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17/5/22

Miedo y pederastia en los jesuitas de Vigo: Los encerraba en su despacho y, con la excusa de confesarlos, abusaba de ellos... los testimonios se extienden desde la década de los cincuenta hasta la de los setenta... “En los jesuitas de Vigo hubo puras atrocidades”

 "Hace más de medio siglo, en el Colegio Apóstol Santiago de Vigo, de la orden de los jesuitas, el padre Modesto Vázquez González era el responsable de guiar a los pequeños hacia la fe del Señor.

 Lo hacía a través de su cargo como padre espiritual, que ejerció entre 1954 y 1963. Pero en realidad, más que hacia la fe, que casi todas sus víctimas acabaron perdiendo, guiaba a los niños hacia sus brazos. Los encerraba en su despacho y, con la excusa de confesarlos, abusaba de ellos, según relatan varios exalumnos del centro. Juan Julio Alfaya es uno de ellos: “Durante las confesiones me abrazaba, me arrimaba la cara, como si fuéramos novios. Me decía que me quería mucho”, narra. El padre Vázquez González no es el único acusado. En total, ocho víctimas han relatado a EL PAÍS que sufrieron abusos sexuales en este colegio a manos de ocho jesuitas. El modus operandi, describen, era siempre el mismo: confesiones forzadas y “toqueteos”. Los chicos tenían entre seis y 14 años, y los testimonios se extienden desde la década de los cincuenta hasta la de los setenta.

 Para Alfaya, de 78 años, lo peor de aquellas agresiones en el despacho de Vázquez González fue la confusión posterior. “Durante los primeros cursos que pasé allí se portó muy bien conmigo. Pero un día, en 1957, a mis 13 años, en su oficina, me pidió que me desabrochase el cinturón, me bajó la bragueta y me empezó a meter la mano por el culo. Yo me asusté, y me escapé, salí corriendo del cuarto. Llegué a clase totalmente confuso”. A Alfaya, todo aquello le conmocionó. “Era mi mejor amigo. Ese fue mi grave problema. No me llegó a violar, ni yo le di tiempo a que pasara a tocarme los genitales. Me escapé antes, pero el daño afectivo fue enorme. Era un niño falto de cariño, con una familia disfuncional, con problemas en los estudios. Y él se preocupaba por mí”, cuenta. “Tuve muchísimos problemas luego con mi sexualidad. Además, te crea, si eres creyente, problemas con tu relación con Dios. Si un sacerdote es el representante de Dios, ¿cómo me puede hacer esto?”, subraya.

El relato de Alfaya, junto al de otra víctima, están recogidos en el informe de 251 casos de pederastia inéditos cometidos por el clero español que este diario entregó al Papa y a la Conferencia Episcopal Española en diciembre de 2021. A raíz de la publicación de dicha investigación periodística, cuatro víctimas más escribieron a EL PAÍS para denunciar que también habían sufrido abusos a manos del padre Vázquez González. En total, los jesuitas hacen frente a 104 acusaciones. La orden fue la primera en abrir en 2018 una investigación interna, e hizo públicos los resultados a comienzos del año pasado: 71 acusados de pederastia y 81 víctimas. La orden, tras ser contactada por este periódico, confirma estar investigando todos estos casos. Una portavoz explica que, en los referentes a su centro de Vigo, están en contacto con al menos una de las víctimas, Juan Julio Alfaya. Él, por su parte, admite: “Han sido muy atentos y respetuosos. Me ha hecho mucho bien ser escuchado y creído. Se están portando como corresponde a una orden basada en el mensaje y la vida de Cristo. Han cambiado mucho desde 1957″.

Sobre el padre Vázquez González, todas sus víctimas cuentan historias muy similares. Julio Martínez, exalumno del centro, recuerda: “Nos citaba en su despacho individualmente. Me sentaba en sus rodillas y me acariciaba las nalgas metiendo la mano por debajo del pantalón corto, mientras jadeaba ostentosamente”. Mientras abusaba de él, que en su caso ocurrió entre 1960 y 1961, cuando tenía entre 10 y 11 años, el religioso le preguntaba cosas como cuándo había sido su última confesión o sobre “actos impuros”. El acusado era amigo de su padre, pero Martínez nunca se lo contó. “Lo he hablado con mi hermano mayor y también le pasó, como a la inmensa mayoría de los chicos de ese colegio. Era vox populi entre los alumnos. Pero yo ni siquiera tenía conciencia de que fuera algo malo. Me acariciaba y yo pensaba: ‘Mira qué bien me trata el amigo de mi papá”, explica.

Vázquez González fue misionero en China, entre 1936 y 1953, según señala él mismo en un libro titulado Yo tuve 6.000 acusadores, publicado en 1955, en el que relata sus experiencias en el país asiático. Un sobrino suyo se hace eco de la obra en un blog, donde narra, con detalle, cómo su tío se ordenó sacerdote en Shanghái en 1941 o cómo acabó en la cárcel cuando los seguidores de Mao Zedong “conquistaron”, en 1949, la misión de Anking, donde el jesuita estaba destinado: “El 6 de enero de 1950 se denuncia a la policía que el Padre Modesto ha pegado a un niño y le ha roto la cabeza”, explica su sobrino. “El padre del supuesto agredido confiesa delante de los profesores que es una burda mentira, pero no sirve de nada porque el aparato está en marcha y el crimen difundido en los periódicos de Anking, de la provincia y de otras en rótulos grandes, recogiéndose firmas de condena. El padre Modesto se las verá ante 6.000 acusadores”, aparece en el texto.

El autor del blog describe a Vázquez González como “bajo, enjuto y casi transparente”. “Tenía un semblante recio y, en el decir y en el trato, la naturalidad infantil, quizás del prolongado trato con los niños; pesaba 42 kilos”, continúa. Dos años antes de la publicación de las memorias del jesuita, en 1953, había regresado a España, donde lo destinaron al Colegio Apóstol Santiago de Vigo, según confirma una portavoz de la Compañía de Jesús. Tiempo más tarde, volvió a ejercer como misionero y murió en Guatemala en 1969.

“En los jesuitas de Vigo hubo puras atrocidades”

Modesto Vázquez González no es el único pederasta acusado en el Santiago Apóstol de Vigo: Fernando R. denuncia que otros siete jesuitas también abusaron de menores cuando él estuvo en el centro. Este exalumno entró en el colegio en 1976, con seis años. Se encontró con un ambiente de rigidez, repleto de violencia. Era común que los maestros expulsaran a los niños de clase: “Pero en el pasillo, cuando te expulsaban, te venía una experiencia horrible, porque el padre Pedro Pablo Requejo iba por los pasillos pegando bofetadas a mano abierta a todos los niños con los que se topaba”, asegura. “Lo veíamos pegándole fuerte en la cabeza a un niño y a otro y a otro. Te entraba un gran terror mientras esperabas a que te tocara el turno para recibir la bofetada más grande de tu vida”, continúa.

Fernando cuenta que los bofetones eran solo una parte de los excesos cometidos por Requejo, fallecido en 2013. Lo peor ocurría a la hora de la confesión, que se hacía una vez a la semana y en el despacho del acusado. “Cerraba la puerta y se sentaba a mi lado. Se acercaba a mi cuerpo lo más posible y comenzaba con la confesión”, narra. Fernando dice que confesaba sus pecados, los de un niño de entre seis y ocho años, mientras el acusado le acariciaba la entrepierna. “Acercaba la mano a mis partes privadas y frotaba, mientras hablaba muy cerquita de mi cara y me daba besos en los labios”, continúa. Fernando asegura que en algunos casos le abría la cremallera y le tocaba dentro de la ropa interior. “Yo me sentía muy intimidado, pero también muy tranquilo porque pensaba que estaba hablando con el representante de Jesús en la tierra”, admite. “Esta era una persona que normalmente iba repartiendo bofetadas y a mí me daba caricias”, explica.

