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28/5/24

ABANCA, el soporte financiero de la Xunta de Feijóo, exige que le regalen el estadio de Riazor

 "Una ciudad vestida de gala, esperando su momento, deseando retornar del infierno que supone la Primera RFEF (antigua Segunda B) para un histórico de nuestro fútbol como es el Deportivo de la Coruña. La ciudad gallega empezaba a despertar de la pesadilla el pasado fin de semana con un zapatazo de Lucas Pérez, que renunció a contratos millonarios por quedarse con su Dépor. Tras el pitido final que firmaba una victoria por la mínima pero cargada de significado, la euforia se desataba, la playa de Riazor se teñía de camisetas, bufandas y bengalas azules y blancas (como lo había hecho en la previa) y la fiesta alcanzaba altas horas da la madrugada.

Sin embargo, la celebración terminó resultando algo agridulce por el presunto veto de ABANCA, principal banco gallego y cuyo nombre aparece también en el estadio, para que el combinado coruñés no acudiera a la habitual recepción del Ayuntamiento, planificada para el pasado lunes, una vez pasada un poco la resaca emocional. La alcaldesa de la ciudad, Inés Rey -de signo socialista- acusó a la entidad bancaria de actuar “con ánimo de chantajear y sacar rédito particular” como propietaria del club por las discrepancias sobre el convenio para el uso del estadio.

La edil primera afeaba a ABANCA “no entender lo que es el Dépor” al “tratar ese amor -por unos colores- como un activo financiero”. Rey se lo dejaba muy claro al principal banco de la comunidad: “El deportivismo no está en venta y no será moneda de cambio para hacer caja”, ni permitirá que “nadie lo mercantilice”.

La pugna que mantienen la parte política y financiera tiene que ver con el emblemático Estadio de Riazor (ABANCA Riazor), que ha vivido noches europeas y visto a su equipo ganar ligas. El espacio se ha rendido a quienes han pasado por allí, sabiendo reconocer su calidad (basta recordar el taconazo de Guti), y ha aprendido a llorar los descensos. En definitiva, se trata de un estadio y una afición (reconocida abiertamente de izquierdas) que no se rinde ante nada ni nadie. Y eso es justo lo que pretenden transmitir los socialistas.

En concreto, ABANCA -a su vez soporte financiero de la Xunta que surge tras la fusión y el rescate de las antiguas cajas gallegas- propone el pago de un canon por el estadio. No obstante, la regidora socialista ha asegurado que no se trata de una cuestión negociada con el Consistorio. Al contrario, asegura que no han “exigido ningún canon” y que “no se les va a cobrar”. “No es una propuesta que esté sobre la mesa”, apuntalaba, haciendo hincapié asimismo en que su equipo de gobierno hará todo lo posible por garantizar que la “sede social” del equipo se quede en la ciudad. Así las cosas, la contienda queda clara: “No voy a regalar el estadio de todos a un banco”.

Lo que plantea el Ayuntamiento es algo mucho más social y pensando, sobre el papel, en el hincha, en aquel para el que un estadio de fútbol es mucho más que eso. Es un lugar donde evadirse de la rutina, donde te vuelven los recuerdos con tu padre, el beso en el descuento, las cervezas con los amigos. Llorar de alegría y felicidad a partes iguales. Saber que los domingos, da igual lo que pase, ya tienes plan. Seguramente en todo ello haya pensado la alcaldesa cuando anuncia que su idea es que el uso del estadio continúe siendo “con cesión gratuita”: “El convenio se firmará cuando ellos quieran”."                 (Rubén Rozas, El Plural, 17/05/24)

4/10/23

"Todo o que ocorreu coas '15' na selección española pasou antes no Deportivo"... La segunda entrenadora de Miguel Llorente, Ana González, rompe su silencio... "Tenía miedo de salir a la calle"

 "La protagonista de esta historia tenía 26 años cuando todo ocurrió. Hoy, con 28, ha conseguido reunir la "fuerza" para hablar. Ana González fue, durante la temporada 2021/2022, la segunda entrenadora de Miguel Llorente, el técnico que dirigió al Dépor Abanca y que provocó un terremoto en el club: un motín, una denuncia anónima, una investigación, una baja por ansiedad y una resolución exonerando al técnico.

Según testimonios a los que Relevo ha tenido acceso, el equipo femenino del club vivió durante esa temporada actitudes intimidatorias por parte de Llorente, que influyeron negativamente en el ambiente y provocaron que varias jugadoras manifestaran su deseo de abandonar el equipo. Su conducta también afectó a Ana, su segunda entrenadora, contratada "a media jornada", que acabó dejando su puesto de trabajo y su vinculación con el mundo del fútbol, tras meses de ayuda psicológica. Dos temporadas después, rompe su silencio en Relevo.

Nunca habías hablado públicamente, ¿por qué ahora?

No, nunca hablé públicamente. Creo que es el momento, creo que de alguna manera he renacido. Creo que se escuchó su historia, se escuchó lo que él quería decir, que es totalmente lícito, pero me toca a mí y me veo fuerte para hacerlo. Me toca. Tenía que hacerme fuerte para poder contar mi historia. Y a partir de aquí que la gente juzgue y conozca ambas versiones.

Vayamos al principio: ¿Cuándo empezaste a jugar al fútbol?

Empecé a jugar al fútbol con ocho años en un equipo de mi pueblo, en Redondela. Querían juntar a un grupo de chicas para un equipo femenino. Y así empezó todo. En mi pueblo. Primero de jugadora y acabé siendo portera. Iker Casillas era en el que más me fijaba. Tener referentes femeninos era imposible.

¿Y cómo llegas al fútbol profesional?

Me vine a estudiar a A Coruña. El primer año viajaba a Vigo con mi equipo, pero entrenaba a un equipo, el Orzán. En 2016, cuando se creó el Dépor Abanca, me llamaron para iniciar ese proyecto y fue donde me adentré de manera profesional. (...) Al tercer año, cuando el Dépor ascendió a Primera, yo era muy mayor. Tenía 23 años y no podía tener ficha del B. Entonces, me dijeron que tenía que decidir si acabar la carrera o marcharme fuera de Galicia y encontrar un equipo profesional. A mí me dolía todo, me dolía la muñeca, me dolía la espalda y decidí continuar por otro lado. El que era el segundo entrenador en el primer equipo, me dijo: "Oye, tengo un sitio para ti en el Orzán. Vente y enseña a las niñas, porque creo que vales". Y empecé a entrenar al equipo senior. 

 ¿Cómo vuelves al Dépor y cuál fue tu primera impresión de Miguel Llorente?

Me llegó por sorpresa la destitución de Manu Sánchez y Pablo Pereiro y me llegó por sorpresa una oferta de trabajo del Dépor para, en principio, ocupar un puesto, y después para ser segunda.

La primera impresión no fue hasta que llegamos a Abegondo. Nos reunieron a todos, vino David Villasuso (director general del club) y nos dijo: "Este es el primer entrenador". Yo la única referencia que tenía de él es lo que había leído los días anteriores sobre su currículum, dónde había estado, qué había hecho. Y fue allí, en el primer día de entrenamiento, cuando lo conocí. Vino con la que ahora es su mujer y poco más, o sea, una persona que venía a trabajar y punto.

¿Cuándo empiezas a pensar que algo no va bien?

No lo vi directamente hacia mí. Lo vi a través de mis compañeras y de las jugadoras. Con nosotros al principio era un tiento, pero lo veía con las jugadoras. Tenía actitudes que a mí no me gustaban. (...) Hacía referencia de forma despectiva a la discapacidad de Eva, que tiene un problema auditivo, y él siempre decía que cuando él hablaba, ella no le entendía porque era sorda, que estaba muy mimada… Alguna vez se metía con el peso de las jugadoras. A veces se lo decía directamente: "Estáis comiendo muchas veces fuera, que lo veo en redes sociales".

¿En qué cambió tu vida por trabajar con Llorente?

Hubo dos fases. Una primera fase donde me callaba todo, donde pensaba: "El trabajo es el trabajo y te encuentras a gente buena y a gente mala". Y una segunda fase donde llegó un momento que lo cogí a un lado y le dije: "Oye, esto no me parece normal, esto no es normal". Me di cuenta de que la situación laboral en la que estaba no era óptima, no era correcta. Me afectó en que, por ejemplo, veo mucho menos fútbol. Evito mirar fútbol, evito mirar redes sociales de cosas relacionadas con fútbol. He cortado lazos con el fútbol. No he vuelto a ningún otro campo. Notaba que no solo yo era segunda y él entrenador, yo era como un becario que tenía que adorarlo. Me cambió mi vida. Dejé de ir al gimnasio, dejé de quedar con gente, mi vida era casa y trabajo. Poco veía a la familia. Te metía miedo, miedo por todo. Estábamos finalizando la pandemia y me decía: "Es que te vas a contagiar, es que ten cuidado, es que deberías estar trabajando, deberías estar atenta del móvil". Es que yo el móvil creo que nunca lo tuve sin batería y si lo tenía sin batería era una ansiedad. Igual iba a tomar un café y yo llevaba mi portátil, mi tablet y el móvil por si acaso él necesitaba algo. Perdí todo.

 ¿Qué pasaba si tú no respondías al teléfono?

Pues alguna vez me lo recriminó. Más de una vez. Que tenía que estar atenta, que era mi trabajo y que tenía que estar disponible. Yo sentía que lo que tenía que hacer era normal. Decía: "Esto es trabajo. Esto es fútbol". Pero llegó un momento en el que me afectó a la salud. Dormía pocas horas, casi no comía o comía rápido… Yo le decía: "No sé ser segunda entrenadora, dime qué tengo que hacer". Yo estaba dispuesta a aprender, a todo.

Yo pensé que el problema era mío y pedí ayuda psicológica para que mejorara mi relación laboral. En la primera sesión dije: "Quiero mejorar mi relación laboral porque la culpa es mía, si yo no estoy cómoda, algo malo estaré haciendo yo".

Recuerdo que una vez terminé un vídeo a las doce de la noche y le pedí disculpas. Le dije: "Llorente, lo siento, te envío esto a estas horas de la noche porque acabo de terminar". Creo que ese día, me tomé el privilegio de salir a dar un paseo con mi pareja. Y me arrepentí. Es que tú tomabas una decisión y después te arrepentías porque sabías que había consecuencias. Me dijo que no era normal que le enviara cosas a esas horas, que él no tenía por qué estar disponible, que él tenía más vida. Al día siguiente, en el vestuario, me echó una bronca delante de todos mis compañeros, que eso no se hace, que él tuvo que ver el vídeo en un momento, que nosotros tenemos que dar una calidad perfecta, estar siempre ahí, al mínimo detalle. Si yo le enviaba un vídeo y él me contestaba a las dos de la madrugada porque estaba dando un paseo, yo en esas horas al principio me iba a dar una vuelta, pero después no me iba a dar una vuelta. Me quedaba en casa esperando a que él me dijera si el vídeo estaba bien, si estaba mal.

