“Las personas no cambian y las sociedades tampoco”. Este prejuicio
podría aplicarse a la geografía electoral de Galicia y Euskadi, más allá
de los cambios formales que han vivido sus respectivos mapas políticos
en los últimos 36 años.
(...) la historia de ambas comunidades refleja una poderosa inercia en favor
de las tradicionales fuerzas hegemónicas: el centro derecha de ámbito
estatal en el caso gallego y el PNV en el vasco.
La mejor prueba de ello es que sólo en una ocasión en ambos
territorios las urnas han apostado por un cambio al frente del gobierno
autónomo. Y en el caso vasco la alternancia fue posible sólo porque
coincidió con la ilegalización de la izquierda abertzale.
En
Galicia, fue el propio Manuel Fraga quien se encargó en 1989 de
recuperar para el PP el gobierno de la Xunta, en manos del socialista
Fernando González Laxe tras una moción de censura, con el apoyo de
varios tránsfugas, en 1987.
Y sólo el declive de un envejecido Fraga, en
el 2005, permitió a la izquierda conquistar el poder, impulsada por los
errores de los populares (con el naufragio del Prestige como el más
vistoso). Pero socialistas y BNG necesitaron sumar 110.000 votos más que
Fraga para desbancarlo y la experiencia duró sólo una legislatura; lo
mismo que el Gobierno del socialista Patxi López en el País Vasco, que
tuvo que pactar con el PP para reunir la mayoría absoluta de la Cámara.
El PSE gobernó Euskadi entre el 2009 y el 2012, cuando registró una
caída de más de 11 puntos en las autonómicas.
La evolución de las
propias series electorales en ambas autonomías resulta muy
significativa. En el caso gallego, y desde 1989, los populares no han
descendido nunca del 45% de los votos en las autonómicas y han llegado a
rozar techos cercanos al 53%.
Eso en solitario. Cuando el centro
derecha gallego contaba con varias marcas (hasta 1985), ese espacio rozó
el 60% de los sufragios. La oposición socialista o nacionalista, en
cambio, ha registrado altibajos de hasta 15 puntos en su cuota de voto.
En
el caso vasco, el mapa electoral está mucho más fragmentado y su
expresión parlamentaria se dispersa aún más, ya que las tres
circunscripciones cuentan con idéntico número de escaños pese a su
distinto tamaño demográfico.
Aun así, el PNV (en solitario o si se
contabilizan los sufragios de EA tras la escisión de 1986) se ha venido
moviendo en una franja de voto cercana al 40% (con techos del 42% en
1984 o el 2001 y suelos siempre en torno al 35%). Por el contrario, el
resto de partidos (el PSE, el PP o la izquierda abertzale) nunca han
superado el 25% de los votos, salvo los socialistas en la excepcional
cita del 2009. (...)" (Carles Castro, La Vanguardia, en Caffe Reggio, 25/09/16)
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