“En los jesuitas de Vigo hubo puras atrocidades”, sostiene. Y reconoce: “A mí me causaron bastantes traumas porque era muy tímido. Aún tengo un trauma sexual. Tengo 54 años y nunca he podido expresarme sexualmente”. Fernando asegura que durante los años en los que él estuvo en el colegio había otros jesuitas que tocaban a niños. Entre ellos, el hermano Rivera —”era un tocón”— y el padre Fuentes. Este último abusó de Fernando varias veces, según denuncia. “Aún recuerdo su aliento”, admite. Fernando confiesa que a raíz de esas experiencias hoy día no aguanta que un hombre le hable muy de cerca. Tan solo oler el aliento de otro hombre, dice, lo traslada a esas confesiones con el padre Fuentes.

Fernando también denuncia al hermano Vizarro, que era, según él, “un salvaje”. “Este señor era un animal que te agarraba por las patillas y te tiraba hacia arriba hasta que te arrancaba el pelo. Algunas veces hasta te hacía sangrar”, recuerda. Relata que en otras ocasiones el acusado le pegaba puños en la cabeza. Además de la “violencia corporal”, Fernando narra que el hermano Vizarro tenía en su oficina revistas pornográficas que le mostraba a los menores.

Otro jesuita señalado por Fernando es el padre Labat, a quien describe como “un cura muy dulce”, pero también “el peor abusador”. Una descripción que avala otro exalumno del centro que ha escrito a EL PAÍS para denunciar los abusos que sufrió a manos de este jesuita. El niño tenía entonces entre 12 y 14 años, a mediados de los años setenta. El padre Labat lo forzaba a confesarse en su despacho: “Me preguntaba si me masturbaba. Cuando le decía que sí, gritaba: ‘¡Eso es un pecado!’. Y me metía mano”, narra. El acusado fue su tutor durante tres años y recuerda que las confesiones ocurrían al menos una vez a la semana. “Estoy seguro de que lo sufrimos todos los de mi clase. Lo comentábamos entre nosotros”, señala.

“Fíjate lo que es el miedo al poder de los jesuitas”

Fernando también denuncia al jesuita a cargo de la enfermería del centro, cuyo nombre no recuerda. Dice que abusó de él y de su hermano pequeño, quien por entonces tenía entre ocho y nueve años. A diferencia de Fernando, su hermano menor sí lo contó en casa cuando ocurrió. “Mi padre intentó montar un lío, pero en el colegio le dijeron que se callara, que los jesuitas tenían mucho poder y lo podían arruinar”, cuenta Fernando. Ante esa amenaza, el padre de Fernando decidió callarse. Ahora, con 87 años, su padre confiesa que siempre supo que en ese centro había abusos sexuales y físicos y que sus tres hijos lo padecieron. Aun así, no los sacó del colegio: “En aquellos años que un niño fuera jesuita era un prestigio, y más para mi padre, que era un hombre que vino de la nada”, admite Fernando. “Fíjate lo que es el miedo al poder de los jesuitas”.

Respecto a los jesuitas acusados por Fernando, la orden dice no tener constancia de que ninguno de ellos hubiese abusado de menores y asegura no haber encontrado, después de haber investigado, denuncias previas contra ellos. Pero Fernando no los olvida. Cuando le contó a su padre que iba a sacarlo todo a la luz, éste le pidió que no lo hiciera. El paso de los años no ha borrado el miedo de su padre a aquella amenaza que la orden le hizo hace casi 50 años. Fernando, por su parte, ha conseguido desprenderse del terror al que fue sometido en los jesuitas de Vigo y ha decidido contar lo que allí ocurrió. “A mí no me importa, yo sé que es verdad”, subraya."               (Paola Nagovitch , Lucía Foraster Garriga , El País, 14/05/22)

10/2/22

Lo que recuerdo de la violencia incesante del hermano Berruguete... Corrían los años 80... El religioso se comportaba como un caudillo. En el aula hacía su particular triaje delante de todos: había alumnos que no se dejaban tocar y otros que se quedaban paralizados, con una sonrisa estúpida y sabe "dios" qué dolor por dentro. Los masajes, las bromas, el manoseo constante. No sé qué pasaba en el despacho después, cuando Berruguete exigía la presencia de los que consideraba más débiles... Yo tenía la suerte de volver a mi casa y no dormir en el colegio... Feijóo fue un alumno interno en Los Maristas de León, uno de los epicentros de las denuncias por abusos sexuales por parte de profesores. Yo no sé si él vio algo en esos años de internado. Yo sí lo vi... además, no se golpeaba suave en el Colegio La Salle de Santiago... hasta que el alumno empezaba a sangrar. Era lo normal

  "La Cadena SER lleva varios días contando en sus emisiones locales la historia de varios alumnos del Colegio La Salle en Santiago de Compostela. Es un relato de abusos sexuales, violencia y maltrato que me resulta muy familiar. El acusado al que señalan los testimonios hace tiempo que ha muerto. 

Aun así, en antena lo identifican por unas siglas: J.B. Yo lo reconozco al instante. Joaquín Berruguete, el hermano Berruguete: jefe de estudios, profesor de Física y Química, aficionado a tocar a los alumnos por debajo de la ropa y un personaje violento que te podía hacer sangrar de un puñetazo si no entendías un código loco, que casi ninguno entendíamos. Fue mi profesor y mi jefe de estudios.

Empiezo por un recuerdo que siempre le cuento a mis amigos para retratar aquellos años. Él había castigado a un compañero por cualquier tontería: reírse en clase, hablar o estar despistado. La reprimenda empezó como un juego, subiendo al reo a la tarima para iniciar una ceremonia de sadismo en la que nos obligaba a ser partícipes.

Una vez frente a la pizarra el profesor susurraba al alumno las normas de la partida: "Estira las manos. Sujeta el borrador en esta. En esta otra, una tiza. Sobre la cabeza, un libro. Si algo cae al suelo, te daré una bofetada". Entonces Berruguete proseguía la clase pero ya nadie prestaba atención. Él era consciente. Todos deseábamos internamente que a nuestro compañero se le cayese algo al suelo para ver cuál era el siguiente episodio. De algún modo, por un instante, nos hacía cómplices de su maltrato espectacular.

Las miradas de la clase se centraban en el castigado que, sintiéndose protagonista, apenas podía aguantar la risa con la espalda pegada al encerado y los brazos en cruz. Hasta que, en un temblor de la broma, perdía el equilibrio de una de las tres piezas y el borrador caía al suelo, o la tiza, ya no lo recuerdo. Ahí llegaba la primera hostia. Una bofetada fuerte. Y la primera lágrima. Silencio en los pupitres. No se golpeaba suave en el Colegio La Salle de Santiago.

"No estás llorando por el dolor. Yo no te he hecho daño", susurraba Berruguete a su víctima: "Estás llorando por la vergüenza de que todos tus compañeros se estén riendo de ti. Pero esta vez lo vas a hacer bien", le decía. A partir de ahí iniciaba una sucesión de repeticiones en el juego. Para entonces, la maniobra sádica ya no le hacía gracia a nadie, excepto al profesor. Era capaz de aguantarla hasta que el alumno empezaba a sangrar. Era lo normal. Después, si era necesario, llevaban al chico a enfermería (otro templo del terror) con cualquier excusa. Allí le esperaba otro cura que le ofrecía una moneda fría de cincuenta pesetas con la que apretar el chichón.

Los testimonios que la Cadena SER ha difundido estos días se centran en otro aspecto del mismo personaje: su afición a tocar a los alumnos por debajo de la ropa. Corrían los años 80, colegio de niños en un Santiago que era, y sigue siendo, uno de los diamantes de la corona católica. Las excusas del hermano Berruguete para el acercamiento sexual eran variadas: que si "la cadenita que traes", que a ver "si ya te ha salido vello en la axila", que "miren aquí, a su compañero moderno, con los vaqueros rotos"... Algunos chavales no se cortaban ante los intentos del cura y braceaban evitando sus manos. Esos se salvaban.