¿Se metía en tu vida privada?

Muchas veces. Por ejemplo, me encantaba ir al gimnasio. Entonces, él me decía que si iba al gimnasio con FFP2, que tuviera mucho cuidado, que no vaya a ser que cogiera el covid y tuviera que estar de baja, que cuándo le iba a devolver esos días a la empresa. Eso era una constante. Si quedaba con alguien, me decía que tenía que quedar fuera, en una terraza, por si acaso cogía el covid y que cómo le devolvía los días a la empresa. Si en navidades iba a comer con mi familia… Que tuviera mucho cuidado, que no cogiera el covid porque cuándo le devolvía esos días a la empresa. Y se metía en mi vida privada, en lo que hacía y lo que dejaba de hacer.

 También hacía lo mismo con las jugadoras. Se metía en las redes sociales para controlar con quién estaban y por dónde estaban y lo que hacían. Y muchas veces hacía capturas de pantalla de las redes sociales de las jugadoras y las enviaba al chat del cuerpo técnico y hacía comentarios de "igual estas dos están juntas" o "ésta engordó muchísimo". Y hacía comentarios sobre las parejas de alguna de las jugadoras, que "estaban muy buenas", que si "qué tetas más grandes tiene", "yo le daba"… Hacía referencias hacia el cuerpo de las jugadoras y hacia mi propio cuerpo. Él muchas veces entraba en el vestuario. Ellas tenían un carrito con toda la ropa. Entonces, él veía la ropa interior. Y él entraba y decía: "¡Eh! Estos tangas, no sé qué... Este tanga debe de ser de...". También hacía comentarios sobre una jugadora que era de Nigeria, comentarios racistas sobre su cultura, su personalidad, su forma de ser. Muchas veces tenía conductas agresivas hacia las jugadoras y parte del cuerpo técnico, me incluyo, muchas veces.

 También hacía comentarios sobre mi dislexia. Yo a la hora de expresarme soy un poco errática y cuando daba el análisis del equipo rival igual escribía unas letras y estaban cambiadas. Me cuesta medir bien las distancias, entonces si yo colocaba unos conos, él venía y los cambiaba. Y era como: "Joder, tienes que estar atenta. Te dije que eran cinco metros". Yo le decía: "Lo siento, es que no soy capaz de medir cinco metros". Hay palabras que las pronuncio mal, entonces las evitaba. Porque él soltaba una carcajada y yo me sentía mal porque sufrí mucho en el colegio por culpa de la dislexia. Yo le decía: "Mira, Llorente, yo tengo dislexia, esto es lo que ocurre. No es algo que pueda controlar". Él me respondía que él no sabía lo que era eso.

¿Cómo te afectó emocionalmente?

Yo tenía ataques de ansiedad porque no dormía, no descansaba. Yo estaba hasta las 04:00 trabajando, dormía y dejaba el ordenador encendido con una alarma para despertarme. Era una ansiedad constante por estar disponible, por estar 24 horas.

¿Cuándo te diste cuenta de que no era solo tu responsabilidad?

Hablé con una compañera del club que me dijo: "A mí también me está pasando". Se me encendió la luz. Empecé a contactar con el coordinador, con el que tenía buena relación, con el entrenador del B, que había sido mi entrenador, y empezamos a unir todos los lazos: "Oye, a mí me pasó esto con él", "a mí me pasó esto"... Te empieza a llegar información y dices: "No es culpa mía. Es este señor". Y las jugadoras empezaban a hablar entre ellas, pasabas por ahí y lo veías, muchas veces lloraban después de los partidos. El ambiente no era el que tenía que ser.

¿Cómo definirías ese ambiente?

Tenso. Constantemente, había tensión en el ambiente. Era una tensión constante por no cometer un error, no decir una palabra que estuviera mal dicha y sobre todo, el estar ahí permanentemente. 

 ¿Era habitual que las jugadoras lloraran?

Empezó a ser habitual a partir de enero o febrero. Es verdad que los resultados no acompañaban. Pero no era porque tuviéramos malas jugadoras. Teníamos un perfil muy bueno, que competían muy bien. Pero necesitan una base, un entorno que les ayude a competir bien.

La actitud de él era de superioridad, de alguna manera, intentaba que el grupo de jugadoras no se rebelase. Entonces, te hacía sentir inferior con sus comentarios. Un pequeño comentario: "Oye, no comas tanto". Con pequeños comentarios y pequeñas actitudes te hacía sentir cada vez peor, que no valías para estar allí, que mejor que te dedicases a otra cosa.

¿Te contactaron alguna vez para explicarte su situación y decirte que querían dejar el fútbol?

Sí, hubo en concreto dos jugadoras. Ale Serrano y la portera Ana Vallés, que lo dejó justo el año que finalizó el contrato.

¿Forzaba a jugadoras que no estaban bien físicamente a jugar?

Sí, a muchas, muchas. Por ejemplo, en un encuentro ante el Racing, que fue mi último partido, hubo varias jugadoras vendadas en la zona del muslo porque tenían microroturas musculares o rotura muscular y tenían que forzar porque él no confiaba en otra gente que no fueran ellas.

 ¿Cómo recuerdas ese año?

El año más duro emocionalmente para mí. Por un momento, dejé de ser persona. Dejé de pensar en mí, en lo que yo sentía, para centrarme en eso. Es como una relación tóxica que todo tu alrededor te dice que no está bien y tú dices: "No, bueno, ya cambiará, ya irá a mejor". Y te das cuenta de que no, que tú cada vez estás peor por dentro y lo de fuera tampoco mejora. Empecé con mucha ilusión. Era el trabajo de mi vida. Lo seguiré diciendo, y quien tenga amor por algo, sabe que es un amor incondicional. Y eso es lo que yo siento por el fútbol, un amor incondicional que por mucho daño que te haga, siempre lo vas a seguir queriendo. Ese era el trabajo de mi vida, el sueño de mi vida y se me jodió, se me jodió (se emociona). Dije: "Si esto es vivir del fútbol como entrenadora, no lo quiero. Si yo no puedo proteger a las jugadoras, si yo no puedo cambiar el deporte o cómo tratan a las jugadoras, yo no quiero estar ahí. Porque es una mierda, es una mierda cómo se trata a las jugadoras. El número que llevas detrás es el que te representa. El resto les da igual si estudias o no estudias, si te va bien, o te va mal. Tenía claro que si en algún momento llegaba a adquirir el rol dentro de un staff, estaba segura de que lo que me habían hecho a mí no les iba a pasar a ellas. Y pasó.

¿Cómo viviste el darte cuenta de que cambiar eso estaba por encima de ti?

Yo ya lo sabía. Cuando entré, dije: "Yo aquí voy a tener que pelear para hacerme un sitio, no sólo para cambiar la estructura, sino para que una mujer esté dentro. Yo aquí voy a tener que pelear mucho para hacer ver mi validez como segunda entrenadora". Yo ya lo sabía desde un inicio. Mi experiencia era poca, mi currículum era bueno, pero yo sabía que tenía que darlo todo. Lo que no sabía era que darlo todo suponía quedarme igual que como estaba.

¿Llorente te hacía comentarios sobre tu preparación?

Sí, con que yo tenía menos nivel de entrenador que él. Y yo le decía todo el rato: "Yo tengo el mismo nivel que tú. Tú tienes un nivel académico y yo tengo un nivel académico, tenemos el mismo nivel". Y ese comentario se repetía muchas veces. "Ah no, tú tienes un nivel dos". "No, yo tengo un nivel tres, aparte de que tengo una carrera, aparte de que tengo un posgrado, aparte de que voy a querer seguir estudiando". Yo pensaba: "O lo haces aposta o no quieres que yo a nivel curricular sea mejor que tú". No lo entendía. (...) El otro día recordé algo que mi mente había evitado. Y fue cuando Miguel Llorente me gritó delante de las jugadoras, que se quedaron pálidas. Me gritó de una forma desmedida. Creo que yo hacía los cambios de peto y creo que en ese momento no lo hice bien y me gritó de una forma que ellas se quedaron pálidas, pálidas. Acabó el entrenamiento y le dije que eso no se hacía, que si tenía algo que decirme lo hiciera en privado, que no me volviera a hacer eso. Me costó la vida entera, pero se lo dije. Pensé: "O le paras los pies o te agarra el brazo". No me pidió disculpas. Me dijo: "Bueno, mujer, tenemos que darle lo mejor a las jugadoras. A veces te tengo que apretar un poquito". 

 ¿Cómo fueron los días previos a tomar la decisión de marcharte?

Me armé de todo. Recuerdo que me puse enferma, fui con fiebre a trabajar, estaba con amigdalitis. Fui a trabajar, vi que mi salud mental y física estaban empeorando y dije: "Hasta aquí hemos llegado. Mi cuerpo me está dando señales de que pare ya". Y así fue. Hablé con el coordinador y le dije: "Aitor, que me voy". Qué feliz me sentía. Me había sacado kilos de encima, había adelgazado. Sabía la que me venía encima. Había tomado la decisión, pero yo misma quise controlar cómo me iba a ir. Lo tenía muy decidido. Y antes de irme voy a hacer las cosas bien, lo mejor posible para que cuando me vaya nadie tenga nada que decirme. Y así fue. Desde el principio yo tenía claro que el primero que tenía que saber que yo me iba era Llorente. Le dije que me iba porque nuestra relación era mala, porque su actitud hacia mí no era la correcta y a mí no me estaba gustando. Le fui muy clara. Me pidió que me quedara. El siguiente paso era hablar con el club. Mi intención era decirle por qué me iba. Contacté con Villasuso (director general) por correo y me dijo que no podía. Me encontré a Rocío Candal (directora deportiva), hablé con ella, le conté la situación, que yo sé que ella lo sabía previamente. Ya estaba avisada de cómo era Llorente. Entre una cosa y la otra, hasta el martes no tuvimos la reunión. Les conté todo lo que había sucedido, todo lo que me pasaba a mí y cuál era el motivo de que yo me fuera. Les dije: "Esto es lo que hay, haced lo que vosotros creáis. Pero ojo cuidado, lo que tenéis aquí". Se abrió una investigación, no por esa reunión, sino por un correo que llega al canal ético. [El club inició el protocolo para esclarecer lo sucedido tras la llegada, esa misma noche, de un correo anónimo al Canal Ético, la herramienta habilitada por el Dépor para denunciar este tipo de situaciones].

