiere? Tú hablas contigo mismo y te preguntas: querías marcarle goles al Barça y al Madrid, estar en la Selección. ¿Se consigue estando en Primera RFEF? No, claro que no, por eso me hizo dudar. Pero yo he renunciado a todo eso para estar en paz conmigo mismo. ¿Cuál es mi último reto? El de todos los deportivistas, pero en mi caso jugando en el campo: ascender y volver. La vida del futbolista es muy corta y todos queremos que nos recuerden. Si yo al retirarme consigo que el Dépor vuelva a Primera y que los niños en la calle me reconozcan por eso, entonces mi decisión ya queda ahí para toda la vida”.

Lucas acaba de ser padre por primera vez. Y cada mención hacia su hijo recién nacido remite a su propia vida, en la que hubo de tomar decisiones sin referencias adultas desde crío. Todo es comparación involuntaria con aquello que no tuvo. “Yo me crie con mis abuelos por parte de padre, que trabajaba en alta mar, embarcado en el Gran Sol. Por parte materna la familia era muy desestructurada, por culpa de la droga. Mi madre era drogadicta y me abandonó. Nunca más supe de ella. Solo se me presentó una vez, cuando yo ya estaba en el Dépor, pero para mí mi madre realmente fue mi abuela. Ella murió, como mi abuelo, cuando yo era adolescente”, cuenta Pérez, sin poder evitar que asomen las lágrimas.

Para entonces, aquel chaval con la competitividad en la mirada ya había iniciado un camino de trotamundos con el fútbol, cocinando a golpes una carrera fructífera y trufada de quiebres, igual que su propio fútbol. Aquel delantero zurdo y eléctrico que despuntaba en el club Victoria, un clásico coruñés, y más tarde en los juveniles del Arteixo, no llamó, sin embargo, la atención de las categorías inferiores del Dépor, más proclive a pagar talento foráneo. En cambio, apareció el Alavés y lo reclutó para su cantera. Tardó unos meses en volver a Galicia. Un regreso duro: Pérez todavía era un juvenil, pero sin casa, familia ni red de apoyo, tuvo que tomar decisiones de adulto. La familia de su amigo Iván lo acogió y le dio un techo mientras se ganaba el pan en el modesto club Órdenes. Entrenaba, peleaba y marcaba goles en campos embarrados sin plan B. Apostaba todo a un objetivo: convertirse en futbolista profesional. “Mentalidad de tiburón”, lo define el propio Lucas. Iván y él están unidos desde entonces como hermanos.

La grieta de oportunidad la abrió el Atlético de Madrid B. Se coló Pérez por ella y de ahí saltó al Rayo Vallecano un año después, donde llegó a debutar en el primer equipo. Uno de sus compañeros en aquella alineación era Lorenzo Román, Loren, ahora su representante, socio, amigo y padrino de su hijo. Su otro hermano. Y cuando Pérez, un chico que se quedó sin nadie antes de la mayoría de edad, dice “hermano” es que es hermano. “Yo, o todo o nada. Para lo bueno y para lo malo soy así”, afirma. Loren sonríe y asiente. Pérez es todo pasión alimentada por una vida de pelea. Hasta su forma de hablar, de expresarse, es intensa, clara, cargada de sentimiento. Huye de frases hechas y clichés de futbolista. Se emociona, ríe, gesticula y envuelve todo con un inconfundible acento coruñés, seña de identidad de los barrios de la ciudad que, como un cordón umbilical, lo ha mantenido siempre conectado a su origen.

Los impagos de los Ruiz-Mateos en el Rayo Vallecano lo empujaron a Ucrania, su primera oportunidad como profesional, en 2011. Un obrero del fútbol. Allí vivió situaciones surrealistas. “El presidente nos llamaba a su despacho cada mes para pagarnos con un sobre lleno de billetes. Si consideraba que no habías jugado bien, te quitaba un 30%. Todo con una pistola encima de la mesa. Había meses que no nos pagaba. Yo un día me planté y no fui a entrenar. Curiosamente, luego me llamó de madrugada y me dijo que fuera a su despacho a cobrar todo lo que me debía. Si no lo hacía, no vería más el dinero”.

Pese a todo, en el entorno ríspido del Karpaty Lviv, Pérez descolló y se consolidó como futbolista. Por eso lo vino a buscar el presidente del PAOK de Salónica griego, y pronto se convirtió en uno de los mejores jugadores de la Liga de ese país. En una secuencia recurrente en su carrera, solamente lo pudieron retener un año porque vino a llamar a la puerta el club de su vida: el Dépor, por entonces en Primera División. Como un prólogo de lo que luego vendría, Pérez renunció a casi un millón de euros que le ofrecía el PAOK para vestirse, por primera vez, la blanquiazul a cambio de 150.000 euros por año. En A Coruña jugó dos temporadas a gran altura y mantuvo al equipo en la élite, lo que lo llevó a fichar por el Arsenal, uno de los grandes de la Premier League, donde ganó dos títulos. “Viví la salvación del Dépor y gané la FA Cup [el trofeo con más tradición de Inglaterra], y te puedo asegurar que fue mucho mejor la salvación del Dépor”, rememora con gesto serio, dejando claro que no es una exageración. Loren, su representante, completa: “Ni entonces quería irse de aquí. Llegó el Arsenal y me decía: ‘Arregla la forma de que pueda renovar, no quiero irme de Coruña’. Pero en Londres ponían 20 millones. Fue el Dépor el que le dijo que necesitaban venderlo”.