Otros no eran capaces de reaccionar y les atrapaba el bloqueo. Lo que hacía aquel cura siempre empezaba como una broma y acababa mal. Nosotros no teníamos cultura sobre abusos pero tampoco éramos gilipollas. Aquello formaba parte de un sistema y este es, quizás, el aspecto más importante de todo: no eran hechos aislados, otros profesores hacían cosas parecidas. Yo, salvo que mi memoria me haya traicionado para cuidarme, fui de los que se salvó. Acabaron expulsándome de aquel colegio. Eso no evita que ahora, más de 30 años después de aquello, me estremezca al recordar lo que vi. Ahora que escucho a mis compañeros en la radio, con esas voces que no consigo identificar.

Cuando llegábamos al patio no hablábamos mucho de lo que había hecho Berruguete. Los que nos habíamos librado de una hostia estábamos eufóricos. El resto, desaparecía detrás de las canastas de baloncesto más alejadas. A uno de mis mejores amigos, al que hace mucho que no veo, le pusimos por mote Nena. Era rubio y guapo. Uno de los preferidos del cura. No nos reíamos de él, solo le llamábamos Nena. Lo extraño es que él respondía al mote. Así de normalizado estaba todo.

No sé cómo definir lo que ocurría en aquellas clases. Estaba convencido de que en los otros colegios de la ciudad las cosas eran igual. A veces pienso que aquello fue otra zona oscura de la Transición, en la que los niños no podíamos llegar a casa contando cosas raras porque el país iba como un tiro y si el profe te había dado de hostias es que algo habrías hecho mal tú. Por eso me extraña ver ahora a la Iglesia hablando de "casos aislados" y al Gobierno diciendo que quiere que la Iglesia participe en el arreglo. Mientras, en la radio, oigo a señores que se acercan a los cincuenta contando que aún están jodidos por todo aquello. Son mis compañeros de clase.

El religioso en cuestión se comportaba como un caudillo. En el aula hacía su particular triaje delante de todos: había alumnos que no se dejaban tocar y otros que se quedaban paralizados, con una sonrisa estúpida y sabe "dios" qué dolor por dentro. Los masajes, las bromas, el manoseo constante. No sé qué pasaba en el despacho después, cuando Berruguete exigía la presencia de los que consideraba más débiles. Ni en las horas en las que los internos compartían con él, comedor y horas de sueño. Yo tenía la suerte de volver a mi casa y no dormir en el colegio.

En aquellos años, La Salle era, en cierto modo, un lugar exclusivo en Santiago de Compostela: un centro privado en donde había alumnos de pago y otros relacionados con la obra social que defendía la institución religiosa como parte de su labor. El trato de los curas con los hijos de los abogados o comerciantes de la pequeña ciudad en la que vivíamos no era el mismo que recibían los internos, cuyos padres hacían lo que podían en los últimos años de la emigración en Suiza o Alemania. También había en el centro un hijo de uno de los capos del contrabando en la Ría de Arousa de aquellos años. Ese era intocable.

Creo que estábamos en séptimo de EGB el día que el hermano Berruguete nos explicó en qué consistía la electricidad estática. Aquella tarde nos contó que si te quitabas la camiseta por la noche a oscuras, y esta tenía mezcla de fibras sintéticas, era fácil ver cómo de la prenda se desprendían chispazos de luz. Entonces señaló a un alumno interno y dijo: "Cuéntaselo a tus compañeros, que ayer yo fui a tu habitación e hicimos el experimento sacándonos la camiseta". El chico bajó la cabeza vencido.

Ahora que se plantea una investigación sobre los abusos sexuales en el seno de la Iglesia todo ha vuelto a mi cabeza por esas voces que la SER ha sacado contando lo que pasaba en mi propio colegio. Estos días, el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, se ha manifestado en contra de remover el asunto con una frase grandilocuente: "Llamar terroristas a los obispos no es de recibo". Feijóo fue un alumno interno en Los Maristas de León, uno de los epicentros de las denuncias por abusos sexuales por parte de profesores. Yo no sé si él vio algo en esos años de internado. Yo sí lo vi."                (Gonzalo Cortizo , eldiario.es, 08/02/22)

21/6/21

El caso de pederastia en los maristas de Galicia se extiende: otros nueve religiosos investigados en cuatro colegios

 "El escándalo de pederastia en los maristas en Galicia se extiende. La congregación investiga a otros nueve religiosos de cuatro colegios por presuntos abusos de menores entre los años cincuenta y los ochenta, según ha confirmado tras remitirle este diario nuevos nombres de religiosos acusados por víctimas y testigos. 

La orden los ha incorporado a la investigación que abrió a cuatro maristas de Vigo tras la publicación el 1 de junio de un reportaje en EL PAÍS. Son testimonios recabados por este periódico en el correo electrónico abierto hace casi tres años. Una vez verificada, la información ha sido entregada a los maristas, que tras examinar su verosimilitud han abierto una investigación. 

En total, ya son 13 los maristas señalados como pederastas en Galicia. La congregación reitera que condena los abusos, pide perdón a las víctimas y pone a su disposición un correo electrónico para denunciar los casos: contigo@maristascompostela.org.

El criterio para relatar cada caso ha sido el siguiente: cuando las víctimas y testigos aceptan aparecer identificados se indica también el nombre completo del religioso acusado, si se conoce, y en el resto de casos, solo el nombre de pila, que muchas veces se ignora si es el real o el religioso, distinto del verdadero.

 Los nuevos testimonios denuncian abusos de los siguientes clérigos: los hermanos Herminio y Agustín en el colegio de Vigo; Telesforo y Víctor en el de A Coruña; Florencio y Ángel, apodado El Conguito, en el de Ourense; David Samartino y el hermano Puebla en Lugo; y un religioso, Primitivo Castellanos, que estuvo tanto en Lugo como en Ourense. Al menos este último, Primitivo Castellanos, fue investigado por la orden y denunciado a la Fiscalía en 2018, aunque los hechos ya estaban prescritos, según confirman los maristas. Es el único vivo, el resto ha fallecido, indica la congregación.

 Las fechas de los abusos denunciados abarcan un periodo que va desde 1956 a 1980 y la reconstrucción de los casos constata que a menudo estos docentes fueron protegidos por sus superiores y simplemente trasladados a otro centro, o también al extranjero como misioneros. Con estos nueve casos, el total de los conocidos en la Iglesia española se eleva a 327, con al menos 836 víctimas, según la contabilidad que lleva EL PAÍS ante la ausencia de datos oficiales o de la Iglesia, que se niega a investigarlo.

 Uno de los testimonios más estremecedores es el de Ricardo López, nacido en 1966, y alumno del colegio marista de La Inmaculada de Lugo en los años setenta. Acusa al hermano Primitivo Castellanos de abusar de él y de sus compañeros, y cuenta que para librarse del recuerdo de su sonrisa “de sádico” buscó alivio en las drogas. “Pasé de ser un bendito a arrearle a todo lo que podía. Estaba confuso. No sabía si de mayor iba a ser otro abusador”, relata. Este periódico ha pedido a la orden hablar con el acusado, actualmente jubilado y en una residencia, pero los maristas no han accedido. 

Era profesor y entrenador de balonmano: “Se sentaba a tu lado en clase, en los vestuarios, y te tocaba los genitales”. A la guerra de López contra estos recuerdos se le sumó una infección por VIH y luego un cáncer. Impedido pero sereno desde su casa en un pueblo de A Coruña, ha decidido hablar. En realidad llevaba siete años haciéndolo sin resultado. En 2014, después de 32 años de terapia, comenzó a contarlo en Facebook para buscar a otros afectados. “Para que la gente supiera la clase de monstruo que era el hermano Primitivo. Solo encontré a una víctima. Era jugador de balonmano. A saber lo que le hizo”, relata.

 Sin embargo, asegura que, como muchas otras víctimas, en vez de comprensión, se topó con un muro de descrédito. “Me dijeron que era una venganza personal o que tendría que haber denunciado hace años”, explica. Pero unos años después, recibió un mensaje del superior de la provincia marista de Compostela, Tomás Briongos: “Me ofreció su ayuda y vino a mi casa”. López le relató los abusos que denuncia y cómo veía a Castellanos encerrarse en los recreos con otros niños en una sala del colegio, dedicada a la venta de material escolar. “Unos días después, volvieron con una declaración escrita un poco descafeinada que firmé. Luego la entregaron a la Fiscalía y, a los meses, me citaron para declarar. El fiscal jefe de menores de la Audiencia Provincial de Lugo me dijo que [esos abusos] no eran nada”, añade. La orden no ha querido aclarar si tomó medidas disciplinarias ni si encontró más víctimas.