¿Crees que el club actuó debidamente?

Yo era igual que una jugadora con un número a la espalda y había que apagar ese fuego, así lo sentí. Sentí que estaba obligada por mí y por las jugadoras a decirles lo que estaba pasando, pero sabía que pocas decisiones iban a tomar. Creo que el club no actuó de la forma que debía por la gravedad del asunto, que se vio obligado a actuar, no porque yo me iba, sino por la carta que llegó al canal ético. Pienso que lo que hizo el club fue protegerse a sí mismo y hacer como que allí no había pasado nada. Pero es verdad que al llegar la carta al canal ético tuvieron que intervenir. Pero estoy segurísima de que si no hubiera llegado la carta no se hubieran tomado medidas.

 ¿Cómo recibiste el resultado de la investigación?

Yo fui a la reunión sabiendo que quizás lo que decía no llegaba a puerto. Es decir, yo iba a leer lo mío y yo sólo me quería marchar y contar mi historia, contar lo que había sucedido y lo que había pasado. Ya sabía qué iba a pasar. Yo decía: "Podemos tener todas las pruebas del mundo que esto no va a llegar a buen puerto". A mí me iba llegando información de cómo se estaban haciendo las reuniones, a quién se reunía, con quién se hablaba y a mí no me daba buena sensación. Yo ya sabía que aquello no iba a llegar a buen puerto y cuando salió la resolución, que me llegó por el comunicado del club vía redes sociales, nadie me dijo nada. Me reí. Porque el comunicado decía: "No pasa nada, todo está bien, pero te llamo la atención".

¿Crees que Miguel Llorente representaba los valores del club?

Miguel Llorente desconocía los valores del club. El Dépor es muy grande. El Dépor es grande y suena a tópico porque se escucha mucho, pero el club es grande por los aficionados que tiene, por todo lo que le rodea, por su historia. No es un club cualquiera y los que están dentro, muchos de ellos, lo tratan como un club cualquiera y no lo es. Mueve mucha gente. La pasión por el fútbol que a mí me hace llorar es esa pasión que siente la gente por el club, que les hace llorar. Y lo están jodiendo. Lo están perjudicando.

¿Cómo fueron los días posteriores? 

Por miedo, por ansiedad, por angustia, me encerré en mi casa durante dos meses. Estuve dos meses en casa, tenía ataques de ansiedad varias veces al día. Mi día era dormir, levantarme y ponerme la tele. Tenía que tener todas las persianas bajadas hasta abajo del todo para que la gente no me viera desde la calle. No podía coger el coche, no podía ir al supermercado. Tenía miedo de salir de casa. Si salía, tenía que salir con alguien. Tenía miedo de que él viniera y me recriminara todo lo que estaba sucediendo. Sobre todo, que me recriminara que le había jodido la vida. Esa fue la sensación, la sensación de que nadie se había creído mi historia, que simplemente era una niña, que había tenido una oportunidad y que tenía que quedarme con eso, que mucha suerte había tenido de estar allí. Y esa fue la sensación.

 ¿Alguna vez, después de aquella reunión, hablaste con el club? 

Después de la reunión recibí varias llamadas de David Villasuso. Alguna en la que me recriminaba el motín de las jugadoras, que yo lo había provocado, que eso no era en lo que habíamos quedado, que no le dejé actuar, que no le había dado tiempo, que si sabía algo de la carta, que si había sido yo. Esas fueron las llamadas. La última fue para ir a testificar a la ciudad deportiva, pero me negué. Evidentemente, para mí yo era la víctima y aquel era mi agresor. Yo no quería ir donde él estaba. A partir de ahí no recibí más respuesta del club, ni una llamada, ni una carta.

¿Hasta hoy? 

Hasta hoy."               (Marta Caparrós, Relevo, 03/10/23)

 

"A principios do mes de xullo de 2022, Bibiana Santiso, tradutora, intérprete e formadora que traballaba desde había anos de maneira externa para o Real Club Deportivo, recibe un correo electrónico do director xeral do club, David Villasuso, onde lle advirten de que non contarán máis cos seus servizos. 

Só unhas semanas antes, Santiso cargara nas súas redes sociais contra o daquela adestrador do equipo feminino do club, Miguel Llorente, que viña de ser restituído no cargo tras ser apartado temporalmente e investigado por unha denuncia anónima na canle que o club abrira para advertir de "incumprimentos ou posibles incumprimentos" do seu código ético. Antes, Bibiana xa informara ao club da grave situación que estaba acontecendo polo trato do técnico con algunhas futbolistas. 

Aquelas denuncias, que se vincularon principalmente co racismo sufrido por unha xogadora e algún comentario e comportamento pouco apropiado, tiñan moito máis de fondo. "Calquera sabe que por soltar uns tacos non pasa o que pasou", explica Santiso, ex-futbolista, traballadora daquela do club, intérprete e portavoz d'A Terra, o balón mais elas, asociación que pula pola visibilización de mulleres e nenas dentro do fútbol e pola "eliminación de todo tipo de barreiras e obstáculos", que recolle denuncias sobre discriminación. 

"Todo o que pasou coas 15 na selección española pasou antes no Deportivo", explica Santiso para deitar luz sobre unha revolta interna contra o adestrador que acabou sendo case totalmente silenciada, que agromou algo con aquela denuncia anónima vía mail, que tivo demasiadas consecuencias e a restitución do técnico sinalado como resolución. Mesmo houbo un escrito denunciando a gravidade dunha situación que "sabían de sobra dentro do club". Nunca saíu á luz.

Aquel anuncio da apertura dun expediente ao técnico do Deportivo na tempada 2021-22 chegara pouco despois da dimisión e da denuncia da súa segunda adestradora, Ana González, unha moza de 26 anos entón que, dous anos despois, vén de conceder unha entrevista en Relevo. Nela denuncia a dura situación persoal vivida pola súa relación laboral con Llorente, un día despois de que o mesmo medio debullase nunha reportaxe o "motín do Depor contra o seu adestrador" e algún detalle sobre o acontecido, segundo a súa versión, naquel vestiario. Varias integrantes terían advertido ao club de abuso de poder, burlas, comentarios racistas ou sexistas do técnico e das consecuencias en forma de "medo", "ansiedade" e bágoas constantes entre varias mulleres.

"Foi durísimo, moi complicado ter que xestionar todo aquilo", revive agora, dous anos despois, Santiso, testemuña de moito do ocorrido polo seu labor no club e, nomeadamente, como intérprete de Charity Adule, xogadora nixeriana que, segundo di, sufriu racismo. Bibiana asegura ter sido testemuña de comentarios como "todos os negros son iguais, non se queren integrar", por parte de Llorente.

Respecto de por que os detalles daquilo saen agora, dous anos despois, Bibiana Santiso di que "as entende a elas porque se sentían moi vulnerables". "Leva tempo procesar que estás sendo vítima, máis aínda cando estás nun club como o Deportivo, exposta publicamente, sabendo que todo o mundo vai opinar. Sénteste moi soa porque é como loitar contra un xigante", explica, en referencia sobre todo a Ana González, que na entrevista en Relevo debulla un inferno. "Notaba que eu só era a segunda e el o adestrador, como unha bolseira que tiña que adoralo. (...) Cambioume a vida, tiña medo de saír á rúa", di. 

"Era o traballo da miña vida, o soño da miña vida e fodeuse, fodeuse", di emocionada nun vídeo. "Dixen: se isto é vivir de fútbol como adestradora, non o quero. Se eu non podo protexer as xogadoras, se non podo cambiar o deporte ou como tratan as xogadoras, non quero estar aí. Porque é unha merda, é unha merda como se trata as xogadoras (...). Estaba seguro de que o que me fixeran pasar a min non lles ía pasar a elas. E pasou". reflexiona quen dixo que foi o ano "máis duro" da súa vida. "Por un momento, deixei de ser persoa", conta quen fala do "medo, a ansiedade e angustia" que lle provocou o temor a que Llorente "viñese" e lle "recriminase" todo o que sucedeu.

Porque o adestrador sinalouna a ela en rolda de prensa logo de ser restituído no cargo e despois de que o Deportivo concluíse que non se producira "ningunha actuación irregular nin sancionable". "O que fixo, baixo o meu punto de vista, é desmedido e desmesurado. (...) Como se pode facer tanto dano a unha persoa; pasei dúas semanas moi malas. (...) Non merezo isto", dixera Llorente en rolda de prensa. "Fíxose a vítima e saíu como se tal cousa, dando por riba leccións", lembra Santiso, que tamén tivo algún problema con el e escoitou de primeira man varias denuncias de xogadoras e membros do equipo.

Segundo contan as damnificadas en Relevo —e din outras fontes—, o adestrador actuaba de forma despectiva e agresiva, intentaba ridiculizar a futbolistas... "Tanto me ten que sexa xorda, é unha mimada", disque dixo respecto de Eva Dios, xogadora con problemas auditivos. Alba Merino, a daquela capitá, asegura no mesmo medio que moitas compañeiras víronse "afectadas psicoloxicamente", "choraban de ansiedade" e pediron deixar o Deportivo. Varias perderon as ganas por adestrar e xogar. 

A finais de marzo de 2022, todo estoupou. Días despois de que Ana González abandonase o club e explicase todo o que sufrira. O Deportivo ofreceulle seguir na entidade, pero no filial. As xogadoras rebeláronse e negáronse a adestrar con Llorente tras coñecer por boca da capitá as denuncias da súa segunda adestradora. O club, segundo o relato de Alba Merino e doutras fontes, non as apoiou de todo e non foi nada contundente, todo o contrario. Noutra información de Relevo, a capitá explica que a entidade intentou que a crise non transcendese e acúsaa de reprendar as futbolistas que se rebelaran.

A carta na que explicaban a súa decisión de pedir a marcha do adestrador estaba lista pero non chegou a facerse pública nunca. En cambio, ao club chegou un correo anónimo denunciando comentarios despectivos, faltas de respecto, presións para que futbolistas xogasen lesionadas... Entre outras cousas. O Deportivo abriu a investigación e acabou reincorporando o adestrador. 