Regresó una temporada más tarde a Riazor, la 2017-2018, la más amarga de su carrera en su propia casa, al descender a Segunda. Se marchó al West Ham, luego al Alavés y al Elche, y finalmente al Cádiz, pero nunca se llegó a ir del todo: “Desde mi marcha del Alavés yo quería ya volver a casa, pero no se puede dar y sigo. Pero las ganas ya estaban ahí”. Finalmente, lo hizo con 34 años y sin haber jugado como profesional en otra categoría que no fuera Primera División. Ahora bajaba dos escalones por sentimiento. Pérez recuerda cómo el presidente del Cádiz lo picó en su orgullo hasta el último minuto. “Vuelve si tienes huevos’, me dijo mientras conducía hacia A Coruña. Me quería pegar en el ego, me conoce bien”.

“Lucas ha sido siempre así, un volcán de sentimiento que lo hace tomar decisiones controvertidas”, cuenta Loren. Lucas y Loren tienen hoy una agencia de representación y forman parte de la organización de la Kings League, junto a Piqué e Ibai Llanos, además de otros negocios. Uno de ellos, en el centro de A Coruña, es una tienda de zapatillas que acaba de abrir con su amigo Iván. Lucas ha sabido diversificar lo que el fútbol le ha dado. No ha dejado pasar ni una de las oportunidades con las que soñaba de niño, cuando ni siquiera tenía un techo. Sus códigos de lealtad son los de la calle, firmes y empapados en emoción. Los códigos de alguien que definió los momentos más importantes de su vida en soledad y ahora se rodea de amigos.

“Vamos, Peke, que te tiemblan los brazos”. La competitividad que desprende la voz desgarrada de Pérez flota incluso en escenas de ocio y amistad como esta: un torneo informal de tiros libres en la canasta de su tienda de zapatillas. Participan algunos jóvenes de la ciudad, seis jugadores de la plantilla del Dépor (entre ellos el canterano Yeremay Hernández, Peke, que se afana en encestar) y el dueño de la tienda, que no es otro que Lucas Pérez. Su voz retumba entre la música del DJ y las risas de los chavales. Hace unas semanas que llegó al vestuario y parece tener el mando ya de la caseta. “Es un líder en todo”, dice un empleado del club. “Desde que llegó hemos visto cómo los más jóvenes del equipo miran hacia él como un referente. Algunos han cambiado hábitos: ahora van al gimnasio después de los entrenamientos cuando antes no lo pisaban”.

Su magnetismo trasciende el vestuario, como se puede comprobar en la calle. A Coruña es un lugar de paseo, y el futbolista, que vive en el punto más céntrico de la ciudad, es asaltado por jóvenes y mayores allá donde va, sea el paseo Marítimo, la Marina o la plaza de Pontevedra, donde se ubica la sede del club. “El primer partido lo tuvimos que sacar del campo escondido en otro coche, como un beatle, porque no había manera de poder salir de la gente que había”, comenta entre risas otro empleado. Es el Dépor un caso atípico: después de tres años en la tercera categoría jugando contra el Guijuelo, el Calahorra o el San Fernando, cuenta con casi 25.000 socios —el 10% de la población de la ciudad— y un promedio de edad cada vez más bajo en la hinchada, que a cada partido coloca a Riazor entre los estadios con más asistencia de todas las divisiones españolas.

La llegada de Pérez ha revolucionado a los más jóvenes, por más que sorprenda al propio futbolista: “Vienen niños que ni siquiera me vieron jugar a mí en la etapa anterior, es increíble”. Así se comprueba en cuanto sale del coche antes del partido contra el Mérida, el quinto desde su llegada. Esta vez no aumentará su cuenta de goles, en ese momento cuatro, pero el Dépor vencerá y se colocará en tercera posición, a dos puntos del liderato que otorga el ascenso directo a Segunda. El partido se resuelve en el último instante del descuento, gracias a un penalti que le hacen, precisamente, a Peke. Lucas agarra la pelota, pero se la cede a Quiles, el otro delantero del equipo encargado de lanzar los penaltis antes de la llegada de Lucas. Gol, festejo abrumador en las gradas y rugido de alegría de Lucas Pérez. Verlo celebrar un gol, verlo pelear una pelota o tirar un desmarque es ver su realidad vital. La vida no le regaló ni medio metro. Él tampoco piensa hacerlo mientras siga jugando. Pura competitividad.