López no es el único que acusa a Castellanos. Otro antiguo alumno, que prefiere mantenerse en el anonimato, y que estuvo en Lugo entre 1974 y 1980, asegura que los abusos de este profesor, especialmente hacia los jugadores del equipo de balonmano, eran vox populi. “Se encargaba de los deportes y tocaba habitualmente en los vestuarios a los jugadores en sus partes”. Además, asegura que sufrió abusos de otro religioso, el hermano Puebla, su tutor y profesor. “Apenas regañaba y nos daba caramelos. Con el buen tiempo solíamos usar pantalones cortos, y él aprovechaba momentos en los que estábamos trabajando para meter los dedos en el pantalón”, relata. “Dejé ese colegio más tarde por sus torturas habituales y sistemáticas: maltrato psicológico, castigos inhumanos, insultos...”.

 El año anterior el hermano Primitivo había estado en Ourense, en el colegio Santa María de la congregación, que fue el último internado de la orden en España (2008). Un exalumno de este centro, G. C. G., recuerda que el hermano Primitivo fue el prefecto de la sección de los pequeños al menos entre 1971 y 1973, hasta que fue enviado a otro destino. En su caso, fue acosado en el dormitorio común: “Me dijo que lo acompañara a las duchas. Allí me acercó a él, metió la mano por debajo del pijama y empezó a acariciarme un pezón. Me preguntó si sabía cómo se hacían los niños y se ofreció a explicármelo cuando quisiera. Acto seguido me mandó ir para la cama”. Curiosamente, el hermano Primitivo le había defendido el año anterior de otro marista, el hermano Florencio: “En la sala de juegos, estando delante del televisor, se acercó a mí el hermano Florencio, sacó un caramelo, lo puso delante de mí a una cierta altura, para que yo tuviera que levantar el brazo. Cuando lo levanté la reacción inmediata fue poner su mano sobre mi muslo izquierdo y deslizarla en el pantalón hacia mis genitales. En ese momento apareció el hermano Primitivo. Lo agarró por la sotana y lo golpeó contra la pared un par de veces o tres, amenazándole en voz alta”.

También en Ourense, pero en el curso 1974-1975, el exalumno Ezequiel Mera afirma que fue testigo de cómo por las noches el hermano Ángel, apodado El Conguito, sacaba de sus camas a varios niños y los metía en su cuarto. “Dormíamos en una gran sala todos juntos. Tenía por costumbre llevar al menos a dos niños, uno de mi edad y otro un año mayor a su habitación”, afirma Mera. Ese recuerdo, comenta, le ha seguido durante años. “Acabaron por enviarle a África”, asevera.

 En el colegio de Lugo, pero años antes, en el curso 1956-1957, Arcadio Casanova Santos acusa de abusos y violencia al hermano David Samartino Molina, fallecido en 2006. “Yo tenía siete años. Me tenía, no sé por qué, fichado. Me castigaba con mucha frecuencia, de pie en una esquina. Un día coincidimos castigados otro compañero y yo. Mandó salir a todos al terminar la clase menos a nosotros. Regresó y escuché los lloros de mi compañero. Me di la vuelta y vi al hermano David con la mano metida por la cintura del pantalón de mi compañero, que no paraba de llorar, al tiempo que lo aprisionaba contra la pared. Me vio y nos mandó ir. Pero el último día de curso mandó salir a todos menos a mí. Me cogió la dos manos por las muñecas y me golpeó la cara con una furia enfermiza, hasta que me rompió un labio”.

El curso siguiente desapareció. Años después Arcadio lo contó en casa y su padre fue a hablar con el director del colegio en aquel momento, el hermano Virgilio González, ya fallecido, al que unía una gran amistad. “Le contó que lo habían retirado de la circulación en España, pues ya había conocimiento en Lugo de varias agresiones a distintos alumnos”, explica. Fue enviado a Catacocha, en Ecuador, y luego a Quito. “El director le comentó que pasado algún tiempo tuvieron que regresarlo a España por líos del mismo tenor, temiendo incluso sus superiores por su vida”. Samartino pasó luego por centros maristas en Oviedo, Roma, Vigo, Santiago, Salamanca-ISPE, León, Honduras (Choluteca y Comayagua) y la residencia Champagnat de Valladolid.

Arcadio tiene un recuerdo especialmente doloroso: “Teníamos un compañero que tenía una minusvalía psíquica, similar a una parálisis cerebral. En clase era inhumano el trato que recibía del hermano David. Incapaz de resolver ningún problema, no había día que no saliera con golpes. Yo vi cómo de una patada lo tiraba al suelo desde la tarima y luego a patadas en el suelo hasta llevarlo a su pupitre. Los hechos que viví en el colegio marista de Lugo me dolieron y me ocuparon más cuantos más años fui cumpliendo”.

 En cuanto al colegio de Vigo se suman dos hermanos más a los cuatro ya identificados. Juan Carlos Álvarez Quintero acusa al hermano Herminio, su profesor de francés en el curso 1966-1967: “Tenía la costumbre de, mientras estaba a su lado en la tarima, con la lectura y traducción de un texto francés, acariciarme la pierna y meterme la mano en el pantalón corto para tocar todo lo que podía. Recuerdo con angustia cómo el día anterior ensayaba la pronunciación para evitar errores y acabar lo antes posible. Tenía 10 o 11 años”. Su relato coincide con el de otra víctima: “Era un abusador en toda regla. Cuando nos llamaba íbamos temblando. Nos llamaba a su pupitre y nos metía una sobada que empezaba por la parte descubierta de las piernas y subía por el culo, y tocaba y sobaba hasta que te podías escapar”.

Otro exalumno de Vigo en los años setenta, que prefiere no ser identificado, afirma haber sufrido abusos del hermano Miguel, uno de los nombres que ya había salido a la luz, popular en Vigo por ser fundador del equipo de voleibol Club Vigo: “Todos los curas sabían lo que pasaba. Le gustaba ir por el gimnasio sobre todo a la hora de la ducha y su afición era quitar el agua caliente y poner la fría. Salíamos todos desnudos y él por el pasillo manoseaba a quien podía”. Pero señala también al hermano Agustín, ya fallecido. “En una de las excursiones del grupo de montaña del colegio a un niño le dolía la barriga y empezó a darle masajes dentro de una tienda pero las manos acabaron en otro sitio. También acosó a un amigo mío, que se lo dijo a la madre y fue allí y montó un pollo”. Este marista pasó también por el colegio San José de Madrid, el de Oviedo, Ourense, el San José de León y A Coruña. Este exalumno recuerda en las excursiones a otro hermano marista que dormía en una tienda a solas siempre con el mismo niño, a veces en acampadas de una o dos semanas en Picos de Europa y Gredos.

En el colegio marista de A Coruña, otro exalumno de finales de los años cincuenta y principio de los sesenta, de iniciales S. L., refiere haber sido testigo de abusos de dos profesores, los hermanos Telesforo y Víctor. “Los teníamos fichados y uno se aguantaba si te pillaba. Telesforo era aragonés, nos llamaba ‘chicuelo’. Si le gustabas te ofrecía caramelos. Víctor daba latín y su desviación a veces le dominaba. Tenía un predilecto, rubito de cara angelical, al que castigaba a veces sin motivo para quedarse a solas en el aula con las luces apagadas”.

Los maristas investigan ahora a estos nueve docentes, además de las denuncias recibidas en su correo. No obstante, no dan información del historial de los religiosos investigados ni aclaran si harán públicos los resultados de su investigación."                  (Julio Núñez, Íñigo Domínguez, El País, 19/06/21)

4/6/21

Uno de los pederastas de los maristas en Vigo continuó los abusos en un colegio de A Coruña. “Si dejabas que te tocara te ponía buena nota”

 "Uno de los cuatro maristas acusados de pederastia en el colegio El Pilar de Vigo en los años sesenta, el hermano Castañón, pasó después por el centro de la orden en A Coruña, el Cristo Rey, y allí continuó con los abusos, según el relato de una exalumna, Mercedes de la Iglesia Soriano, que lo ha denunciado a la orden por correo electrónico. 