A decepción cos responsables daquela do club é evidente. Pola súa feble actuación ante as denuncias de varias xogadoras que ían chegando aos poucos. Ningún daqueles dirixentes queda xa no Deportivo. O último, e máis sinalado, o que era director xeral, David Villasuso, acaba de regresar a Abanca, propietario e máximo accionista da entidade. 

Durante a investigación, levada a cabo por unha avogada e unha analista de Abanca, Santiso foi unha das entrevistadas. A intérprete denuncia que as investigadoras non tiveron nun principio en conta parte do seu testemuño. Contoulles que Llorente a agarrou do brazo obrigándoa a manter unha conversa con el contra a súa vontade, diante de máis persoas do club, pero ese relato non aparecía na transcrición da súa declaración. Esixiu que se incluíse no escrito antes de firmala e así o fixeron finalmente. 

Este martes, logo do impacto mediático do descrito en Relevo, o Deportivo emitiu un comunicado no que aclara que o asunto "foi resolto hai dúas temporadas" e que "na actualidade xa non seguen no organigrama do club ningunha das persoas vinculadas ao mesmo". "No seu día as persoas responsables seguiron todos os protocolos de compliance que estaban establecidos nese momento, contando nese proceso con profesionais independentes", engade.

Ademais, e "máis aló da resolución tomada naquel momento", o Deportivo di "lamentar profundamente que calquera persoa puidese sentirse tratada de forma inadecuada" no club. Nun breve comunicado, engade que censura "de forma contundente" calquera "actitude que non responda os valores de respecto e igualdade que debe representar o fútbol". 

"As mulleres do Real Club Deportivo velaron moito máis pola imaxe do club que o club por elas", lembra agora sobre o acontecido Santiso, que cre que algúns dos responsables que Abanca puxo no Dépor "ensuciaron" moito do que convertera a entidade nun referente no fútbol feminino: pola súa aposta decidida, polas boas condicións para as xogadoras e polos seus resultados (tres das recentes campioas do mundo con España formaron parte do club non hai demasiado). 

O caso é coñecido con máis detalle, pero foi tamén agochado durante moitos meses. Ata que saíu á luz agora, pouco despois de toda a polémica xurdida arredor da selección española, precedida da rebelión das 15 futbolistas que pediran xa cambios na estrutura da Federación Española antes do Mundial e do posterior motín, tamén, das campioas do mundo tras o bico non consentido de Rubiales a Jenni Hermoso. 

"Pode que saber isto agora tamén sirva para que moita xente abra as ollos sobre o que ocorre", di Santiso, que deixa unha reflexión: "No fútbol feminino faise todo internamente, pero como a maioría dos dirixentes son homes, é como dar contra un muro; nin os clubs nin as federacións están preparados para manexar estes temas". Así, advirte dun problema de "machismo estrutural" e da necesidade de que aumente a presenza feminina nas altas instancias do fútbol e do deporte e de que haxa un protocolo claro para arranxar estes problemas.  

"Se o fas pola canle interna, bloquéante, e se o fas publicamente, parece que todo ten que ser en grupo e unánime, como se o trato denigrante non puidese ser a unhas persoas ou como se fixese falta a unanimidade para ter razón", resume Santiso, que aínda hoxe se pregunta como aquilo que ocorreu no Deportivo puido acabar así: restituíndo no seu posto ao adestrador. "En serio?", pregúntase. "                 (Miguel Pardo, PrazaGal, 03/10/23)

28/5/23

¡¡¡ OPA RACING !!! ... El Racing de Ferrol asciende a Segunda División 15 años después

 "El Racing de Ferrol consigue una victoria épica contra el Celta B y asciende a Segunda.

 Jaume Jardí. Este es el nombre del nuevo héroe del Racing de Ferrol. El catalán fue el autor de los dos goles que valieron el ascenso a Segunda. El equipo ferrolano logró abrir la lata en el minuto 80, cuando el partido encaraba la recta final y se ponía cuesta arriba para los de Cristobal Parralo.

A Malata ya había estallado de alegría unos minutos antes, tras un gol de Heber Pena que fue anulado por fuera de juego. El canterano racinguista había pedido el cambio, pero justo antes pudo rematar un balón a la red tras un saque de esquina. La locura se desató en el estadio ferrolano, pero la alegría duró poco, ya que la linier levantó el banderín. Heber Pena se iba lesionado y entraba Jaume Jardí, que acabó convirtiéndose en el gran protagonista.

Al Racing le valía también igualar el resultado del Alcorcón, pero los madrileños no fallaron en casa y ganaron por 2-0 al San Sebastián de los Reyes en Santo Domingo. Así, los de Parralo estaban obligados a conseguir la victoria. El Celta estaba con 10 y se aproximó con peligro en los minutos finales, pero un nuevo gol de Jaume Jardí ponía la tranquilidad en la grada.

El campo estuvo lleno y lo dio todo durante los 90 minutos, entonando la mítica Ferrol de Los Limones, que se ha convertido en todo un himno esta temporada. El empuje de la grada fue clave para los jugadores, que no dejaron de creer, al igual que la hinchada, en esos goles que al final llegaron de las botas de Jaume Jardí, un jugador que ya es historia del Racing y de Ferrol.

Ferrol se tiñó de verde

Ferrol vivió este sábado uno de sus grandes días. La ciudad se volcó por completo para disfrutar del posible ascenso del equipo. La previa del partido se convirtió en una auténtica fiesta con conciertos, barras en la calle y cientos de aficionados que visten de verde para la gran cita.

La hinchada ferrolana se dio cita en la céntrica calle de la Magdalena para celebrar la previa del choque. Allí disfrutaron de los conciertos de Malditos Pendejos y DJ Pachirulo, antes de hacer un corteo hasta el estadio de A Malata."               (Adrián Lede, Quincemil, 27/05/23)


"El Racing de Ferrol asciende a Segunda División 15 años después.

(...)  Campeón del grupo primero de la Primera Federación, el conjunto naval completa una temporada de renacimiento del apoyo de la afición tras tres lustros entre la Segunda División B y la Tercera, que ha permitido rozar el lleno en varias ocasiones durante el curso."     (Diario de Ferrol, 27/05/23)

 

"El equipo departamental vuelve al fútbol profesional dando la sorpresa en el Grupo I con muchos triunfadores: Mouriz, Parralo, De Vicente, Héber Luis Chacón…

El Racing de Ferrol ya es equipo de Segunda. El conjunto departamental regresa al fútbol profesional después de aprovechar su ventaja con el Alcorcón en una última jornada de liga a la que llegaba con ventaja. De esta forma, el histórico club ferrolano vuelve a una categoría que no pisaba desde la temporada 2007-2008. Un largo camino de 15 años lleno de sinsabores y penitencias que incluso le llevaron a militar en Tercera cuatro temporadas. Una etapa negra que comenzó a ver la luz en 2017 cuando Ignacio Rivera, presidente de ‘Estrella Galicia’, se hizo cargo del club en compañía de un grupo de empresarios

 El aterrizaje del ‘Élite Administración y Gestión’, con la presidencia de Pepe Criado, trajo calma, sentido común y el fichaje de Carlos Mouriz, un director deportivo, o casi general, de la entidad, de reconocida trayectoria. Con la estabilidad por bandera, acertó de pleno con la contratación para el banquillo de un Cristóbal Parralo que ha cumplido este año su tercera temporada al frente del conjunto verde demostrando su entidad como entrenador y la importancia de apostar y mantener un proyecto.

El primer año de Parralo se logró la clasificación para Primera RFEF. El segundo, se siguió creciendo y se entró en playoff, donde el Racing cayó en semifinales ante el Nàstic. Al tercero ha llegado el ascenso a Segunda con una plantilla que ha combinado continuidad, acierto en el mercado y presencia de la cantera. Los Gazzaniga, Jon García o un Héber por el que el club hizo un gran esfuerzo para retenerlo, son parte de esa ‘vieja guardia’. En los recién llegados destaca Carlos Vicente, sin duda candidato al MVP del Grupo I, o un Manu Justo fundamental con sus goles. Un coctel al que se añadieron jóvenes como Brais o un Luis Chacón que ha sido determinante en el tramo final de liga. Aunque Jardi, con sus dos goles ante el Celta B, se ha convertido en el héroe del ascenso.

La regularidad fue la nota predominante de la temporada, pero combinada con la paciencia cuando el equipo acumuló una racha de dos victorias, dos empates y siete derrotas entre la jornada 9ª y 18ª. A pesar de esto, los departamentales solo han estado en toda la temporada dos jornadas fuera de playoff y han demostrado en el tramo final de liga ser justos campeones por encima de los dubitativos Alcorcón, Castilla y Deportivo. Nueve victorias y una sola derrota en los doce encuentros previos a la gran ‘final’ ante el Celta B es argumento suficiente para entender el exitazo de un Racing de Ferrol que se prepara para jugar en Segunda con una clara ambición agazapado en la sombra: seguir creciendo paso a paso.

Ola verde y mejoras en A Malata

Casi al mismo ritmo que el Racing iba confirmando su candidatura al ascenso directo se fue despertando la pasión por el equipo. Si el club iniciaba 2022 con algo menos de 3.000 socios, en enero de este año ya eran más de 3.500. Una ola que fue creciendo en Ferrol, ciudad de 67.000 habitantes, hasta teñir de verde A Malata (12.000 espectadores). El estadio municipal, inaugurado en 1993, completó a tiempo la reforma de sus gradas gracias al apoyo de la Diputación para la gran final de este sábado ante el Celta B. Las mejoras permitirán al Racing regresar a Segunda con una instalación de garantías y con la meta de superar el récord de 5.500 abonados que se logró en la temporada 2000-2001 en Segunda con el recordado Isidro Silveira en la presidencia."               (Luis de la Cruz, AS, 28/05/23)


"«¡Que se prepare Segunda, el racinguismo vuelve para quedarse!».

Las lágrimas de emoción de una conmovida Lucía corriendo por sus mejillas decoradas con dos corazones verdes encarnan la locura que vivió A Malata. Hubo tensión, nervios, enfado y mucha, mucha alegría y pasión por ver al Racing lograr la gesta de volver a Segunda. Y, aunque tocó que esperar hasta la recta final para celebrarlo, con el primer gol de la noche el sentimiento racinguista se desbordó.

«¡Me caso con Jardí!», pedía Marina desde la grada con una emoción totalmente descontrolada. Se sufrió como nunca, pero así las fiestas merecen mucho más la pena. Y, tal y como empezó el partido, coreando el himno de Los Limones, ese sé que aquí nací, aquí quiero quedarme, aquí está mi hogar, donde se acaba el mar, el árbitro daba el pitido final y estallaba la emoción.