El equipo gana y también lo hace el club. Haciendo números gordos, en la entidad creen que al terminar la temporada se habrá amortizado el dinero invertido en su fichaje (medio millón de euros pagado al Cádiz más una ficha de 150.000 euros), entre patrocinios y venta de camisetas, un bien preciado estos días en A Coruña. Ahí también se revela que el Deportivo es un club especial, con ventas superiores a muchos equipos de Primera División. Antes del partido del Mérida la plancha con el dorsal número 7 y el nombre de Pérez hace su último trabajo del día en la Deportienda: no hay más camisetas disponibles hasta que llegue el nuevo pedido de la marca que viste al equipo.

En la calle Real de A Coruña se celebra un coloquio del medio local Riazor.org a auditorio completo. La mayoría de los asistentes son niños y jóvenes. Al terminar una hora de entrevista sobre fútbol, pero también sobre streamers y videojuegos —otras pasiones de Lucas—, llega la consabida cola de fans para fotos, vídeos y abrazos: “¿Me firmas este papel, Lucas? Voy a tatuarme tu autógrafo”, le sorprende un adolescente. A lo que el futbolista contesta: “¡Pero qué haces, hombre, no te lo tatúes, que luego te arrepientes!”.

La personalidad de Pérez, que en ciertos momentos trajo polémica en A Coruña tras el descenso a Segunda División en 2018 (parte de la hinchada lo responsabilizó e incluso apareció una pintada, “Lucas Pérez, vete ya”, en su casa), cobra ahora tintes didácticos con los aficionados más jóvenes. Para quien lo conoció en épocas anteriores, el Lucas de 34 años es igual de hiperactivo que siempre, pero tiene un talante pedagógico que antes no mostraba, como si fuera un reverso del espejo en el que se refleja una vida complicada: “Cuando eres niño no eres consciente de lo que hacen los padres o los abuelos por ti, por eso me da rabia pensar en ellos”. Y vuelve a emocionarse. “El fútbol es maravilloso, para mí ha sido la universidad. Irte a los 15 años a lavarte los calzoncillos en Vitoria, o irte a Ucrania solo… Por eso hay que valorar a esa gente que trabaja en las categorías inferiores, esa burbuja que ahora protege a los chavales. Luego saldrán futbolistas o no, pero educan a la persona, eso es lo más importante”. Y vuelta al espejo: “A mi hijo le diría que sea feliz, que haga lo que considere persiguiendo lo que le guste hasta el final, porque nosotros lo vamos a apoyar. A mí el fútbol me salvó, pero es que no tenía plan B”.

Todo cuento tiene su final y el de Lucas Pérez, en su pensamiento, solo es uno: ascender con el Dépor. “Es el reto más importante de mi vida”, dice. Sería un cierre a la altura del torbellino que ha causado su vuelta, y que en Monelos es solo un eco de las noticias que cada poco llegaban de él, estuviese donde estuviese.

En su visita al barrio, poco antes de irse, se le acerca una jubilada con un carrito de la compra. Con cara de emoción, la mujer se frena a un par de metros del jugador, como quien se detiene ante una aparición.

—¡Lucas! ¿Sabes quién soy? Soy Rosa, de la torre 6.

—Ya caigo, sigues igual de guapa que siempre.

—Cariño, mete ben de goles, ¡que temos que subir a Primeira!

—Ojalá, que Dios te oiga.

Lucas se despide y se hace unas últimas fotos con niños rezagados. Camina hacia el aparcamiento que hoy ocupa el solar donde, cuando era crío, observaba la furgoneta de la metadona y corría tras la pelota. Gira una última vez la cabeza y mira el tercer piso de la torre donde creció, quién sabe si recordando a su abuela que, asomada a esa ventana, le ordenaba que dejara el balón y subiera a cenar. Un vecino vocifera desde el otro lado de la plaza: “¡Lucas!”. Parece que no le salen las palabras, así que lo condensa todo en otro grito: “¡Gracias!”."                      (Nacho Carretero , Arturo Lezcano , El País, 09/04/23)

28/2/23

Fallecen el futbolista coruñés Amancio y el sindicalista ferrolano Rafael Pillado... Héroe rico, héroe pobre...

 "Desde el pasado lunes día 21, el “mundo del fútbol”, sea lo que eso sea, vela a Amancio Amaro Varela (A Coruña, 1939), el mito del Real Madrid de las décadas de los 60 y 70 y, por lo tanto, del fútbol español de la época. Los panegíricos ensalzaron sus logros en sus 14 temporadas en el equipo de la capital, en las que consiguió la sexta copa de Europa, nueve campeonatos de liga y tres copas del Generalísimo, como entonces se llamaba la cosa. También su inclusión en la selección española que consiguió la Eurocopa de 1964 y en la selección mundial FIFA que se enfrentó a Brasil cuatro años después. Así mismo, destacaron que fue Balón de Bronce en 1964 (aunque sin mencionar que el de Plata fue ese año para otro coruñés, Luis Suárez). 