La orden, que ha pedido perdón a los afectados pero hasta ahora no ha dado ninguna información sobre el historial de los acusados y los colegios por los que pasaron, tampoco ha querido confirmar la presencia de este religioso en A Coruña. Los maristas, que han abierto una investigación a raíz de las informaciones de EL PAÍS, explican que mientras siga abierta prefieren mantenerse en silencio. 

Un exalumno de los maristas de Ourense asegura que Castañón también estuvo en este otro colegio gallego al menos entre 1967 y 1969. Este religioso es el que más acusaciones ha recibido en Vigo, le señalan un total de cinco víctimas. Los cuatro acusados han fallecido.

 Mercedes de la Iglesia recuerda que Castañón les dio clase en BUP en el colegio Cristo Rey de A Coruña entre finales de los años setenta y principios de los ochenta: “En nuestro caso, los tocamientos se realizaban en los exámenes y si la víctima accedía, llevaba buena nota, porque le decía todo el examen. Todavía recuerdo con asco aquella mano posada en el muslo y subiendo hasta que lo apartaba, que el tipo se daba prisa. 

A las chicas, con la cabeza junto a la suya, una mano le sobaba el pelo y otra mano le rodeaba el hombro y le tocaba el pecho, si se dejaban. Yo no me dejaba y se iba. Yo era muy mía y cuando me puso la mano en la pierna y no se apartó al rechazarle, me levanté para pegarle y en pleno examen corrió hacia la otra punta de la clase. Pero no todas las personas tienen ese genio. Y entre las malas notas que ponía y la timidez, alguna lo pasó realmente mal”.

En Galicia el escándalo de los maristas de Vigo ha causado una gran conmoción, que se ha volcado en los chats de antiguos alumnos: “Una compañera me acaba de relatar cómo se ponía detrás de ella y le ponía las manos en los hombros y las bajaba hasta el pecho. Se siente reconfortada por no saberse el único objetivo de aquel asqueroso, ella era como un imán. Otra recuerda cómo le tocaba el culo al subir las escaleras. Otra dice, que a pesar de haber sido advertido, intentaba seguir porque no se podía refrenar”.

 “La tutora no nos hizo caso y nos dijo que era amor de padre”

En efecto, esta exalumna asegura que ella y otras compañeras fueron entonces a protestar a su tutora, la profesora de Inglés: “Pero no nos creyó, nos llamó exageradas y dijo que era amor de padre. A mí aquello me volvió retraída y desconfiada, era adolescente entonces. Y encima porque nadie nos creyó, o no nos hicieron caso”. De la Iglesia recuerda “el ansia de huir de aquel señor” y que muchos chicos y chicas lo sufrieron: “En una ocasión a otro compañero le obligó a ponerse de pie y le exigió que se bajara el pantalón con la excusa de que tenía dentro una chuleta. El compañero no consintió y llevó una expulsión y un cero. En general, si no consentías, te bajaba la nota”.

En Vigo acusan al hermano Castañón cinco testimonios. También allí actuaba en plena clase: “Nos metía mano a todos, te sentaba en su regazo y te metía la mano en los pantalones, en los genitales, mientras hacías la cuenta. Yo tenía 10 años”, recuerda E. F. A otros se los llevaba a lugares apartados. 

Un exalumno ha relatado que Castañón le llevaba con su hermano al laboratorio y les masturbaba a los dos: “Recuerdo su respiración excitada”. Este religioso desapareció de pronto un día del colegio vigués. Corrió el rumor de que le habían sorprendido cometiendo un abuso, y que incluso otro religioso, que apareció con una mano vendada, le había dado una paliza. Se dijo que lo habían enviado a León, aunque luego volvió al colegio de Vigo al cabo de unos años.

Los otros tres acusados en Vigo son el director del centro entre 1964 y 1969, Agustín Antón del Cueto, que tenía el nombre religioso de hermano Pablo y era apodado el Cerilla (porque tenía el pelo blanco y con la sotana negra se parecía a los fósforos de entonces); el hermano Luis, llamado el Chosco (tuerto, en gallego); y el hermano Miguel, muy conocido en la ciudad porque fue uno de los fundadores, en 1969, del histórico equipo de voleibol Club Vigo. Todos han fallecido, según la información de la congregación.

El caso de los maristas de Vigo eleva el total de los conocidos en la Iglesia en España a 316, con 825 víctimas, según la contabilidad que lleva EL PAÍS, ante la ausencia de datos oficiales."                 (Íñigo Domínguez, El País, 03/06/21)

3/6/21

Exalumnos de los maristas de Vigo denuncian el horror de un colegio con cuatro pederastas en los años sesenta... era un secreto a voces... pero en Vigo el tema es un tabú, todo el mundo se conoce y nadie quiere remover el pasado

 "Son abogados, médicos, profesores, en torno a los 70 años, que aún recuerdan con asco y terror los abusos sexuales y la violencia sistemática que denuncian haber sufrido en el colegio El Pilar de los maristas de Vigo en los años sesenta. 

EL PAÍS ha recogido el testimonio de siete exalumnos, más uno que lo ha contado públicamente en un blog, contra al menos cuatro religiosos: el director del centro entre 1964 y 1969, según los datos de la orden, Agustín Antón del Cueto, que tenía el nombre religioso de hermano Pablo y era apodado El Cerilla (porque tenía el pelo blanco y con la sotana negra parecía como los fósforos de entonces); el hermano Luis, llamado El Chosco (tuerto, en gallego); el hermano Castañón; y el hermano Miguel, muy conocido en la ciudad porque era muy activo en los equipos deportivos y fue uno de los fundadores, en 1969, del histórico equipo de voleibol Club Vigo. Todos han fallecido, según la información de la congregación.

“Lo tengo metido dentro desde la infancia, ha sido un peso toda la vida y quiero liberarme, hacerlo público antes de no estar aquí”, confiesa Javier Álvarez-Blázquez, de 67 años. “Los abusos estaban institucionalizados, la mayor parte de los niños los sufríamos, estos cuatro profesores eran auténticos depredadores, en un ambiente sórdido y cuartelario, con una violencia habitual y sádica; ese colegio era una organización pederasta”. Estos antiguos alumnos están convencidos de que muchos otros sufrieron lo mismo que ellos, en las generaciones que pasaron por el colegio con los mismos profesores. Creen que las víctimas pueden ser centenares. Con estos nuevos casos de abusos a menores, el total de los conocidos en la Iglesia en España, según la contabilidad que lleva EL PAÍS, asciende a 316, con 833 víctimas.

 La orden, tras ser contactada por este periódico, confirma que estos cuatro religiosos estuvieron en el centro en esos años y ha abierto una investigación: “Nos ponemos a disposición de quienes hayan podido sufrir cualquier situación de maltrato o abuso. La existencia de víctimas es un recuerdo permanente de que les fallamos en el pasado. Condenamos cualquier tipo de situación de maltrato o abuso y trabajamos día a día para que no vuelvan a producirse”. Los maristas facilitan un correo electrónico donde se puede enviar las denuncias, también de forma anónima: contigo@maristascompostela.org. No obstante, no aclaran si harán públicos los datos y las conclusiones de su investigación. Tampoco han querido dar detalles, por el momento, de los años que estos cuatro docentes estuvieron en el centro y de sus destinos anteriores y posteriores.

 Este colegio ya tuvo un caso de abusos en 2009: un religioso de 69 años, Fernando Vecino, que se ocupaba de labores de secretaría, fue condenado a dos años de cárcel y al pago de 14.000 euros de indemnización por realizar tocamientos a dos niñas. No obstante, con el proceso ya en marcha, el colegio le hizo un homenaje por sus “50 años al servicio del Señor”. Finalmente, condenó los abusos tras la sentencia. Los maristas han afrontado uno de los mayores escándalos de pederastia en España, el de un colegio en Cataluña, y el pasado mes de diciembre acordaron una indemnización de 400.000 euros a 25 víctimas, aunque los casos ya habían prescrito. Acusaban a 18 profesores, tanto religiosos como seglares.

