"La del Prestige fue la mayor catástrofe de contaminación marítima de la historia de España y de Europa, y la más dañina, con el Exxon Valdez (Alaska), en los mares del planeta.
Pero, según la versión oficial, no hubo “marea negra”.
El buque monocasco, con bandera de Bahamas, salido de San
Petersburgo el 30 de octubre, transportaba 77.033 toneladas de fuel
Mazut M100, alias Chapapote, de la peor escoria de los combustibles
fósiles. Gran parte de esa carga iba a emponzoñar, en sucesivos embates,
el litoral de Galicia, playas, islas y acantilados del antiguo Fin del
Mundo convertido en un yacimiento catastrófico.
Pero en Galicia, según el Gobierno central y la Xunta, no hubo “marea negra”.
El fuel Mazut 110, aka Bunker oil C, alias Chapapote,
llegó a afectar, con diferente intensidad, a 2.780 kilómetros de costa.
Con restos en dispersión durante al menos un año, la avanzadilla del
vertido alcanzó Bretaña y puntos costeros del Atlántico Norte.
Pero, según los medios informativos públicos o afines al poder, no hubo “marea negra”.
Los funcionarios de la administración marítima, los competentes
en salvamento y gestión portuaria, e incluso oceanógrafos e
investigadores del medio marino en entidades oficiales, recibieron por
escrito la orden de silencio.
No había “marea negra”.
El piloto del Pesca II, uno de los helicópteros del rescate,
reportó desde el primer momento, desde el incidente inicial, con mucha
precisión, una información que empezaría a mover los marcos de la
realidad. En la transcripción de las cintas grabadas por la Torre de
Control del Centro Marítimo de Finisterre, figura esta comunicación a
las 19.41 horas del día 13 de noviembre: “Pesca II, procede a base. Nos
pasa coordenadas de la contaminación (…) teniendo aproximadamente una
longitud de 5,7 millas y un ancho de unos 300 metros”. El mayday,
después de un primer SOS a las 15.15, se escucha a las 15.17. Lo que
había en el mar, tres horas después, ya era algo más que una mancha.
Pero esa noche, en el primer comunicado emitido desde la Delegación del
Gobierno sobre el siniestro del petrolero, la palabra elegida fue esa.
Se habla de una pequeña “mancha”, en una mención de pasada, imprecisa y
minimalista. Fue el prefacio de la versión que tratarían de imponer los
portavoces gubernamentales. No importaba que el chapapote, después de
moverse, sigiloso, entre aguas, asomase ya hasta la puerta de las casas
la Costa da Morte.
Pero la contaminación también entró en los despachos oficiales en esa forma de alternative facts (hechos alternativos, es decir, falsedades) que años después popularizó la estratega de Trump, Kellyane Conway. El Prestige
anticipó muchas cosas. También el negacionismo ante la emergencia
medioambiental. Y un estilo político hoy bastante galopante, el
hipernarcisimo bravucón, que el sociólogo Richard Sennett define como
“carisma incívico”. En el imperio de la mayoría absoluta de Aznar, la
autocrítica sería un signo de fracaso. ¿Quién era la realidad para venir
a desautorizarle? La jactancia se repetiría ante la guerra de Irak y
los atentados del 11-M.
Supongo que a estas alturas ya les considero enterados de que en
Galicia, en el 2002, no hubo una “marea negra”. Muxía, el llamado
Kilómetro Cero, pasó de capital del infierno a ser una 'aldea Potemkin',
uno de esos pueblos con fachadas coloristas, de cartón piedra, que le
montaban a la emperatriz Catalina de Rusia, con gente vestida de traje
regional danzando feliz.
José Luis López-Sors, director general de la Marina Mercante:
“No se puede hablar de marea negra; son manchas negras y dispersas”. O
Mariano Rajoy: “Afecta a una parte importante de A Coruña, pero no es
una marea negra”. Jaime Pita, portavoz de la Xunta, declaró en el
Parlamento que la única “marea negra” era la oposición. Y Federico
Trillo, ministro de Defensa, descartada como “solución” bombardear el
buque por el Ejército del Aire, se sumó al armamento de distracción
masiva, lanzando desde un helicóptero una fake news edénica que tuvo mucho repique de campanas navideñas: “Las playas están limpias y esplendorosas, la visión es magnífica”.
No hubo, no podía haber, “marea negra”. Negado este principio de
realidad, lo que se emite es desinformación y una escalada de
declaraciones de los portavoces gubernamentales que hoy se prestan a una
antología que bien podría llevar la firma del Movimiento Pánico, de
Roland Topor, y su estilo de “humor tumefacto”. Hay algunas que ya son
patrimonio nacional, como el haiku de Mariano Rajoy cuando
declaró que del buque hundido solo salían “unos pequeños hilitos como de
plastilina”. Pero entre mis preferidas, hay una de Arsenio Fernández de
Mesa, delegado del Gobierno en Galicia, que merece sobrevivir con el
rango de aforismo: “Hay una cifra que está clara y es que la cantidad
que se ha vertido no se sabe”.