Pocas horas antes, en Ferrol, fallecía Rafael Pillado Lista (San Cibrao, Cervo, Lugo, 1942). En la época en la que Amancio cosechaba triunfos y portadas de prensa, el palmarés de Pillado era necesariamente, más que discreto, oculto: fundador de Comisiones Obreras y secretario general del Partido Comunista de Galicia. Y su muerte no tuvo fuera de Galicia muchas más repercusiones que un tuit de la vicepresidenta del Gobierno Yolanda Díaz, antigua camarada e hija de su compañero de lucha sindical en los astilleros ferrolanos Suso Díaz. “Hoy perdemos a un luchador incansable por la democracia y por los derechos laborales. Con mucha tristeza te despedimos, querido compañero, pero tu legado en la defensa de las víctimas del amianto y de las trabajadoras y trabajadores permanecerá por siempre”.

 A Abraham Lincoln se le atribuye el dicho que todos los hombres nacen iguales, pero esa es la última vez que lo son. Aquí parece ser cierto. Tanto el héroe del aggiornamento del Real Madrid en el tardofranquismo como el líder clandestino venían de orígenes humildes. Amancio, vecino del popular barrio coruñés de Os Mallos, era hijo de un pintor y una frutera. La familia Pillado se había desplazado desde la costa norte de Lugo hasta Ferrol porque en el castillo de San Felipe de la ciudad estaba preso el padre por su militancia comunista. Amancio, a los quince años, empezó a jugar al fútbol en el Victoria (el mismo club en el que empezaría, muchos años después, Lucas Pérez). A esa edad, Rafael Pillado entró a trabajar de aprendiz en el astillero Bazán e ingresó en las Juventudes Comunistas. Hace unos meses recordaba en la revista Luzes que de lo primero que preguntó al entrar era “dónde estaban las armas”.  

La carrera profesional –al nivel de entonces, 2.000 pesetas al mes y una prima anual de 95.000– de Amancio empezó en la temporada 58-59 en el Deportivo en Segunda División, y gracias a que hubo un amago del Celta para ficharlo cuando lo vieron en un partido de la selección gallega. En la cuarta temporada en el club, salió casi a gol por partido, el equipo ascendió a Primera y el futbolista a objeto de deseo de los equipos grandes. Estaba en tratos con el Barcelona, pero el propietario de La Voz de Galicia, Emilio Rey, compañero escolar de Bernabéu y eterno poder en la sombra del equipo, dio la voz de alarma. Bernabéu, pese a la oposición de su junta directiva y a la penosa situación financiera del club, pidiendo aquí y allá, consiguió los diez millones de pesetas a los que al final el Deportivo rebajó el precio de su crack. “Un tipo enorme, con un puro y una camisa abierta que dejaba ver una cicatriz. Venía de pescar cachalotes en Finisterre”, recordaba Amancio Amaro su primer encuentro con el que sería su presidente hasta su muerte.

 La de Amancio fue una operación que les sonará conocida tanto a millennials como a boomers. Un futbolista resultón que se convierte en el estandarte de un proyecto. Recién estrenada la década de los 60, la televisión en España era todavía un experimento y la difusión del glamour se circunscribía al huecograbado en blanco y negro y al NO-DO. Pero Amancio Amaro era guapo como un actor de cine, y además jugaba muy bien. Daba espectáculo, que se diría ahora. En aquella lucha de gladiadores embarrados que era el fútbol español de la época, el coruñés gambeteaba, caracoleaba, corveteaba y hacía lo que quería con el balón. “El Brujo”, lo apodaban (igual que después a Arsenio Iglesias, con esa facundia imaginativa de la prensa deportiva para calificar a los gallegos inclasificables). Sí se quejaba, y mucho, de que lo cosían a patadas, como por otra parte es de imaginar que a todos los delanteros de aquellos años en los que no había tarjetas. 

Posiblemente tuvo problemas de adaptación. Los normales de un joven de 23 años trasplantado a un ambiente ajeno. En una ocasión, declaró que había metido un gol “con el queso”. Era la traducción literal del “queixo” que en gallego significa tanto el producto lácteo como el mentón. Los periodistas entendieron que el queso era una metáfora –¿por analogía odorífera?– del pie. Pero Amancio Amaro –los obituarios coinciden– era humilde. O tímido. Un hombre tranquilo (aunque con un carácter fuerte, reconoce su viuda). Es decir, obediente, tal y como lo requería ser un estandarte del Real Madrid de entonces, con todo lo que conllevaba. Y el “todo lo que conllevaba” le correspondía. En la final de la Eurocopa, su paisano Marcelino fue el que le metió a Rusia el gol que le dio el título a España. El pase había sido de Pereda, un jugador del Barça, pero en el montaje del NO-DO, el que aparecía centrando el balón era Amancio. En un chat en El País en 2008, un participante le comentó: 

—Ahora dicen que el gol de Marcelino no fue a pase tuyo, sino de Pereda, y que fue un montaje. ¿Es eso cierto? 