«Estoy, que no me lo creo. Aún no creo que se haya conseguido y que el año que viene vayamos a estar en Segunda», decía Jesús emocionado. Arropado por una bandera racinguista y entre ella su hija Elena, es otro de los rostros que no podían aguantar las lágrimas. «De lo que más me alegro es de que lo haya podido vivir mi hija, y que pueda ver al Racing en Segunda», reconocía.

El estadio se vino abajo con la celebración, coreando y animando a una plantilla que bailó, gritó y lloró dando la vuelta al campo en sintonía con la emoción de la grada. «¡Que bote A Malata! ¡Somos de Segunda oé oé!», gritaba el respetable. El público y los jugadores eran uno, sintiendo la misma emoción por haber logrado la gesta. Se sella así un idilio que lleva fraguándose toda una temporada.

«Beso a beso, me enamoré de ti», coreó el racinguismo durante los primeros instantes del partido. Una tarde histórica que comenzó con un espectacular mosaico y un ensordecedor aplauso para recibir a los jugadores. «Nunca había visto nada así», comentaban emocionados durante los primeros compases Mateo y Jaime, dos jóvenes ferrolanos. Como era de esperar no entraba ni un alfiler en las gradas de una A Malata que sufrió de lo lindo durante los primeros 45 minutos.

Era una fiesta, pero el respetable era consciente de que no sería nada fácil. «¡Bien Manzanara!», ¡Vamos Héber!», «¡Buen corte Jon!», gritaba el público a algunas de las acciones más destacadas de la primera parte. Pero la tensión se fue acrecentando. Y más cuando se corrió la voz del gol del Alcorcón. «¡Papá, papá! Dice Mateo que ha metió gol el Alcorcón. ¡No puede ser!», lamentaba Pablo, un pequeño debutante en lo que a finales de infarto se refiere.

Pasaban los minutos, pero la ausencia de gol no hacía mella en una afición que se puso en pie para corear «¡Joselu!» en el minuto 22. El capitán estaba en los corazones de las once mil personas que atestaron el estadio.

«¡Vamos chicos, que aún hay tiempo!», «¡Un poco de nervio! Que nos están ganando por el físico!», fueron otros de los gritos de la afición antes del descanso. También hubo quien pidió ya mover banquillo. «¡Necesitamos a Bernal!», reclamaba una racinguista. El final de los primeros 45 minutos, con el 0-0 en el marcador, agudizó la tensión.

Pero la afición tiró de garra para convertirse en el jugador número 12. Se enfadó como nunca con las decisiones arbitrales. Tocaba convertir A Malata en una caldera, y los presentes no fallaron. Esa mezcla de enfado y ganas se tornó en júbilo y cánticos con la sucesión de dos goles. «¡Que se prepare Segunda, el racinguismo vuelve para quedarse!», gritó Pepe.

Lo vivido en Ferrol pasará a la historia del Racing y de la ciudad, no solo por lo deportivo. El fútbol tiene el poder de unir. Y los ferrolanos se echaron a la calle bien pronto, al mediodía, para comenzar a disfrutar de un día que ya se preveía mágico. A Magdalena fue este sábado una marea verde. Más que nunca.

Era una previa muy especial con la hostelería y las peñas unidas. Miles de personas colapsaron un centro convertido en un escenario de música en directo y barras. En medio de una marabunta verde destaca un grupo de amigos vestidos de traje. Tiene un porqué: «¡Nos vamos de boda!», corean. Mike, Ale, Nes, Felipe y Vences disfrutan del ambiente previo antes de tumbar rumbo a una boda a las dos de la tarde. Cumplen con todo. «Se puede disfrutar de todo», comentan. Se cumplió la porra que vaticinaban ocho horas antes, un 2-0.

Y a ese mismo escenario, el barrio de A Magdalena, regresaría mucho del público que se agolpó en A Malata. «¡Yo hoy no paso por casa!», reconocían cuatro amigos, Lidia, Carmela, Alberto y Pedro. Ellos disfrutaron de la previa, bajaron andando al estadio, y no dudaban en que seguirían la fiesta ahora. «Esto es impresionante. Hoy no se duerme. Vamos directos a votar», advertían.

«Esto parece Nápoles, con las bengalas y todos cantando». Así resumía un aficionado lo que se vivió en la zona del Cantón de Molins después de la gesta del Racing en A Malata. La fiebre verde que se había venido cocinando en los últimos meses y la tensión de un choque agónico eclosionaron en una vorágine festiva a la que los asistentes no querían poner fin.

«Esto son mínimo dos días de fiesta, que yo me cogí la semana entera de vacaciones solo para esto», interpelaba otro hincha racinguista a su grupo de amigos. La realidad es que, por su edad y la de la mayoría de los congregados frente al teatro Jofre, nunca habían vivido nada igual y ya piensan en siguientes epopeyas futboleras. Incluso en poder ver al Racing en los grandes estadios de España. «Yo a Paiosaco no vuelvo, si es así cuelgo la camiseta», bromea Álvaro García, que se ha desplazado desde Barcelona para ver el partido y que, señala, hasta el personal de la aerolínea tuvo la deferencia de desearle suerte en el vuelo. «Cuando me subí al avión y había más personas con la camiseta del Racing, aluciné; parece que hoy todo el mundo es de Ferrol», concluye intentando elevar el tono por encima de los cánticos eufóricos de su pandilla.

Como la experiencia siempre es un grado, Vanesa y Óscar, que también han decidido acudir a celebrar el ascenso, apelan a disfrutar del momento y «seguir trabajando como hasta ahora». ¿Y ahora qué? «Mantenernos, mantenernos», destacan al unísono. Acudieron al Cantón acompañadas del mismo grupo con el que celebraron el ascenso del 2000, aunque se han ido sumando nuevos integrantes. «Mi marido y mi hija no estaban entonces, así que somos más», subraya emocionada.

Camaradería infinita

Botes continuos, fuegos de artificio y bengalas inundaron la plaza de Galicia de luz. No hubo baño en la fuente del Cantón, que, aunque lucía iluminada de verde, carecía de agua. Pero no impidió a los seguidores del equipo de la ciudad exhibir, ya sin freno, un orgullo que llevaba latente muchos meses. Y es que este Racing, más allá de lo vivido a lo largo de la presente campaña a nivel deportivo, ha conseguido reactivar el sentimiento de pertenencia de mayores y pequeños, que han llevado con orgullo el escudo del club y el nombre de la ciudad a un nutrido número de estadios del territorio nacional y que ya sueñan con nuevos viajes. «Ahora vamos a poder ir en avión a muchos sitios y esto ya es otro nivel. Es algo de locos», exclama otro de los muchos jóvenes que acaban de empezar una noche que será difícil de olvidar.

Los más pequeños se preguntaban unos a otros por la llegada de los jugadores, que no acudieron finalmente hasta la zona del festejo. «No os preocupéis, que esto va a durar días, todavía queda la celebración en el Ayuntamiento, y ahí ya están todos y saludan desde el balcón», los consolaba un joven allí congregado.

«Opa Racing, es un sentimiento, no puedo parar», resonaban los cánticos emitidos por las centenares de gargantas reunidas en el corazón de la ciudad para declarar su amor, el incondicional y el que está comenzando a brotar también, por el club de la ciudad.

Y es que el idilio entre el Racing y Ferrol quedó patente ya desde primera hora en una calle Magdalena abarrotada hasta la bandera. No faltaron los nietos, las abuelas, los hosteleros ni tampoco los comerciantes. El fútbol y el Racing han devuelto la ilusión a un Ferrol enfervorecido, completamente entregado a la causa. «Ojalá esta fiesta no se acabase nunca», confesaba exultante una joven a otra antes de enfilar de nuevo el rumbo hacia la calle Magdalena para continuar brincando, abrazando al compañero de grada o saludando al vecino con un decidido «aúpa Racing». Ferrol se desmelena y esto es solo el principio."         (Carla Elías, E. de la Barrera, La Voz, 28/05/23)

10/5/23

In Memoriam... Arsenio Iglesias, el constructor de un sueño... El hijo pequeño de una familia numerosa y humilde, tanto, que el primer regalo de Reyes que recordaba fue una naranja, empezó a jugar al fútbol como empezaban antes los brasileños: descalzo con una pelota improvisada... Más o menos a la misma hora en que los restos de Arsenio Iglesias eran enterrados en el cementerio de Arteixo, escuché unas declaraciones del presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, en las que decía que los árbitros debieran proteger a los jugadores que daban espectáculo. Me vino a la cabeza otra frase del viejo entrenador: “Estoy harto de los ganadores natos”

 "“Hay un hombre en Riazor al que tratan como un cabrón / nadie se quiere acordar que fue él quien nos ascendió, nos salvó en la promoción y a la UEFA nos llevó / Tribuna menos criticar, dedicaros a animar / Arsenio tú nunca te irás, con los Blues siempre estarás / Este canto es para ti, venga todos a cantar: Arsenio quédate, Arsenio quédate, Arsenio quédate!"

(Canto de los Riazor Blues)

 “Arsenio Iglesias, el que fuera entrenador de Deportivo y Real Madrid, entre otros, ha fallecido en la mañana de este viernes a los 92 años”, reza el titular de un importante diario deportivo. Se puede no decir ninguna mentira y no contar nada verdadero, y este es un claro ejemplo. Es cierto que Arsenio Iglesias Pardo (Baiuca, Arteixo, Nochebuena de 1930) entrenó al equipo coruñés y al madrileño, pero eso es como decir –con perdón– que un austríaco apellidado Hitler participó tanto en la Primera Guerra Mundial como en la Segunda. A ningún entrenador lo han despedido cientos de personas haciendo cola durante la noche y bajo la lluvia para visitar la capilla ardiente, y miles arropando el coche fúnebre que lo llevó a su última residencia. Y muchos han ganado títulos muy importantes, en más de un equipo, algunos también se han hecho carne con su club, pero pocos como él han hecho realidad un sueño que permaneció incluso después de su retirada. Tampoco demasiados han logrado que su personalidad trascendiera –para bien– a su profesión, hasta el punto de ser querido no sólo por los seguidores de su equipo, sino por los de los rivales acérrimos. “Era el segundo abuelo de todos”, dijo alguien en Twitter.