Un analista político brasileño, Marcos Nobre, acuñó el la denominación de “política de Atordoamento” (Aturdimiento) para definir lo que caracterizó la pasada campaña electoral. Un incesante bombardeo de fake news,
videos montados y otros medios de propaganda basados en el engaño cuyo
objetivo en principio sería convencer a los indecisos. Al final, más que
indecisa, había mucha gente aturdida. En estado de estupor. Esa
estrategia ya se ensayó en España con motivo de la catástrofe del Prestige.
Fue laboratorio anticipatorio de muchas cosas. También de la política
de Aturdimiento, una vez que en la población había cundido la
desconfianza. Se negaba la mayor: lo que los propios ojos veían. Como en
un verso de Manuel Antonio, el poeta gallego navegante, mirabas al mar y
el horizonte estaba “enfermo”. Gravemente enfermo. Pero, además, se
afirmaba, sin margen a la duda, que la decisión de alejar el buque era
la única viable. “Lo volveríamos a hacer”, repetían los responsables una
y otra vez.
Esta decisión tenía el carácter de “consigna”.
Uno de los enigmas sobre lo que ocurrió en instancias políticas en torno al Prestige es esta “consigna”. A las dos horas del SOS y mayday,
a las cinco de la tarde del 13 de noviembre, con el buque a solo 28
millas de Fisterra, y cuando aún se va a proceder al rescate de los
tripulantes, el director general de la Marina Mercante, José Luis
López-Sors utiliza ya esa palabra. Se lo dice así a Pedro Sánchez, jefe
de Coordinación Nacional de Salvamento, cuando este consigue conectar
con él: “La consigna es alejar el buque hasta que se hunda”. El tono de
la frase en la grabación es apodíctico. No hay nada de conversar ni
discutir. ¿Quién decidió esa “consigna”, cuándo, por qué? ¿Es creíble
que algo así lo decidiese López-Sors por su cuenta, sin consultar con el
ministro de Fomento o con el presidente?
Lo que quedó fue un reguero de declaraciones erráticas, sin
sentido, como si estuviesen inspiradas en el rumbo del buque hacia
ninguna parte.
Hay episodios de desgobierno histórico que parecen urdidos por aquel personaje de Si esto es un hombre
, un tal Alex alias Kapo, a quien Primo Levi atribuía la condición de
“sólido y compacto en su ignorancia y estupidez”. Después del
hundimiento del buque, el 19 de noviembre, los portavoces
gubernamentales dan por finalizado el problema, con la previsión de que
el fuel que todavía contiene el buque acabará por “solidificarse”, como
adoquines en el fondo oceánico. Al tiempo, una imagen tomada por el
satélite Envisat, de la Agencia Europea del Espacio, muestra el avance
hacia la costa gallega de un frente de chapapote de 170 kilómetros de
largo. Cuando la imagen aparece en las pantallas, con un gabinete de
crisis en estado catatónico, hay una alerta popular y la gente del mar
se dispone a hacer frente con todos los medios posibles a la embestida.
Casi todo, en lo que competía al Estado, con el combustible fósil de las fake news
y del Aturdimiento, parecía enmarcado en las coordenadas absurdas de
ese viaje hacia ninguna parte. Lo mismo ocurrió con el errático proceso
judicial. Se contagió de ese lenguaje. ¿Cómo explicar la asombrosa frase
con la que el presidente del tribunal del macrojuicio de 2013 abría la
sentencia? Dijo el magistrado Pía: “No debe ser verdad que hasta las
cosas ciertas deban probarse”. Y así, en ese viaje hacia ninguna parte,
se desaprovechó la oportunidad de avanzar en la jurisprudencia universal
para proteger el medio ambiente.
Con anterioridad en uno de los pocos intentos por salvar la
realidad, en el primer auto de la Audiencia de A Coruña, en octubre de
2009, que había imputado al alto cargo de Fomento López-Sors, se hablaba
de “rumbo suicida”. Está claro que se pretendió hacer desaparecer el
problema por una especie de nepotismo mágico. Y así lo revelan
conversaciones como esta, el día 14, cuando ya se ha resuelto la
“subasta” en el mar y el barco está en manos de Smit Salvage.
Subdelegado del Gobierno (A Coruña): “¿El barco va muy lejos?”
Fomento: “Huy, ya está, madre de Dios, estará a treinta y tantas millas”.
Subdelegado del Gobierno: “¿Treinta y tantas?”.
Fomento: “No, como siga así, este llega a Groenlandia”.
Subdelegado del Gobierno: “Bueno, pues que llegue allá”.
Fomento: “Sí, joder”.
Subdelegado del Gobierno: “Vale, muy bien”.