—Eso lo he oído años después, porque yo no tenía duda ninguna de que el centro lo había hecho Pereda.

 Pero nadie, empezando por Amancio, dijo nada durante 44 años, hasta que en aquel 2008 aparecieron aquellas imágenes de cine que decían que no se habían rodado, y en ellas se veía que el que pasaba el balón era el barcelonista. 

Pese a que regresaba a Coruña todos los veranos, Amancio Amaro no fue del todo profeta en su tierra. Quizás por lo que pasó en el Trofeo Teresa Herrera de 1966, en el que se enfrentaron su anterior equipo, un Deportivo recién ascendido a Primera, y el de entonces, el Madrid, que aquel año había conseguido su sexto Campeonato de Europa. El equipo de casa acababa de fichar a Campanal, un defensa de aquellos que seguían la consigna de que podía pasar el delantero o el balón, pero los dos juntos nunca. Y con Riazor abarrotado, con Franco incluido, Amancio se empeñó en pasar y Campanal en evitarlo, según contó Alfredo Relaño hace algunos años en El País. Después de varios rifirrafes, Amancio se quedó en la banda, como negándose a jugar, mientras el deportivista recién fichado era expulsado. A partir de entonces, cada vez que la antigua figura del equipo tocaba el balón, Riazor era un océano de silbidos. Ganó 1-0 el equipo visitante. Amancio había solicitado del club unos días de permiso para quedarse en su ciudad, pero pasear por ella era sufrir un bombardeo de insultos y desplantes. Posiblemente la estrella del Madrid no se imaginaba que acabaría su carrera como jugador, diez años después, expulsado en el estadio del Bayern por largar un pelotazo cuando el partido estaba parado. El carácter.

 A Rafael Pillado también se le suponía carácter. Hacía falta tenerlo para, con poco más de veinte años, viajar clandestinamente no a los brazos del presidente Bernabéu y a los vestuarios del estadio Bernabéu, sino a la Alemania del Este, también en su caso para formarse. A su vuelta, fue de los que contribuyó a crear Comisiones Obreras en los astilleros de Ferrol y participó en la reconstrucción del PCE. Ya en los años 64 y 65 empieza a haber comunistas en el jurado de empresa de Bazán, protestas contra despidos a lo largo de toda la década, asedios a la comisaría cuando se producían detenciones y huelgas al iniciarse la de los setenta. En esa época, la inteligencia franquista considera perdidos para el régimen Euskadi, Navarra, el campo cordobés y los cinturones industriales de Madrid, Barcelona y Ferrol.

 El 10 de marzo de 1972, una manifestación de unos 4.000 trabajadores de Bazán, en lucha por un convenio que el sindicato vertical timoneado por Rodolfo Martín Villa había firmado con las factorías de Cádiz y Cartagena, pero se negaba a hacerlo con la de Ferrol, se dirigió hacia el puente de acceso a la ciudad, para confluir con los procedentes del otro gran astillero, Astano. Una enorme fuerza policial se interpuso, y comenzó a disparar. Dos obreros, Amador García y Daniel Niebla, quedaron muertos en el acto, este último en los brazos de Rafael Pillado, según contó en su libro O latexo da vida e da conciencia. Hubo, oficialmente, 16 heridos de bala, y posteriormente 160 despedidos, 101 detenidos, 60 encarcelados y 54 multados. “Dos muertos y varios heridos al atacar los manifestantes a la Policía Armada en El Ferrol del Caudillo. Los alborotadores recorrieron las calles apedreando comercios y edificios oficiales”, resumió la jornada en sus titulares el diario ABC. Pillado fue condenado a cuatro años de prisión y 250.000 pesetas de multa.

Más o menos cuando el ferrolano acababa de cumplir condena, el coruñés finalizaba su carrera como jugador, pero permanecía en el club. Tuvo la correspondiente secuela como entrenador, primero con éxito en el Castilla, donde fue promotor de la “Quinta del Buitre” y después como discreto y efímero míster del primer equipo. Más tarde, fiel a sus cualidades de disciplinado y obediente, fue uno de los valedores de Florentino Pérez en su camino a la presidencia. “Mi pensamiento es que el Real Madrid ha tenido suerte de encontrar en el camino a Florentino. No solo se ha dedicado a fichar jugadores y ganar títulos, sino a hacer crecer a la entidad”. No hay esfuerzo sin recompensa, así que, al fallecer Gento, Amancio lo sustituyó como presidente de honor del club. Antes, en 2002 se había encargado de presidir la Comisión Organizadora del Centenario. Desgraciadamente, su anterior equipo amargó la celebración, ganándole en el propio Bernabéu la final de la Copa del Rey. 