 El hijo pequeño de una familia numerosa (numerosa de las de antes, nueve hijos) y humilde. Tanto, que el primer regalo de Reyes que recuerda fue una naranja. Empezó a jugar al fútbol como empezaban antes los brasileños: descalzo con una pelota improvisada. Después en el Penouqueira, llamado así por un monte de la zona cuyo nombre (viene a significar “peñascal”) ya da idea de las condiciones en las que se jugaba. El dribling endemoniado que tenía lo llevó al Bergantiños y antes de cumplir los 20 años ya estaba en el Fabril (el filial del Deportivo, con tanta historia que jamás se ha dejado llamar “Deportivo B”). Y en la temporada 1951-52 debutó en Primera con el Deportivo. Contra el Barcelona en Les Corts. El suyo fue el único gol que encajó en el partido Ramallets. Las crónicas dicen que el recién llegado fue a pedirle perdón al mítico portero. Él lo desmintió –“soy aldeano, pero no tonto”–, pero por ahí sigue rodando la especie.

 Arsenio le metía goles a Ramallets, pero seguía recorriendo todos los días en trolebús (el transporte público de la época en A Coruña) el trayecto entre Arteixo y la ciudad. O más exactamente, la Plaza de Pontevedra. Allí, además de la sede del Deportivo, estaba la frontera. La de la-Coruña-de-toda-la-vida. Incluso en aquellos años, en sus árboles colgaban los aperos los campesinos que venían de Arteixo, de las comarcas de Bergantiños y Soneira, a ofrecerse como hortelanos. Mentalmente –y físicamente no demasiadas veces– Arsenio nunca traspasó ese límite. Todo, desde sus amigos a sus inversiones inmobiliarias y negocios –entre ellos una librería–, estaba en esa zona “extramuros”. Los coruñeses del otro lado del istmo se lo reprocharon en varias ocasiones.

 Como a Luis Suárez, Amancio Amaro y en general a todos los que destacaban en el Deportivo –y no sólo en el Deportivo, claro–, al fino driblador le llegó la llamada de los grandes. Tenía una oferta del sempiterno agujero negro, el Real Madrid, pero se decidió por otro equipo blanco: el Sevilla, que entonces adiestraba Helenio Herrera. Aquella temporada, 57-58, jugó con el equipo andaluz la Copa de Europa. Al siguiente, sin Herrera, recaló en el Granada (el suyo fue el único tanto granadino en la final de la Copa contra el Barça) y después jugó en el Oviedo y en Albacete antes de cerrar su etapa de jugador, en 1966. Al año siguiente abrió la de entrenador en el equipo en el que prácticamente se había estrenado en su faceta anterior, el Fabril, y de ahí, como veinte años justos antes, al Deportivo. Lo subió a Primera División y lo mantuvo allí dos temporadas más. En 1973 inició otro peregrinaje: el Hércules, al que subió a Primera, y después erró por los banquillos del Zaragoza, Burgos, Elche y Almería.

Para él fue una vida de emigrante. Uno más. En los cinco años que jugó en el Deportivo y vivía en Arteixo no llegó a pisar una sala de cine, nunca entró en un casino (“entré una vez en uno en Montevideo, en los años 50, pero entré por una puerta y salí por otra”) y en Zaragoza la directiva llegó a llamarle la atención porque la pensión en la que vivía no era la adecuada al rango de entrenador del equipo de la ciudad. “No fui muy feliz en ese sentido, aunque profesionalmente las cosas no me podían ir mejor. Supongo que será el carácter, un poco quisquilloso. Yo sé lo que es vivir en una constante soledad, pero solo, solo”, me confesaba en una entrevista en 1993.

 La peregrinación acabó en 1982, cuando regresó al Deportivo. Estuvo tres años, y se fue. Quizá porque cuando los resultados o el juego no cumplían las expectativas, siempre altas, de la afición, había gritos en tribuna de “vuélvete a tu pueblo”, entre otros. Estaba en el Compostela cuando un presidente recién nombrado, con nombre y apellido de emperador, Augusto César (César es apellido) Lendoiro, lo fue a buscar para evitar el desastre: el equipo estaba a punto de bajar a Segunda B (donde está ahora, pese que al flamante nombre de 1ª RFEF). Arsenio lo salvó, esa temporada, lo condujo a semifinales de copa en la siguiente y en la tercera lo depositó en la División de Honor, como había hecho 20 años antes. Lo dejó allí y anunció que se retiraba. Se volvió a su pueblo, al que lo mandaban los de tribuna cada dos por tres.

La ausencia, y el retiro, no llegaron a durar ni una temporada. El entrenador con pedigrí que contentaba a los espectadores de puro habano, también con nombre de emperador, Marco Antonio Boronat, acercó al equipo a la sima de Segunda, y Lendoiro volvió a llamar a la puerta del pueblerino. El Dépor se salvó en el último partido. Entre los muchos espectadores que no las tenían todas consigo aquella tarde había dos brasileños. “Bebeto y yo ya teníamos un acuerdo con el Dépor, pero nos mirábamos incrédulos: si pierden ¿vamos a jugar en Segunda?”, me contó después Mauro Silva, el enorme jugador que hasta entonces nunca había metido un gol y después no sé si metió uno. Con Bebeto, que ya entonces era internacional, Mauro, los hermanos Fran y José Ramón González, un serbio al que no conocía nadie y vino regalado, Djukic, y unos segundos espadas sacados de aquí y de allá (el portero, Paco Liaño, que después fue Trofeo Zamora dos temporadas y comparte con Oblak el récord de portero menos goleado en una temporada, recibió la llamada cuando ya había decido retirarse) armó el que sería el Súper Dépor.

 La memoria es traidora. Nos asegura que Arsenio Iglesias fue el eterno entrenador del Deportivo. Y sí, lo condujo en 566 partidos oficiales, el récord del club (jugó con su camiseta 146 veces), pero la etapa del Súper Dépor (“tanto Súper y tanta hostia”, despotricó una vez que le empataron en los últimos minutos) fueron tres temporadas y media. La Champions como segunda residencia. La Copa del Rey conseguida contra el Real Madrid en su propio campo el año en que celebraba su centenario y el título de Liga tenían a otra persona al timón, Javier Irureta, pero para la memoria quedarán como triunfos de Arsenio. Como Juan el Bautista, él preparó el camino.

En aquella primera temporada, la 91-92, logró la permanencia. En la del 92-93, el Dépor fue líder varias veces y acabó tercero y clasificado para la UEFA. En la siguiente, se mantuvo en cabeza media liga, y en la última jornada, el título dependía del partido en casa contra el Valencia, que no se jugaba nada. Nada futbolístico. “Cuidado con la fiesta, que te la quitan de los fuciños, pero inmediatamente”, había advertido. Todos hemos visto aquel penalti que Djukic falló (yo hasta en Singapur, un año después) como todos intuimos qué iba a pasar en cuanto el serbio tomó aliento y carrerilla. No se ha contado tanto que miles de espectadores saltaron al campo a abrazar al desolado jugador, y que Arsenio (“yo ya venía llorado de casa”) dio una rueda de prensa en la que no echó los habituales balones fuera que se echan en estos casos, pidió perdón por desilusionar a todos los aficionados (“Nadie sabe lo que siento por esos neniños, cuando los veo por España adelante, descamisados, siempre detrás del equipo…”, había dicho de los Riazor Blues en una ocasión) y se fue, con toda la sala de prensa aplaudiéndole, puesta en pie.

 Quizás también el fútbol escriba derecho con renglones torcidos. En la temporada siguiente, de nuevo subcampeón, el Deportivo se jugaba ante el Valencia su primer título, la Copa del Rey, en el Bernabéu. Era junio de 1995. Estaban 1-1 en el minuto 79, cuando una tormenta qué llegó a inundar los vestuarios interrumpió el juego. En el primero de los 11 minutos restantes que se jugaron una semana después, Alfredo Santaelena, un jugador de estatura discreta, superaba de cabeza a Andoni Zubizarreta, la torre que defendía la portería valenciana. Todo el mundo asumió que aquel título, el primero del Deportivo (recientemente se ha descubierto que ganó otra Copa en 1912), era algo que el destino le debía a Arsenio Iglesias. El entrenador, quizá para curarse en salud, había declarado antes del partido: “La derrota es más humana”. Esta vez, sin embargo, les tocó a otros ser más humanos.

 E, igual que había hecho cuando devolvió al equipo a Primera, ganó el título y se fue. Había tenido roces con algunos jugadores, y sobre todo con el presidente Lendoiro, que no se recataba en anunciar que había fichado para su puesto a John Benjamin Toshack. Se fue de Riazor solo, sin más compañía que la de su amigo O Navallas, su compañero de mili y chófer del Deportivo. De nuevo no fue cierto. El Real Madrid había despedido a Valdano a media temporada 95-96, y requirió al entrenador de moda. El Arsenio que actuaba como un padre de los jugadores, vigilando hasta la cantidad de vino que tomaban, se encontró con un vestuario de divos a los que nada les decía un viejo con acento gallego. Raúl González, cuando todavía era un imberbe, le montó una trifulca en público cuando lo sustituyó. En un viaje a Zaragoza, el bus hizo una parada no prevista en una gasolinera, y el utillero bajó apresurado y volvió con bolsas de hielo. “No se habrá lastimado alguno…”, le preguntó inquieto Arsenio a su segundo Mariano García Remón. El segundo subió al piso de arriba del bus y comprobó que el hielo era para enfriar, pero no ningún músculo dolorido. De la misma forma, la prensa madrileña se cebó en él de una forma que, en algunos casos, hoy sería delito de odio. Después de un calvario de 19 partidos, Arsenio Iglesias volvió a casa. Esta vez de verdad. Únicamente se puso el chándal de nuevo para dirigir, en compañía de Fernando Vázquez, a la selección gallega en varios partidos entre 2005 y 2008.