 Quienes ofrecen testimonios sobre abusos en los años sesenta afirman que eran un secreto a voces, igual que cuáles eran los religiosos pederastas, y que hasta se hacían burlas entre alumnos. Luego se han comentado en reuniones y cenas de antiguos compañeros. “Una vez éramos cerca de 60, se preguntó a quiénes les habían agredido sexualmente y muchos levantaron la mano”, recuerda Blázquez. Luego han ido hablando entre ellos hasta animarse a contarlo, pues aseguran que en Vigo el tema es un tabú, todo el mundo se conoce y nadie quiere remover el pasado. Son conscientes de que estas revelaciones causarán una gran conmoción y reacciones contrarias. “No tengo ánimo de revancha, sí de justicia. Y me revienta que digan que los abusos en la Iglesia solo son unos pocos casos en España, son miles”, explica E. F. Otros exalumnos contactados por este periódico confirman la violencia rutinaria, aunque guardan buen recuerdo de sus años escolares, pero desconocían los abusos sexuales y se declaran sorprendidos y desolados al saberlo.

 El marista que recibe más acusaciones es el hermano Castañón, cinco testimonios. Ocurría a menudo en plena clase: “Nos metía mano a todos, te sentaba en su regazo y te metía la mano en los pantalones, en los genitales, mientras hacías la cuenta. Yo tenía 10 años”, recuerda E. F. “Eran muchos los que nos toqueteaban, el hermano Miguel, El Chosco... La sensación era siempre de estar a merced de que viniera alguno y te tocara”. El hermano Castañón desapareció de pronto un día. Corrió el rumor de que le habían sorprendido cometiendo un abuso, y que incluso otro religioso, que apareció con una mano vendada, le había dado una paliza. “No se podía contener”, resume otro exalumno. Según recuerdan estas personas, se dijo que lo habían enviado a León, aunque luego volvió al colegio de Vigo al cabo de unos años.

“De mí abusaron Castañón y El Chosco”, relata Blázquez. “Tendría siete años cuando todo empezó. El señuelo que normalmente utilizaban era invitarme a un caramelo o a un refresco en el recreo y, con este reclamo, me llevaban al laboratorio o a una de las clases de la planta baja. Me sentaban en sus rodillas y empezaban a sobarme por fuera y por dentro del pantalón corto manoseando mis genitales. Recuerdo especialmente el aliento fétido, los jadeos del Chosco y su sotana rota, sucia y maloliente. Era un niño muy pequeño y no entendía lo que estaba pasando. Tampoco podía soportar la burla que nos hacían los compañeros de cursos superiores a los que salíamos del laboratorio o de las clases en las que se llevaban a cabo los abusos. Ellos sabían bien lo que estaba pasando porque, sin duda, ya lo habían sufrido en su momento”. Otro alumno relata que Castañón le llevaba con su hermano al laboratorio y les masturbaba a los dos: “Recuerdo su respiración excitada”.

Tres testimonios, en total, acusan al hermano Luis, el Chosco. Celso X. López Pazos rememora: “Con cualquier pretexto nos llamaba para que fuéramos a hablar con él, en el recreo o nos enganchaba al acabar las clases. Me acercaba hacia él agarrándome por las muñecas y me balanceaba hacia su cuerpo que estaba con las piernas abiertas. Y así 5 o 10 minutos mientras me hablaba de no sé qué. Supongo que me usaría como un objeto sexual para excitarse. Este método del balanceo era generalizado”.

Otros tres exalumnos señalan al director, El Cerilla, que combinaba los tocamientos con auténticas palizas. E. F. cuenta que un sábado por la tarde, jugando en el colegio, se cayó en el barro. El director le llevó a su habitación, le desnudó y le metió en la bañera. “Luego me fue secando con una toalla, se recreó, yo estaba muy asustado, duró unos 15 minutos”, recuerda. La experiencia de López Pazos fue distinta: “Con 10 u 11 años, el director me llamó a dirección. Una vez en su despacho, me bajó los pantalones cortos, me puso en sus piernas, se sacó una de las zapatillas negras de goma y comenzó a pegarme en las nalgas. Muy fuerte. Al acabar comenzó a acariciarme las nalgas como para consolarme por el dolor sufrido”.

Con otro exalumno, que prefiere no revelar su nombre, las agresiones eran habituales: “Era sadismo puro. Yo era guapillo, y en la reválida de cuarto comencé a sentir su acoso. Continuamente me hacía llamar, incluso en mitad de una clase y me aterrorizaba entrar en aquel edificio. El motivo era el mal comportamiento, que ahora imagino inventado; no recuerdo haber hecho nada. Me bajaba los pantalones, me ponía en su regazo y con una regla fina me daba 20 varazos, siempre eran 20. El dolor era insoportable y tenía que disimular los negrones porque si mi madre los veía, pues lo de siempre, algo harías. Esta situación duró varios meses, hasta que un día no me dejé: ‘Usted no me toca’. Me dijo que entonces me expulsaría y luego, con dulzura: ‘No te resistas y todo pasará rápido’. Pero yo me fui, en casa dije que me habían expulsado, y desde ese día la relación con mis padres fue un verdadero infierno”. Este religioso, Agustín Antón del Cueto, falleció en 2006 y también pasó por centros maristas de otras ciudades: A Coruña, Segovia, Oviedo, Santiago de Compostela y León, según la información de la orden.

Un profesor con un látigo en clase

Dos personas acusan al hermano Miguel, que había combatido en la Guerra Civil y todos lo describen como un individuo muy violento, que golpeaba brutalmente con su bastón a los niños en la cabeza. “Disfrutaba creando pánico en los niños, no era normal, era una mala bestia”, describe una de estas personas. Otra, Juan Lojo Montojo, recuerda: “Un domingo me castigó, yo tenía 11 o 12 años, me puso a estudiar y al cabo de una hora me dijo que me sentara en su regazo. Entonces me metió la mano por el culo, los genitales, y cuando acabó me dio un beso y un caramelo”. 

Este religioso llevaba muchas actividades del colegio, del coro a los equipos deportivos, de balonmano y voleibol. E. F. corrobora: “No desaprovechaba ocasión para tocarte, se frotaba, te pellizcaba los pezones, si lo veías escapabas”. En los años setenta, el hermano Miguel, que ya ha fallecido, fue trasladado a A Coruña. Estas acusaciones contrastan con los elogios y el recuerdo afectuoso que tienen de él quienes lo conocieron en el Club Vigo de voleibol.

Además de los abusos, todos recuerdan una violencia constante. Uno de los maristas, apodado El Lupi, tenía incluso un látigo de sintasol que utilizaba asiduamente en clase. Varios recuerdan una práctica que relata Blázquez:

 “La tortura más dolorosa era la del corro en el patio. Un hermano nos hacía formar un círculo y elegía a uno de nosotros para empezar la sesión del quirófano, como él la llamaba. El elegido tenía que pegarle un tortazo al que estaba a su derecha y éste, a su vez, al siguiente. Podía haber una vuelta o más dependiendo del grado de satisfacción del hermano. Ahora bien, el tortazo que tenías que darle al compañero debía ser muy fuerte, porque si no venía el hermano y nos pegaba un enorme tortazo a los dos. Aquel despiadado disfrutaba viendo cómo nos atizábamos, la mayor parte de las veces llorando porque no soportábamos aquella tortura. Nunca olvidaré su sonrisa sádica”.