 Rafael Pillado, ya en democracia, siguió siendo uno de los referentes sindicales de Ferrol. La enorme amistad que le unía a Santiago Carrillo hizo que, en 1985, le secundase en su aventura del Partido de los Trabajadores de España, que acabó integrándose en el PSOE en 1991. Pillado fue elegido concejal en Ferrol dentro del grupo socialista, aunque en 2012 dejó la militancia. Pero no la lucha. En los años 60, en los astilleros, y no solo en ellos, el amianto o asbesto estaba por todas partes, y en Estados Unidos ya había sentencias relacionando su uso con enfermedades cancerígenas desde los años setenta, mas en España no se prohibió su uso hasta 2002. 

Pillado descubrió hace justamente un año que el amianto que había respirado mientras trabajaba le había ocasionado un mesotelioma, un cáncer en las membranas que tapizan el interior del tórax y del abdomen, y que solo le quedaban unos meses de vida. Se integró en Agavida (Asociación de Víctimas del Amianto), una asociación creada en 2004 para defender los intereses de los afectados por el asbesto. Su abogado, Jesús Porto, empezó en los años noventa a pleitear por el reconocimiento como enfermedad laboral y los jueces desestimaban el 99% de los casos, hasta que el Tribunal Supremo reconoció que había una relación. Según Agavida, en la comarca de Ferrol hay unos 16.000 afectados. La Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (Separ) calcula que el amianto provoca anualmente en Europa 88.000 muertes, y que en España, si no se toman medidas, el número de fallecidos antes de 2050 podrían alcanzar la cifra de 130.000.

 El pasado septiembre, Pillado denunció a su antigua empresa (ahora Navantia), que en 2021 había reservado una partida de dos millones de euros para posibles indemnizaciones. Fue el último acto cívico que protagonizó. Él y su abogada de 1972, Cristina Almeida, fueron arropados por cientos de personas en la presentación de la demanda en los juzgados de Ferrol. La sentencia le otorgó 128.000 euros, y él anunció que la recurriría. Al final de su vida, Pillado no escatimaba la autocrítica y reprobaba, por ejemplo, el papel de los sindicatos en la reconversión naval. “Los sindicatos, también el mío, ven esa prejubilación como una conquista social, ya que mucha gente va a tener tiempo libre y una buena situación económica. ¿Qué pasó? Una falta de análisis de futuro. Se vio el tema de forma individual y no colectiva […] Hay una renuncia de dirigentes que ponen los sindicatos a disposición de los poderes económicos y los despolitizan. Una deriva que ya es total con José María Fidalgo y Fernández Toxo”, decía en una entrevista de Nico Vidal en Luzes. Pese a las críticas a su central de siempre, y a haber abandonado en su día “el Partido” con P mayúscula, toda la sociedad ferrolana, sindical y política, o no, despidió con honores a Rafael Pillado Lista.

En 2020, en el acto de nombramiento de Arsenio Iglesias como hijo adoptivo de A Coruña, un periodista reconoció a Amancio Amaro refugiado en un discreto rincón del salón de plenos. “¿Qué haces ahí? Ven a saludar a Arsenio”. “Bueno, estará muy ocupado…”, murmuró una excusa el exfutbolista, que tuvo que ser casi arrastrado a la presencia del otro héroe deportivista, el que sí tenía honras oficiales, a pesar de no haber nacido en la ciudad.

Quizá, en contra de lo que dicen que dijo Lincoln, algunas personas, por diferentes que hayan sido sus trayectorias, se igualan en la despedida. La intensidad de la huella que dejan compensa la extensión, y viceversa."                    (Xosé Manuel Pereiro  , CTXT, 25/02/2023)

20/1/23

Lucas Pérez, el eterno retorno... Hijo de una familia desestructurada, se crió con sus abuelos en una de las torres de viviendas sociales de los trabajadores del mar. A sus 34 años, el delantero hace lo imposible en el fútbol para jugar en el Dépor: perder dinero

 "Yo no vengo a jugar en Primera Federación. Yo vengo a jugar en el Deportivo”. En el pedregal de la retórica futbolística – “no hay enemigo pequeño”, “partido a partido”–, aparece de vez en cuando un diamante en bruto. Y la mayoría de las ocasiones, sale de la boca de un entrenador. Lucas Pérez Martínez se hartó de justificar que dejaba el Cádiz, un equipo de Primera División (en situación precaria, pero que le había garantizado las condiciones económicas para la siguiente temporada, en total unos dos millones de euros) para jugar en uno de lo que pomposamente se llama Primera RFEF, y que no deja de ser la Segunda B o la Tercera de toda la vida, una división no profesional. Y pagando para ello medio millón de euros de su propio bolsillo. Al final de su carrera, en vez de coger la frecuentada ruta de los estadios dorados en medio de la arena, como ha hecho Cristiano Ronaldo, escogió el barro. 