El otro enigma es qué pasó en el mar en las horas decisivas para
el remolque del buque. Remolcanosa, la compañía del remolcador Ría de
Vigo, situado muy cerca del siniestro, en Corcubión, tenía un contrato
con el Estado para actuar como servicio público. A la hora de la verdad,
entra en la pugna por el botín la multinacional Smit Salvage, con sede
en Róterdam. En la negociación con la firma armadora, Universe Maritime,
de los griegos Coulouthros, Smit comunica que tiene como socio a
Remolcanosa, propiedad del poderoso empresario Silveira, por cierto muy
bien conectado con el poder político conservador. Materia para un relato
de “serie negra” naval.
¿Por qué despierta tanto interés lo ocurrido con el Prestige,
veinte años después? Porque fue un gran aviso. Estamos en una situación
de emergencia ecológica planetaria. La inseguridad, la sociedad de
riesgo, el yacimiento catastrófico, no era patrimonio del “tercer
mundo”. Galicia estaba en primera línea de riesgo. En la actualidad, por
el llamado “corredor atlántico”, pasan cada año 36.500 buques, de los
que unos 12.800 transportan mercancías peligrosas, es decir, 35 cada
día.
El del Prestige es ese tipo de acontecimiento histórico
que puede ser conjugado como un “presente recordado”. Hablando de
recuerdos, poco antes de aquel siniestro que derivó en ecocidio, hubo un
debate entre Umberto Eco y Antonio Tabucchi sobre el compromiso de la
gente de la cultura en caso de catástrofe social. Eco decía que, en caso
de incendio, lo que tienen que hacer los intelectuales, como el resto,
es llamar a los bomberos. A lo que Tabucchi respondió: “¿Y si no vienen
los bomberos?”. Además, decía el autor de Sostiene Pereira, “yo quiero saber las causas del incendio”.
En Galicia, aquel invierno de 2002, tardaron mucho en llegar los
“bomberos”. Y cuando llegaron, los jefes, los gobernantes, negaban que
hubiera un gran incendio. En todo caso, conatos de fuego. Las manchas
dispersas.
Es en este contexto donde se produce una revolución. Lo que
podríamos llamar la Revolución del Mar. En Galicia hay un calendario de
catástrofes marítimas graves. En cada DNI podría figurar como marca
generacional el nombre de un naufragio.
No es verdad que con anterioridad no hubiera protestas en
defensa del mar. Las manifestaciones impidieron, en 1976, que se
construyese una central nuclear en Xove (Viveiro), cuando ya se había
publicado la aprobación en el BOE. Una gran movilización social, en
1981, y a partir de la expedición de un pesquero de madera, el Xurelo,
al cementerio de residuos radioactivos en la Fosa Atlántica, acabó por
conseguir en 1985 la prohibición por parte de Organización Marítima
Internacional de los cementerios nucleares en el mar. En 1992, con la
catástrofe del Mar Egeo, al pie de la Torre de Hércules, las mariscadoras coruñesas gritaron por primera vez: “Nunca Máis!”.
En el 2002 las mentiras se llamaban mentiras. En 2022, hablamos de negacionismo y fake news.
A Galicia, en medio de la tempestad, llegó un buque monocasco y
herrumbroso, cargado de miles de toneladas de la escoria de los
combustibles fósiles, fletado con destino oculto (parada en Gibraltar),
al mando de un capitán con problemas cardíacos (el Sintrom a mano) y con
una tripulación mal pagada y subalimentada. Podemos ver el Prestige, incluido el sarcasmo de su nombre, como una metáfora del capitalismo impaciente, sucio, sin escrúpulos.
Los primeros días, se aplicó la política del Atordoamento. La
gente reaccionó con estupor. Pero esta vez no acabaría metida en su
concha. Ante la desinformación y el desgobierno se produjo una
revolución de las conciencias. En los discursos políticos se invocaba
mucho entonces a la sociedad civil. La teoría, sobre todo por parte de
la derecha neoliberal, era: menos Estado, más sociedad civil. Pero
cuando surgió la sociedad civil en activo, y eso fue Nunca Máis, los
notorios ideólogos de la sociedad civil la declararon improcedente.
Quienes se consideran propietarios de la Constitución, ignoraron que en
ella se dice que ante una catástrofe es “imprescindible la solidaridad
colectiva”. Entre comunidad y caos, la gente eligió la comunidad. Fue
una revolución positiva, ecológica, en la que energía mareomotriz fue el
civismo. Se limpió el miedo y se limpiaron las playas, las islas, los
acantilados. Fue hecho social total. Con una excitación cultural
creativa, en la que las armas eran los paraguas, las maletas, las
cruces, las caracolas y manifiestos sentipensantes. Esa revolución tuvo su Internacional ecológica, con miles de voluntarios de todo el mundo.
Si hoy hablamos del Prestige, veinte años después, es por una catástrofe
agravada por el negacionismo. Pero, sobre todo, por la memoria fértil
de una revolución cívica que resistió el bombardeo de mentiras, la
intoxicación de las palabras y la política fósil del Aturdimiento." (Manuel Rivas, eldiario.es, 12/11/22)