El exalumno que sufrió abusos con su hermano resume: “No decíamos nada en casa, tenías miedo a que te dijeran algo, teníamos miedo a todo, éramos niños temerosos. Miedo al pecado, a la muerte, al sexo, a los adultos, a todo. Era una educación perversa. Estabas metido en el terror pero no lo sabías, porque el mundo era así. El colegio era así”.               (Íñigo Domínguez, El País, 01/06/21)

3/12/18

La Iglesia aparta al exdeán de la Catedral de Santiago acusado de tocamientos a jóvenes

"Un sacerdote de Mondoñedo (Lugo) ha sido apartado por la Iglesia tras ser denunciado a finales de agosto por tocamientos ante el obispo de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol, Luis Ángel de las Heras. Se trata, según han confirmado a este periódico fuentes eclesiásticas, del exdeán de la Catedral de Santiago José María Díaz Fernández, de 88 años, máxima autoridad en el templo compostelano cuando fue robado el Códice Calixtino en 2011 y hermano del actual deán de la Catedral de Mondoñedo, Pedro Díaz Fernández.




José María Díaz ha sido apartado de sus funciones públicas después de que el prelado recibiera a finales de agosto una carta de un joven de Mondoñedo que relataba cómo el cura, retirado desde hace años en su localidad natal, le había “tocado el trasero” en las escaleras de la Catedral, principal plaza del municipio lucense, y en presencia de un amigo.

 El episodio ocurrió hace dos años, cuando era un menor de 17 años, pero la víctima alertaba además en aquella misiva de que otros muchachos de la localidad habían sufrido abusos similares por parte del mismo religioso. La Iglesia asegura que no ha recibido más denuncias pero asegura que está investigando si efectivamente hay más casos.

La diócesis inició la investigación interna el 3 de septiembre por este "episodio de acoso", unas pesquisas eclesiales en las que se recabaron más testimonios, entre ellos el del padre del denunciante, y que les llevaron a apartar cautelarmente al sacerdote "de sus funciones públicas, dentro del respeto a la presunción de inocencia", según confirman desde el Obispado.

Las indagaciones, en manos de un instructor nombrado por el obispo, siguen abiertas y, según informa la diócesis, se ajustan a "los actuales protocolos de la Iglesia" y "a la legislación civil vigente", porque se ha informado al denunciante de que está en su derecho de acudir "paralelamente" a la justicia ordinaria.

El obispo afirma en el comunicado hecho público este martes que suscribe la "condena de toda conducta inapropiada", pero, en declaraciones anteriores a La Voz de Galicia, ha restado importancia a lo ocurrido y ha achacado los tocamientos a menores del veterano cura a la “merma de facultades”, a “cosas de la edad”. De las Heras, que dirige la diócesis de Mondoñedo-Ferrol desde 2016, rebaja la gravedad del comportamiento del religioso con los menores afirmando que los muchachos que los sufrieron “no se sentían víctimas de nada”.

El denunciante, por su parte, que ha esperado a ser mayor de edad para contar lo ocurrido, advierte en su carta al prelado que el resto de afectados nunca se habían “atrevido” a relatar lo vivido. El Obispado sostiene que no ha recibido más denuncias contra el sacerdote y ha defendido su "compromiso con las víctimas" y su "colaboración con la justicia civil" y ha reclamado a "toda la sociedad" que lo haga "igualmente" para "generar espacios seguros en cualquiera de los ámbitos en los que, lamentablemente, se ha dado o pueden darse tales hechos execrables".

José María Díaz vive retirado en Mondoñedo, su pueblo natal, desde hace unos años, ya que dejó su cargo en el templo compostelano en 2012, tras la recuperación del Códice Calixtino. Su hermano, deán a su vez de la Catedral de Mondoñedo, ha salido en su defensa este martes en declaraciones a este periódico y ha calificado de "calumnia" la denuncia. Pedro Díaz asegura que la víctima "ha malinterpretado" al exdeán de Santiago y añade que tanto él como el acusado tienen "la conciencia tranquila"                    (Sonia Vizoso, El País, 27/11/18)

19/1/15

El robo en la catedral de Santiago era bastante generalizado. Allí robaban, “por poner un ejemplo: todos”... Tenían pisos que usaban como picaderos

"Un año después del robo, Serafín Castro, Jefe de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta, cerró el expediente y suspiró aliviado. Había resuelto exitosamente uno de los casos más complejos de toda su carrera. 

Serafín Castro, curtido en investigaciones contra mafias violentas de delincuentes profesionales, jamás podría haber supuesto que sería una banda integrada por un electricista, su mujer, su hijo y la novia de este la que le daría un vuelco a todo su modus operandi de investigación. 

Y esa mañana, en la rueda de prensa, se sentía orgulloso de un trabajo bien hecho. Abandonó la discreción que le hacía estar siempre discretamente entre bambalinas y, por primera vez en su carrera, se explayó:
"Desconfiábamos de él desde el tercer día pero lo importante no era identificar al ladrón si no que apareciese el libro. Cuando los compañeros policías se lo encontraban por la catedral le preguntaban: “Manolo, no habrás robado tú el códice” y él bajaba la cabeza y no decía ni que sí ni que no. Otro día le preguntamos, “A ver si alguien lo va a quemar, Manolo”, e instintivamente contestó. “No, no, no está quemado”. Aquí ya vimos que le había traicionado el subconsciente".
Podemos imaginar este año de espera, llevando la investigación de este modo tan gallegamente, con sentidiño, sin molestar mucho. “Manolo, venga dinos donde está, hombre”, con la paciencia cósmica que nos acompaña a los gallegos desde siglos, esperando que las cosas se arreglen por sí solas, sin forzarlas, mirando al perenne cielo lluvioso y diciendo: “a ver si escampa”. 

Más tarde todos se apuntaron al carro de ganador de “yo ya lo había imaginado”. El deán de la catedral dijo: “yo ya sospechaba de él porque como no le pagamos lo que le debíamos”. Pero el primero en tender su red de astutas trampas e ingeniosas celadas, “Manolo, no serás tú el que lo robó, ¿eh?”, fue Serafín Castro.

Y eso a pesar de que la relación que los investigadores entablaron con la jerarquía eclesiástica no fue todo lo productiva que cabía esperar. Recordaba un miembro del equipo que rescató el Códice: “Algunos mentían como cosacos, y otros se escabullían”, “por una cuestión o por otra, consideraban que tenían algo que esconder, que eran sospechosos de primera y se cerraban en banda”.

Antes, todos los expertos de los medios de comunicación locales aventuraron inteligentes teorías. Un medievalista llamado Bustamente mostró su sorpresa por el robo del Códice pues había otros libros que “son más de robar”. La Voz de Galicia habló de un secuestro del terrorismo islámico y lo razonaron de un modo irrefutable: “A fin de cuentas, el Apóstol es “Matamoros”. 

Solo Serafín sabía la verdad. Sabía que se enfrentaba a su Némesis, a su archienemigo, a alguien que desafiaba toda la lógica criminal conocida. Y ante los periodistas no dudó en hacer un retrato robot de la retorcida mente de ese super villano y de paso, un fino análisis sociológico de la realidad gallega:

--¿Qué quería hacer con el dinero? --se preguntó retóricamente Serafín Castro--. Lo típico de los gallegos, meterlo debajo del ladrillo y estar a la espera.

Y luego, haciendo uso de una figura literaria que no sé si calificar de pleonasmo o sinonimia, añadió: “es un hombre de carácter cerrado, oscuro, gallego, con unas costumbres algo rarillas y una vida muy monótona”.

Nada que ver con los peligrosos hampones con los que Serafín se habría enfrentado hasta ahora. El electricista era un tipo correoso, no era fácil cazarle. “Le preguntábamos si lo había robado él y contestaba: “no sé, no me acuerdo”. No era un hueso fácil de roer. Una mente complicada, perversa. 

Un tipo, como dijo luego el Deán, gran analista de la psicología humana: “con dos personalidades: una normal, y otra que le llevaba a apropiarse de objetos”. Y todo esto, sin dejar de acudir ni un solo día de su vida a la misa de siete y media a la catedral. Serafín se dijo: “el ladrón siempre vuelve a la escena del crimen pero lo de este hombre ya se pasa”. 

Habían puesto micros en su casa, intervenido el teléfono, pero nada. No es que no hablase del crimen. Es que en esa casa no se hablaba apenas de nada. Era galleguidad extrema. Los investigadores se pasaban horas escuchando el silencio. No, no había sido fácil. Sin embargo, al fin, la sutil trampa tendida durante un año entero se cerró inexorablemente sobre Manolo, el electricista.