@EnemyPablic, un tuitero de Alcalá de Henares de origen gallego, lo resumió muy bien en un hilo: “Todo va mal. Todo va peor. No abofeteamos a nadie. Ni al filial de nadie. Maldito fútbol moderno, no tiene sitio para nosotros. Empiezan los rumores del chaval de la liga ucraniana, que sigue por ahí, marcando goles en Primera. Es un tío con mala fama. Un revienta vestuarios, un corruptor de novias. Un gestitos. Pero viene… El antipático se ha quemado a lo bonzo en el centro del campo de Riazor. Los más suspicaces del lugar, desconcertados, como el que es invitado a bailar por la belleza del instituto en el baile final. De alguna manera, un príncipe nigeriano realmente nos ha dejado su herencia en nuestro mail. Los medios extranjeros se hacen eco. Esto no es normal”. Pues no. De hecho, hay quienes están buceando con celo de sexador de pollos en los intríngulis de la operación para intentar ver por dónde nos la ha colado el príncipe nigeriano. Pero esta no es la primera vez que Lucas Pérez hace lo posible y lo imposible –y una de las cosas imposibles en el fútbol es perder dinero– para jugar en su equipo. 

Lucas se reivindica siempre como “Lucas, el de Monelos”. En 1941, cuando nació allí Manuel Jove, un carpintero que hizo a los 16 años su primera promoción inmobiliaria y que, a finales de la primera década de este siglo, era la tercera o cuarta fortuna de España, detrás de sus vecinos Amancio Ortega y Rosalía Mera, Monelos era un barrio periférico de A Coruña, de casas bajas, huertas y prados. En 1988, cuando nació Lucas Pérez Martínez, Monelos era solo una pequeña parte de un conjunto de polígonos construidos en distintas fases en los 60 y 70 para acoger a los que huían del campo o se buscaban un piso para el retorno de la emigración. 

Lucas Pérez Martínez, hijo de una familia desestructurada, se crió con sus abuelos en una de las torres de viviendas sociales reservadas a los trabajadores del mar. El abuelo había sido marinero en el Gran Sol, el tempestuoso y gélido mar al oeste de Irlanda y Gran Bretaña. En el mejor de los casos, ese –jornadas de 16 horas diarias durante 15 días seguidos, a bordo de barcos del tamaño de un autobús articulado– habría sido uno de los destinos del chaval. Pero él, en cuanto podía, bajaba a la calle con un balón para jugar, en potreros llenos de jeringuillas, contra quien fuese, o contra la pared si no había nadie. 

Pese a lo que pueda parecer, Lucas Pérez no fue uno de esos que los británicos llaman one club man, un jugador que ha crecido y madurado como tal en un solo equipo. Lo suyo fue un sueño aplazado largo tiempo. Vestía la camiseta del Dépor cuando empezó a ir a Riazor con cuatro años de la mano de su tío Pepe, pero no logró vestir profesionalmente de blanquiazul hasta los 26 años. Empezó (como había empezado Amancio Amaro) en el Victoria, uno de los clubes tradicionales de la ciudad, pero de allí se fue al Atlético Arteixo juvenil. A los 16 años llamó la atención del Alavés, que lo fichó hasta que tuvo que recortar gastos y cantera. De vuelta a Coruña, tampoco cató Riazor. Jugó en Tercera e incluso al fútbol sala, hasta que el Atlético de Madrid se lo llevó para su segundo filial. De 2007 al 2010 merodeó por las categorías inferiores madrileñas (Atlético C, Rayo Vallecano B y Rayo A). Entonces, en 2011, tuvo ofertas de la primera división ucraniana. Jugó dos temporadas en el Karpaty de Lviv, en las que participó en la Europa League, y unos meses en el Dinamo de Kiev.

“Yo me pensaría bien salir a según qué países. En Ucrania el 80% de la gente es pobre y el resto multimillonaria. Y el futbolista no puede estar en una burbuja porque ves el día a día en los autobuses, en la sanidad, en tantas cosas”, le confesaba un par de años después en El País a Juan L. Cudeiro. De la liga ucraniana y de los incumplimientos de contrato lo rescató el PAOK griego. Esa temporada, 2013-2014, fue elegido uno de los cinco mejores jugadores de la liga helena. No jugó allí la siguiente. Consiguió, por fin, ir cedido al Deportivo la 2014-2015. “Es un tipo muy insistente, y cuando quiere algo, va a saco y lo consigue, por lo civil o por lo militar”, asegura un veterano cronista deportivo.