Más o menos a la misma hora en que los restos de Arsenio Iglesias eran enterrados en el cementerio de Arteixo, escuché unas declaraciones del presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, en las que decía que los árbitros debieran proteger a los jugadores que daban espectáculo. Me vino a la cabeza otra frase del viejo entrenador: “Estoy harto de los ganadores natos”.                 (Xosé Manuel Pereiro  , CTXT, 9/05/2023)

21/4/23

La parábola de Lucas Pérez, el chico de barrio que volvió a casa para rescatar al Dépor El jugador tomó una decisión insólita: dejar a su club de Primera, el Cádiz, para jugar dos categorías por debajo con el equipo de su ciudad. Renunció a un contrato millonario. Su reto es devolverlo a la máxima categoría. A Coruña lo idolatra

 "Un joven de poco más de 30 años acerca la cara al portal de un edificio de viviendas de barrio. Viste ropa deportiva y lleva un corte de pelo degradado con la raya al lado a machete. Con las manos en las sienes hace pantalla para tratar de ver el interior. Al momento llega una señora, llave en mano y, sin mediar saludo, le habla como si fuera familia: “Lucas, bienvenido a casa otra vez, nuestra casa. Estamos felices, sobre todo los que te conocemos desde que eras un bebé”. Lucas Pérez incorpora la mirada como un niño al que han sorprendido espiando a sus vecinos, ajeno al hecho de que, probablemente, hoy es el hombre más famoso de la ciudad. Sonríe y sigue paseando por el lugar donde creció. “Qué recuerdos”, casi suspira mientras le echa otro vistazo al portal. “Aquí no nos dejaban jugar con el balón. Enseguida bajaba algún vecino y nos regañaba”.

Monelos es un barrio obrero de A Coruña cuya espina dorsal está formada por una hilera de ocho edificios de 14 pisos conocidos como las torres de los marineros. Allí se criaron miles de niños nacidos en los años setenta y ochenta, en un escenario prototípico de la época: bloques simétricos, enjambres de chavales jugando al fútbol en soportales y descampados y una animada vida social en los bares y comercios. Y, también, mucha droga en el ambiente: “Esta plaza antes tenía efectos especiales”, dice Pérez al pasar por un lugar hoy totalmente cambiado. Un supermercado con aparcamiento, un centro cívico y una biblioteca ocupan el solar donde aparcaba el bus de la metadona, que él recuerda ver mientras jugaba con sus amigos. En vez de un pedregal con charcos eternos, hoy se levanta un parque infantil con suelo de goma. Por ningún lado asoman porterías improvisadas ni hordas de niños corriendo tras un balón, tal y como sucedía en aquellos tempranos años noventa. El que más corría, el que más gritaba, el que más quería la pelota era el mismo que hoy va saludando aquí y allá. O Neno de Monelos.

Lucas Pérez (A Coruña, 34 años) soñaba con ser futbolista del equipo de su ciudad, el de la camiseta de rayas blancas y azules que solía llevar desde pequeño. El Deportivo, un equipo con larga y sinuosa historia, vivía por entonces su época de mayor gloria: era un habitual de las competiciones europeas; en 1995 ganó su primera Copa del Rey y su primera Supercopa, y en el año 2000 se convirtió en el noveno campeón de Liga —y último hasta hoy— de la historia. Aquellos hitos los vivió el Lucas niño en la grada de Riazor, el estadio del Dépor. Como si fuera una película, una parábola de superación, él logró saltar de la tribuna al césped. Elegido entre un millón, el chaval de Monelos alcanzó el fútbol profesional. Aunque para ello tuvo que vencer las tribulaciones familiares no elegidas, y luego conocer los caminos más oscuros del deporte, pistolas y sobres de dinero mediante (el presidente del club ucranio donde jugó negoció su salario con un arma sobre la mesa y pagaba a sus jugadores con fajos de billetes. Si consideraba que rendían menos, el fajo adelgazaba).

Deslumbró y jugó la Champions con un grande de la Liga inglesa —el Arsenal—, ganó títulos, regresó a España —pasó por el Alavés, el Elche y el Cádiz— y, con 34 años, goleando en la élite y en plena forma, tomó el pasado mes de diciembre una decisión impensable: dejó todo, ofertas millonarias y contratos de Primera División, para irse a cumplir un sueño: volver al Deportivo. Pero no a aquel que le cautivó en la edad de enamorar a un niño futbolero, sino a un Dépor que transita por el barro de la Primera Federación (tercera categoría) desde hace tres temporadas, resacoso de aquellos éxitos de hace dos décadas. “Yo no vengo a la tercera división, vengo al Deportivo”, dijo en su presentación a principios de enero. “Y vengo a ayudar”, repite a sus vecinos más de 20 años después, convertido en ídolo, en las calles del barrio donde creció.

“No podía imaginar que iba a tener tanta repercusión”. La noticia del regreso a casa de Lucas Pérez desató una tormenta de atención futbolística global, amplificada por una coincidencia suma en un deporte convertido hace tiempo en un negocio sin corazón: ocurrió la misma semana en que un club de Arabia Saudí anunció la llegada de Cristiano Ronaldo por una ficha de 200 millones de euros al año. El Deportivo tiene todavía una fila de medios internacionales aguardando para entrevistar al protagonista del cuento contra el fútbol moderno. Hace dos meses, Pérez estaba marcando goles en Primera División. Su equipo, el Cádiz, le acercó una oferta de ampliación de contrato por dos millones de euros netos. Pero el jugador lo rechazó y se reunió con el presidente del club gaditano, Manuel Vizcaíno, para hacerle un inusual ruego: “Deja que me vaya al Deportivo”. La petición llevaba implícito renunciar a (mucho) dinero, bajar dos categorías y, encima, poner medio millón del propio bolsillo del futbolista para ayudar a costear un fichaje inalcanzable para un equipo de Primera Federación, por más que tenga trofeos en las vitrinas y esté respaldado por Abanca, propietario actual del club coruñés. Vizcaíno terminó aceptando. “¿Cómo le voy a decir que no a un jugador que me pide volver a casa?”, explicaría después. Los propios hinchas del Cádiz, encantados con el rendimiento del delantero coruñés, comprendieron su deseo.

No lo entendía tanto su círculo más próximo: “¿Cómo vas a irte de Primera?”, le decía su representante e íntimo amigo, Loren, que trató de que entrara en razón: “Todavía te quedan unos años en Primera. Ya tendrás tiempo de ir al Dépor”. No hubo manera. “Aposté por volver”, cuenta Pérez sacando palabras de las entrañas. “Yo, cuando salgo de Riazor, me voy a mi sofá, pero al sofá de verdad de mi casa. En los otros lugares donde jugué me iba a un sofá, sí, pero no en el que yo crecí. Donde uno se cría es especial para toda la vida, es una esencia única”.

En realidad llevaba años queriendo regresar a casa. Hasta jugando en el Arsenal de Londres, la cumbre de su carrera, martilleaba la cabeza de su representante. “Se quería ir, se quería ir. Mi Dépor, mi Dépor, mi Dépor… Todo el día con eso. Siempre mi Dépor”, cuenta Loren. El 30 de diciembre jugó su último partido con el Cádiz. Y marcó el gol del empate. Al salir del vestuario se encontró al presidente. No se dijeron nada, solo se dieron un abrazo. Horas después estaba en A Coruña y era presentado a lo grande. Unas 7.000 personas —algunos dicen que varios miles más— se reunieron un día entre semana para recibir a O Neno de Monelos. Parecía una de aquellas puestas de largo de los jugadores brasileños que traía el histórico presidente Augusto César Lendoiro a Riazor y que también vivió in situ el propio Lucas de niño, hace ya un cuarto de siglo.

“Nos sentábamos a comer pipas y soñar con ser futbolistas”, dice Pérez mientras sigue paseando por Monelos. “Esa imagen, y no el dinero, era la que me rondaba para decidir si dejaba Primera División o no. Recordar aquello y pensar: ¿qué haría aquel niño de ocho años que soñaba con llegar a Primera si ahora le digo que lo abandona porque quiere? Tú hablas contigo mismo y te preguntas: querías marcarle goles al Barça y al Madrid, estar en la Selección. ¿Se consigue estando en Primera RFEF? No, claro que no, por eso me hizo dudar. Pero yo he renunciado a todo eso para estar en paz conmigo mismo. ¿Cuál es mi último reto? El de todos los deportivistas, pero en mi caso jugando en el campo: ascender y volver. La vida del futbolista es muy corta y todos queremos que nos recuerden. Si yo al retirarme consigo que el Dépor vuelva a Primera y que los niños en la calle me reconozcan por eso, entonces mi decisión ya queda ahí para toda la vida”.

Lucas acaba de ser padre por primera vez. Y cada mención hacia su hijo recién nacido remite a su propia vida, en la que hubo de tomar decisiones sin referencias adultas desde crío. Todo es comparación involuntaria con aquello que no tuvo. “Yo me crie con mis abuelos por parte de padre, que trabajaba en alta mar, embarcado en el Gran Sol. Por parte materna la familia era muy desestructurada, por culpa de la droga. Mi madre era drogadicta y me abandonó. Nunca más supe de ella. Solo se me presentó una vez, cuando yo ya estaba en el Dépor, pero para mí mi madre realmente fue mi abuela. Ella murió, como mi abuelo, cuando yo era adolescente”, cuenta Pérez, sin poder evitar que asomen las lágrimas.

Para entonces, aquel chaval con la competitividad en la mirada ya había iniciado un camino de trotamundos con el fútbol, cocinando a golpes una carrera fructífera y trufada de quiebres, igual que su propio fútbol. Aquel delantero zurdo y eléctrico que despuntaba en el club Victoria, un clásico coruñés, y más tarde en los juveniles del Arteixo, no llamó, sin embargo, la atención de las categorías inferiores del Dépor, más proclive a pagar talento foráneo. En cambio, apareció el Alavés y lo reclutó para su cantera. Tardó unos meses en volver a Galicia. Un regreso duro: Pérez todavía era un juvenil, pero sin casa, familia ni red de apoyo, tuvo que tomar decisiones de adulto. La familia de su amigo Iván lo acogió y le dio un techo mientras se ganaba el pan en el modesto club Órdenes. Entrenaba, peleaba y marcaba goles en campos embarrados sin plan B. Apostaba todo a un objetivo: convertirse en futbolista profesional. “Mentalidad de tiburón”, lo define el propio Lucas. Iván y él están unidos desde entonces como hermanos.

La grieta de oportunidad la abrió el Atlético de Madrid B. Se coló Pérez por ella y de ahí saltó al Rayo Vallecano un año después, donde llegó a debutar en el primer equipo. Uno de sus compañeros en aquella alineación era Lorenzo Román, Loren, ahora su representante, socio, amigo y padrino de su hijo. Su otro hermano. Y cuando Pérez, un chico que se quedó sin nadie antes de la mayoría de edad, dice “hermano” es que es hermano. “Yo, o todo o nada. Para lo bueno y para lo malo soy así”, afirma. Loren sonríe y asiente. Pérez es todo pasión alimentada por una vida de pelea. Hasta su forma de hablar, de expresarse, es intensa, clara, cargada de sentimiento. Huye de frases hechas y clichés de futbolista. Se emociona, ríe, gesticula y envuelve todo con un inconfundible acento coruñés, seña de identidad de los barrios de la ciudad que, como un cordón umbilical, lo ha mantenido siempre conectado a su origen.