Los indicios se acumularon. No solo se le había escapado en un momento de debilidad aquella frase delatora: “no, no, no, quemado no está” que tanto hizo sospechar a Serafín. Hubo más cosas. La policía descubrió que estaba tratando de comprarse un segundo piso en Milladoiro, uno de los pueblos arquitectónicamente más horrendos que uno pueda imaginar. 

Esto era en sí mismo un signo evidente de maldad: una vez puede haber picado cualquiera, así a lo tonto fue como se hinchó la burbuja. Pero comprar un segundo piso en semejante lugar denota sin duda una personalidad delicuencial. El electricista además había ido creando un auténtico emporio inmobiliario en los últimos años, con un garaje en Negreira, un trastero en O Grove, y, la joya de la corona, un ático en la parroquia de A Revolta. La dueña de la Cafetería Casalote dijo que se le había estropeado el Citroën Xantia y que la reparación “se le iba a ir a 2000 euros”. 

Y otros vecinos hicieron llegar otras informaciones anónimamente. Según estas, en ese modo tan nuestro de sí pero no, y no pero sí, aunque Manuel no tenía un estilo de vida ostentoso (“más bien al contrario” ), dejaba propinas en los bares “de más de un euro”. Para la policía esto ya fue definitivo.

Esa mañana un amplio dispositivo de agentes, apenas 360 días después de acumular las primeras sospechas, forzó la puerta de uno de los tesoros inmobiliarios del electricista y que resultó ser su guarida criminal secreta: el garaje/trastero de O Milladoiro. Begoña Bravo, vecina del barrio, narró el registro para V Televisión. 

“Solo encontraron basura y porquería” dijo. “Unos libros viejos y unas bandejas de plata”. Un rato después, la policía se hartó de hurgar entre la chatarra. Serafín aún piensa horrorizado: “qué cerca estuvimos de fallar, qué cerca”. Manuel era un genio indiscutible del crimen. Un maestro del disfraz y la falsificación. 

Entre sus aportaciones a la historia criminal estaba haberse falsificado para sí mismo un contrato de trabajo en el que pasaba de contratado por horas a personal fijo en la catedral. Si esto lo hicieran los demás parados de este país, otro gallo nos cantaría. Por no hablar que fue su astuto enmascaramiento de los objetos robados en un mar de desechos e inmundicias el que casi estuvo a punto de despistar a la policía. 

Para cuando llegó el juez, los agentes ya se habían aburrido de andar revolviendo sin éxito entre la cochambre y estaban entregados a sus asuntos, charlar de sus cosas, pensar en las musarañas, echarse un pitillito, en fin la vida de los servidores de la ley. Alguno disimulaba moviendo alguna bolsa desganadamente con el pie, como con aburrimiento.
Este fue el paisaje de desolación y fracaso que encontró su señoría, dos horas después de iniciado el registro. Begoña lo contó así:

--“El juez le preguntó a un policía: “¿has mirado aquí?” y el policía le contestó: “no, ya he mirao”.

Así, intentando escaquearse un poco, como esos niños que dicen que ya hicieron los deberes para que les dejen salir al parque a jugar. Sin embargo el juez fue a mirar igualmente. Apartó unos ladrillos y unos bloques de cemento, abrió unas bolsas “llenas de polvo” y allí estaba. De la emoción, rompió a llorar.

Sí, allí estaba el Códice, ese faro de la cristiandad. En una bolsa de plástico dentro de una caja toda jodida de un cesto de pinzas de la ropa. Al lado de los azulejos que habían sobrado de la reforma del baño, de una caja de botellas de tintorro, un garrafón y un catálogo de cerveza Estrella Galicia. 

 Rodeado de un cacho de bloque de hormigón, el taladro, una osamenta de ciervo y una jarra recuerdo de la Festa do Viño. Y allí, junto al Libro, otros libros, también robados, otras joyas históricas de valor incalculable que ni dios en la catedral se había dado cuenta de que faltaban.

En el registro se encontraron otras cosas. Los indudables hábitos gallegos del delincuente le habían hecho ir llevando unos libros donde metódicamente y cuidando muy bien la caligrafía “iba anotando en un diario todo lo que robaba”. Hoy: dos rosarios, robé tanto e instalé tres enchufes. Eran algo así. Tantos siglos jodiéndonos han generado una evolución adaptativa que hace que aquí llevemos la cuenta de todo.

El deán de la catedral, cuya oscura relación con el electricista nunca fue aclarada, identificó el libro nada más verlo, porque, como dijo Serafín Castro, "había reconocido las anotaciones que había hecho en él a lápiz”. Es de suponer que pensó que si sus antecesores curas habían hecho tantos dibujitos y garabatos de colores en el libro, por qué iba a ser él menos. 

En el Programa de Ana Rosa, haciendo uno de los circunloquios gallegos que nosotros comprendemos tan bien y que, por el contrario, nos vuelven enigmáticos para los demás, manifestó que "estaba satisfecho institucionalmente, pero no personalmente" añadiendo que no creía que la venganza fuese el móvil y atribuyendo el robo "a una manera de comportarse del acusado". Un modo de ser ladronzuelo en el que no tenemos que meternos.

En la misma lógica paciente y resignada de respeto a la personalidad manilarga, el canónigo Manuel Iglesias desveló por fin que desde 2004 iba sospechando que alguien sisaba dinero y que la contabilidad era un "calvario permanente" que nunca le daba lo "presupestado" (sic).

 Sus sospechas, metódicas, tranquilas, acumuladas durante ocho años, estallaron por fin con el caso de Manolo el electricista y han abierto otra línea paralela de investigación de sisas en los cepillos de la catedral en la que hay otros tres trabajadores implicados, “uno de ellos eclesiástico”. Al parecer aquello era la casa de tócame roque. 

Nada que ver, sin embargo, toda esta nueva mangancia de raterillos de tres al cuarto con la integridad del electricista que no dejó nunca de mantener su curioso sentido de la dignidad. Y cuando la policía se lo encontraba por ahí y le decía: "Manolo, mira que vas a ir a la cárcel" él contestaba: "Si voy al talego, con un misal y un rosario tengo bastante". (...)

A finales de ese año el Deán dimitió por “motivos personales” y pocas semanas después se hizo público que Castiñeiras entregó al juzgado un manuscrito de quince folios en el que detallaba interesantes costumbres de algunos miembros de la curia. Según el mismo, el robo en la catedral era bastante generalizado. Allí robaban, “por poner un ejemplo: todos”. Sisaban escondidos tras las cenizas del apóstol.

 Un sacerdote le “había puesto piso” a otro hombre al que cuidaba desde niño. Allí se entretenían con sus asuntillos mientras una anciana en silla de ruedas veía telenovelas. Tenían también otros pisos perfectamente identificados que usaban como picaderos. En un convento aparecían preservativos usados. 

Siempre según este escrito, los formadores de los seminaristas se deslizaban de noche en los dormitorios mientras estos dormían para tocarles el culo y el pene. Si alguno abría los ojos le decían: “tápate que vas a coger frío”. A veces se enamoraban del mismo seminarista y esto generaba odios incurables, pero, en general, estas cosas se contaban entre chanzas y jolgorio a la hora del café.

Castiñeiras cuenta que nunca sintió “tanta tristura” como por esas actitudes que “iban más allá de lo humanamente paternal”. Pero los 15 folios pueden quedarse en nada si se confirman los rumores acerca del contenido de las 31 libretas que atesoraba el electricista y donde se cree que se relatan detalladamente los encuentros sexuales de sacerdotes, miembros del Cabildo y monaguillos hasta un total de casi medio centenar de personas. 

La Iglesia, que como acusación particular pide el doble de pena que la Fiscalía, no las tiene todas consigo ante la amenaza del electricista de que todo esto “no es más que un pequeñísimo granito de arena de lo mucho que tengo por manifestar siendo todo verdad sin la más mínima mentira”.          (Jorge Armesto  , Diagonal, 19/01/15)