"(...) Las elecciones gallegas han coincidido con las vascas desde 2009.
Entonces las había adelantado –y se había adelantado a Ibarretxe– el
socialista Emilio Pérez Touriño y las ganó, contra todo pronóstico, el
candidato debutante Alberto Núñez Feijóo.
Desde entonces, el líder del
PP las ha convocado, horas o días después, para la misma fecha que ha
anunciado previamente su homólogo de Euskadi. Feijóo es previsible, pero
no –que se sepa– supersticioso. Si sigue saltando a la arena cuando lo
decide el candidato vasco no es porque le haya ido mal –que no le ha
ido– sino porque le conviene.
En 2012 el adelanto fue de cinco meses y
la razón esgrimida para la coincidencia era “darle la mayor estabilidad a
Galicia”. Ciertamente, lo consiguió. Con el PSOE en caída libre en el
Estado, el BNG acabado de implosionar en dos o tres pedazos y el
experimento Alternativa Galega de Esquerdas (IU y escisiones del BNG,
con un tal Pablo Iglesias de asesor de campaña) a medio hornear, el PP
perdió cien mil votos, pero subió tres diputados.
A lo largo de aquella
legislatura, el PSdeG tuvo dos secretarios generales, el BNG dos
portavoces (que viene siendo lo mismo), el grupo parlamentario de AGE se
rompió y lo que salió de los restos, En Marea, eligió candidato un mes
antes de las elecciones, y aún así consiguió ser segunda fuerza. Es
decir, ganó la jefatura de la oposición.
En la actual legislatura que muere prematuramente por contagio vasco,
En Marea se ha roto en dos, que son tres porque la representante de
Anticapitalistas en Galicia en Común (Unidas Podemos) ha anunciado su
marcha. Convocar elecciones ahora supone que pilla al mundo
Mareas-Unidas-Podemos en construcción (en las dos últimas convocatorias,
las candidaturas han sido Unidas-Podemos, sin más, pero con el nombre
de Galicia en Común). Sin una organización o estructura que integre a
las mareas municipalistas y al socio nacionalista, Anova, y de la que
echar mano para elaborar o refrendar las listas.
Y lo que es peor, sin
candidato. La opción Yolanda Díaz está descartada por razones obvias y
en el trío Antón Gómez Reino (diputado en Cortes y secretario de Podemos
Galicia), Martiño Noriega (exalcalde de Santiago) y Xulio Ferreiro
(exalcalde de A Coruña) cada uno tiene sus ventajas y sus
inconvenientes, que es lo mismo que decir que no hay candidato claro. En
el PSdeG-PSOE Gonzalo Caballero, sobrino políticamente pródigo del
alcalde de Vigo, (fueron en su día enconados rivales para la dirección
local) enfrentará sus primeras elecciones como candidato. El BNG está al
alza, pero la convocatoria pilló a la portavoz y candidata, Ana Pontón,
de baja maternal.
Con ese panorama enfrente, para qué molestarse en gobernar, diría
cualquiera. La legislatura moribunda ha sido la más inane de la historia
de la autonomía en materia legislativa. Las únicas muestras de que la
rana está viva (además de las portadas de los periódicos y los
informativos de los medios públicos) son las reacciones a estímulos
exteriores. La espantá de Feijóo, con lágrimas en los ojos y
Galicia en el corazón, al destino que la militancia le tenía reservado
en Génova como presidente del partido, o eso le parecía a todo el mundo,
en 2018.
Las llamadas a un gobierno de concentración nacional PSOE-PP.
Las polémicas por el retraso del AVE, un clásico desde hace décadas
siempre que en Madrid no hay un “gobierno amigo”. El ataque de cuernos
(con perdón), evidenciado en las redes sociales, por lo conseguido por
el único representante del BNG en el Congreso a cambio de su voto en la
investidura, y que los “gobiernos amigos” no habían dado (ni él pedido).
Y ahora la reclamación del IVA.
Hay quien pueda pensar que convocar ahora, en el caso gallego, es dar
por supuesto que el gobierno PSOE-UP se va a consolidar en los próximos
meses. Pero también es una manera de quitar presión interna. La
situación de un sector como el de la sanidad, que todo el mundo palpa en
sus carnes, pongan lo que pongan los periódicos, no arroja buen
pronóstico.
La supresión de un paritorio en Verín, una de las comarcas
más alejadas de una capital de provincia, para concentrar los
nacimientos en Ourense, provocó manifestaciones de decenas de miles de
personas y un sinfín de protestas incluida la del presidente provincial
del PP. Tantas que, después de culpar de la supresión al gobierno
bipartito de la Xunta (2005-2009) tuvieron que reponer el servicio. La
víspera del anuncio del adelanto electoral, diez mil personas se
manifestaban en Santiago en demanda de más atención en la sanidad
pública.
En las dos últimas generales, en Galicia el PP perdió y empató,
respectivamente, con el PSOE, pero tuvo unos resultados claramente
inferiores al total de la izquierda. En las locales siguió sin levantar
cabeza, pero el PP de Galicia tiene otro motor cuando se trata de las
elecciones autonómicas. El único sondeo publicado hasta ahora le da la
mayoría absoluta raspada. Siempre que se cumpla que Ciudadanos no
obtenga ningún diputado (de obtenerlo, sorprendería incluso entre los
naranjas) y que Vox tampoco.
El sondeo de La Voz de Galicia le
atribuye al partido de Abascal un escueto 1,9% de apoyos, por debajo
incluso de C’s. Aunque es cierto que el partido de ultraderecha no tiene
ni un concejal en Galicia, en las generales rozó un 8% de apoyos.
Feijóo necesita que Vox no le reste votos, o como mal menor, que supere
la barrera del 5% de los sufragios que marca la ley electoral gallega
para tener representación y logre algún escaño.
Para Vox –al menos para
Ortega Smith cuando vino a dar un mitin– Feijóo es un nacionalista
(gallego) que promueve el separatismo con sus políticas, pero también el
propio líder de ultraderecha ha dicho que, en el peor de los casos, le
darán su apoyo.
La inesperada victoria de Feijóo en 2009 le salvó el cuello a un
Mariano Rajoy que veía tambalear la banqueta en la que se apoyaba (y, de
hecho, en la campaña se empleó como nunca). Si Feijóo gana en 2020,
quizá el resultado en esta ocasión sea el contrario, y caiga una
banqueta en Génova." (Xosé Manuel Pereiro, CTXT, 11/02/20)
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