Los impagos de los Ruiz-Mateos en el Rayo Vallecano lo empujaron a Ucrania, su primera oportunidad como profesional, en 2011. Un obrero del fútbol. Allí vivió situaciones surrealistas. “El presidente nos llamaba a su despacho cada mes para pagarnos con un sobre lleno de billetes. Si consideraba que no habías jugado bien, te quitaba un 30%. Todo con una pistola encima de la mesa. Había meses que no nos pagaba. Yo un día me planté y no fui a entrenar. Curiosamente, luego me llamó de madrugada y me dijo que fuera a su despacho a cobrar todo lo que me debía. Si no lo hacía, no vería más el dinero”.

Pese a todo, en el entorno ríspido del Karpaty Lviv, Pérez descolló y se consolidó como futbolista. Por eso lo vino a buscar el presidente del PAOK de Salónica griego, y pronto se convirtió en uno de los mejores jugadores de la Liga de ese país. En una secuencia recurrente en su carrera, solamente lo pudieron retener un año porque vino a llamar a la puerta el club de su vida: el Dépor, por entonces en Primera División. Como un prólogo de lo que luego vendría, Pérez renunció a casi un millón de euros que le ofrecía el PAOK para vestirse, por primera vez, la blanquiazul a cambio de 150.000 euros por año. En A Coruña jugó dos temporadas a gran altura y mantuvo al equipo en la élite, lo que lo llevó a fichar por el Arsenal, uno de los grandes de la Premier League, donde ganó dos títulos. “Viví la salvación del Dépor y gané la FA Cup [el trofeo con más tradición de Inglaterra], y te puedo asegurar que fue mucho mejor la salvación del Dépor”, rememora con gesto serio, dejando claro que no es una exageración. Loren, su representante, completa: “Ni entonces quería irse de aquí. Llegó el Arsenal y me decía: ‘Arregla la forma de que pueda renovar, no quiero irme de Coruña’. Pero en Londres ponían 20 millones. Fue el Dépor el que le dijo que necesitaban venderlo”.

Regresó una temporada más tarde a Riazor, la 2017-2018, la más amarga de su carrera en su propia casa, al descender a Segunda. Se marchó al West Ham, luego al Alavés y al Elche, y finalmente al Cádiz, pero nunca se llegó a ir del todo: “Desde mi marcha del Alavés yo quería ya volver a casa, pero no se puede dar y sigo. Pero las ganas ya estaban ahí”. Finalmente, lo hizo con 34 años y sin haber jugado como profesional en otra categoría que no fuera Primera División. Ahora bajaba dos escalones por sentimiento. Pérez recuerda cómo el presidente del Cádiz lo picó en su orgullo hasta el último minuto. “Vuelve si tienes huevos’, me dijo mientras conducía hacia A Coruña. Me quería pegar en el ego, me conoce bien”.

“Lucas ha sido siempre así, un volcán de sentimiento que lo hace tomar decisiones controvertidas”, cuenta Loren. Lucas y Loren tienen hoy una agencia de representación y forman parte de la organización de la Kings League, junto a Piqué e Ibai Llanos, además de otros negocios. Uno de ellos, en el centro de A Coruña, es una tienda de zapatillas que acaba de abrir con su amigo Iván. Lucas ha sabido diversificar lo que el fútbol le ha dado. No ha dejado pasar ni una de las oportunidades con las que soñaba de niño, cuando ni siquiera tenía un techo. Sus códigos de lealtad son los de la calle, firmes y empapados en emoción. Los códigos de alguien que definió los momentos más importantes de su vida en soledad y ahora se rodea de amigos.

“Vamos, Peke, que te tiemblan los brazos”. La competitividad que desprende la voz desgarrada de Pérez flota incluso en escenas de ocio y amistad como esta: un torneo informal de tiros libres en la canasta de su tienda de zapatillas. Participan algunos jóvenes de la ciudad, seis jugadores de la plantilla del Dépor (entre ellos el canterano Yeremay Hernández, Peke, que se afana en encestar) y el dueño de la tienda, que no es otro que Lucas Pérez. Su voz retumba entre la música del DJ y las risas de los chavales. Hace unas semanas que llegó al vestuario y parece tener el mando ya de la caseta. “Es un líder en todo”, dice un empleado del club. “Desde que llegó hemos visto cómo los más jóvenes del equipo miran hacia él como un referente. Algunos han cambiado hábitos: ahora van al gimnasio después de los entrenamientos cuando antes no lo pisaban”.

Su magnetismo trasciende el vestuario, como se puede comprobar en la calle. A Coruña es un lugar de paseo, y el futbolista, que vive en el punto más céntrico de la ciudad, es asaltado por jóvenes y mayores allá donde va, sea el paseo Marítimo, la Marina o la plaza de Pontevedra, donde se ubica la sede del club. “El primer partido lo tuvimos que sacar del campo escondido en otro coche, como un beatle, porque no había manera de poder salir de la gente que había”, comenta entre risas otro empleado. Es el Dépor un caso atípico: después de tres años en la tercera categoría jugando contra el Guijuelo, el Calahorra o el San Fernando, cuenta con casi 25.000 socios —el 10% de la población de la ciudad— y un promedio de edad cada vez más bajo en la hinchada, que a cada partido coloca a Riazor entre los estadios con más asistencia de todas las divisiones españolas.

La llegada de Pérez ha revolucionado a los más jóvenes, por más que sorprenda al propio futbolista: “Vienen niños que ni siquiera me vieron jugar a mí en la etapa anterior, es increíble”. Así se comprueba en cuanto sale del coche antes del partido contra el Mérida, el quinto desde su llegada. Esta vez no aumentará su cuenta de goles, en ese momento cuatro, pero el Dépor vencerá y se colocará en tercera posición, a dos puntos del liderato que otorga el ascenso directo a Segunda. El partido se resuelve en el último instante del descuento, gracias a un penalti que le hacen, precisamente, a Peke. Lucas agarra la pelota, pero se la cede a Quiles, el otro delantero del equipo encargado de lanzar los penaltis antes de la llegada de Lucas. Gol, festejo abrumador en las gradas y rugido de alegría de Lucas Pérez. Verlo celebrar un gol, verlo pelear una pelota o tirar un desmarque es ver su realidad vital. La vida no le regaló ni medio metro. Él tampoco piensa hacerlo mientras siga jugando. Pura competitividad.

El equipo gana y también lo hace el club. Haciendo números gordos, en la entidad creen que al terminar la temporada se habrá amortizado el dinero invertido en su fichaje (medio millón de euros pagado al Cádiz más una ficha de 150.000 euros), entre patrocinios y venta de camisetas, un bien preciado estos días en A Coruña. Ahí también se revela que el Deportivo es un club especial, con ventas superiores a muchos equipos de Primera División. Antes del partido del Mérida la plancha con el dorsal número 7 y el nombre de Pérez hace su último trabajo del día en la Deportienda: no hay más camisetas disponibles hasta que llegue el nuevo pedido de la marca que viste al equipo.

En la calle Real de A Coruña se celebra un coloquio del medio local Riazor.org a auditorio completo. La mayoría de los asistentes son niños y jóvenes. Al terminar una hora de entrevista sobre fútbol, pero también sobre streamers y videojuegos —otras pasiones de Lucas—, llega la consabida cola de fans para fotos, vídeos y abrazos: “¿Me firmas este papel, Lucas? Voy a tatuarme tu autógrafo”, le sorprende un adolescente. A lo que el futbolista contesta: “¡Pero qué haces, hombre, no te lo tatúes, que luego te arrepientes!”.

La personalidad de Pérez, que en ciertos momentos trajo polémica en A Coruña tras el descenso a Segunda División en 2018 (parte de la hinchada lo responsabilizó e incluso apareció una pintada, “Lucas Pérez, vete ya”, en su casa), cobra ahora tintes didácticos con los aficionados más jóvenes. Para quien lo conoció en épocas anteriores, el Lucas de 34 años es igual de hiperactivo que siempre, pero tiene un talante pedagógico que antes no mostraba, como si fuera un reverso del espejo en el que se refleja una vida complicada: “Cuando eres niño no eres consciente de lo que hacen los padres o los abuelos por ti, por eso me da rabia pensar en ellos”. Y vuelve a emocionarse. “El fútbol es maravilloso, para mí ha sido la universidad. Irte a los 15 años a lavarte los calzoncillos en Vitoria, o irte a Ucrania solo… Por eso hay que valorar a esa gente que trabaja en las categorías inferiores, esa burbuja que ahora protege a los chavales. Luego saldrán futbolistas o no, pero educan a la persona, eso es lo más importante”. Y vuelta al espejo: “A mi hijo le diría que sea feliz, que haga lo que considere persiguiendo lo que le guste hasta el final, porque nosotros lo vamos a apoyar. A mí el fútbol me salvó, pero es que no tenía plan B”.

Todo cuento tiene su final y el de Lucas Pérez, en su pensamiento, solo es uno: ascender con el Dépor. “Es el reto más importante de mi vida”, dice. Sería un cierre a la altura del torbellino que ha causado su vuelta, y que en Monelos es solo un eco de las noticias que cada poco llegaban de él, estuviese donde estuviese.

En su visita al barrio, poco antes de irse, se le acerca una jubilada con un carrito de la compra. Con cara de emoción, la mujer se frena a un par de metros del jugador, como quien se detiene ante una aparición.

—¡Lucas! ¿Sabes quién soy? Soy Rosa, de la torre 6.

—Ya caigo, sigues igual de guapa que siempre.

—Cariño, mete ben de goles, ¡que temos que subir a Primeira!

—Ojalá, que Dios te oiga.

Lucas se despide y se hace unas últimas fotos con niños rezagados. Camina hacia el aparcamiento que hoy ocupa el solar donde, cuando era crío, observaba la furgoneta de la metadona y corría tras la pelota. Gira una última vez la cabeza y mira el tercer piso de la torre donde creció, quién sabe si recordando a su abuela que, asomada a esa ventana, le ordenaba que dejara el balón y subiera a cenar. Un vecino vocifera desde el otro lado de la plaza: “¡Lucas!”. Parece que no le salen las palabras, así que lo condensa todo en otro grito: “¡Gracias!”."                      (Nacho Carretero , Arturo Lezcano , El País, 09/04/23)