El equipo se salvó del descenso en la última jornada empatando en media hora un 2-0 del Barça. Circula un vídeo de Lucas energizando a sus compañeros y pidiendo por lo bajo a sus rivales (Messi, Neymar, Mascherano) que no apretasen. A quien apretó él fue al PAOK para no volver, hasta el punto de rebajar su ficha. La segunda temporada en “su” equipo marcó 17 goles. El Arsenal llamó a la puerta del club coruñés con una oferta de 20 millones de euros que el Dépor, intervenido por Hacienda, no podía rechazar. Con los gunners, en la temporada 2016-2017, marcó ocho goles, la mayoría en competiciones europeas, a pesar de no contar como titular para Arsène Wenger. Un redactor de La Voz de Galicia que entrevistó a Lucas entonces en su casa londinense de Hampstead destacó que llevaba unas zapatillas del Dépor y en la sala tenía una enorme bandera gallega. Pero el jugador le rogó que no las fotografiase. “Las llevo porque lo siento, no para que se vean. Y la bandera me acompaña allá donde voy”.

 La 2017-2018 sería la última de las 22 temporadas de Wenger al frente del Arsenal, y Lucas no estaría a sus órdenes. El equipo inglés pedía por él como mínimo 15 millones de euros. El Dépor, con los gastos bajo la lupa fiscal, no se podía permitir ni pujar. Hubo intentos y propuestas, entre otros, del Fenerbahçe y del Galatasaray, del Newcastle y del Everton, del Valencia y del Levante. Pero no satisfacían la demanda del club, ni mucho menos la del futbolista, que solo contemplaba la vuelta al Deportivo. En el último momento, el Sevilla hizo una oferta que cumplía las exigencias del Arsenal y aseguraba al jugador participar en la Champions y mantener su sueldo de la Premier. Pero Lucas Pérez ya estaba volando hacia A Coruña, después de forzar una cesión por una temporada, por dos millones y medio de euros. La baza que se reservó el Arsenal era que el acuerdo tenía fecha de caducidad de un año. 

Al acabarse el plazo, el Dépor estaba en Segunda, y Lucas se convirtió en un delantero errante. West Ham United, Alavés (dos temporadas, la primera como máximo goleador y la segunda execrado públicamente por el entrenador, que lo acusó de reventar el vestuario y de otro tipo de maniobras extrafutbolísticas… aunque después reconoció que posiblemente se había equivocado), Elche y, finalmente, Cádiz. En el equipo amarillo cumplió las dos medias temporadas que estuvo, pero prácticamente desde el primer día dijo que quería volver a Coruña. El último día del año se hizo oficial la vuelta.

 El 3 de enero, 7.000 aficionados asistieron a su presentación en Riazor y vieron como un futbolista de 34 años bregado en todo tipo de ligas se emocionaba hasta las lágrimas. Muchos de los asistentes eran niños que nunca han visto al equipo en Primera. “La vuelta de Lucas ya se verá lo que da de sí en lo deportivo, pero es importantísimo para la chavalada. Tienen por fin un referente”, dice uno de los antiguos miembros de Riazor Blues, los hinchas del Dépor, con los que Lucas siempre tuvo una fuerte conexión. “Habla como ellos, piensa como ellos”, dice el cronista veterano. No por casualidad, una de las pancartas que cuelgan en su grada reza: “Odio eterno al fútbol moderno”. Lo cierto es que, antes de Lucas, el Deportivo tenía ya 24.000 socios, más que todos los equipos gallegos de igual o superior categoría juntos. La llegada del delantero ha sumado algunos cientos.

“Sé que tengo presión, la quiero. Me fui con 16 años mundo adelante, y tardé mucho tiempo en volver a casa. Lo único que quiero ahora es ser feliz jugando aquí”, dijo Lucas Pérez en la rueda de prensa de presentación. No quiso hablar de dinero (“ya he ganado bastante por ahí adelante. Si hablo de dinero me siento vacío”), ni de contratos (“el contrato es hasta cuando quiera el Deportivo, y yo le sirva. Cuando no haga falta aquí, que me lo digan y ya está”). El pasado domingo día 8, pisó de nuevo Riazor, contra Unionistas Salamanca. 23.745 espectadores (los habituales son 17.000-18.000, cinco o diez veces la media de los campos de la Primera RFEF). 3-0. Lucas marcó el primero y el tercero. Los propios aficionados de Unionistas iniciaron una ola que recorrió el estadio. 

Por supuesto, aunque nadie lo diga, todos saben, empezando por el propio Lucas, que tarde o temprano se baja de la nube. Volviendo a @EnemyPablic, “por supuesto, este juego va de soñar. Cuando venga la desgracia aquí seguiremos como hasta ahora”. Porque los aficionados no van a ver partidos de Primera RFEF. Van a Riazor."                     (Xosé Manuel Pereiro, CTXT, 10/01/23)